lunes, 15 de enero de 2018

La tragedia en un pueblo llamado Casas Viejas

Artículo publicado en la edición digital de El Salto diario con motivo del aniversario de los sucesos de Casas Viejas en enero de 1933

Decía Francisco Giner de los Ríos que España era el drama de un pueblo empecinado en convertir la utopía en realidad, lo absoluto en relativo y el más allá en aquí y ahora. Y esta frase del fundador de la Institución Libre de Enseñanza en 1876 es un buen resumen para abordar lo que sucedió, algunos años después, en una pequeña aldea de la provincia de Cádiz, cuando la Segunda República se estaba desarrollando en España. Esa pequeña se llamaba Casas Viejas.
            Sin embargo sería muy fácil despachar rápido el tema de los sucesos de Casas Viejas de enero de 1933 diciendo que fue obra de unos radicales anarquistas que se levantaron contra las estructuras de la República y que fueron fatalmente aplastados por las fuerzas de orden público. Resumir así el acontecimiento sería no ser justos a la verdad y perder la perspectiva de lo que realmente se estaba moviendo en la España de la década de 1930 y la complejidad del movimiento libertario español.
            Un primer paso sería determinar algunas de las causas que provocaron que un grupo de campesinos adscritos a las ideas libertarias promovieran la proclamación del comunismo libertario en aquella pequeña aldea. Muy difícil sería entenderlo si no tenemos en cuenta la estructura de la propiedad que imperaba entonces en España. Un problema enquistado en la sociedad desde siglos atrás y que la política de desamortización efectuada durante el siglo XIX no había contribuido a corregir sino que, muy por el contrario, ahondó en los problemas y en las desigualdades sociales. La herencia del modelo de propiedad de la tierra, que provenía de la Edad Media, había generado en Andalucía y Extremadura una estructura latifundista de propiedad donde unos pocos propietarios detentaban la inmensa mayoría de la tierra frente a masas jornaleras que se veían privadas del acceso a la misma.
            A pesar de ello desde el propio siglo XIX los trabajadores del campo buscaron una solución a sus problemas, incluso llegando a protagonizar motines o movimientos campesinos como los de 1866 en Loja. Incluso durante la Primera República española, el presidente Francisco Pi i Margall promovió de forma teórica el reparto de la tierra entre los campesinos, completando así una reforma agraria real que las desamortizaciones no habían conseguido. El fracaso de la experiencia republicana no fue óbice para que muchas de esas masas campesinas considerasen que República era sinónimo de Reforma Agraria, aunque muchos de sus efectivos ya se estaban encuadrando en las organizaciones obreras adscritas al socialismo y, sobre todo, al anarquismo, muy influyente y hegemónico en campo andaluz. Las lecturas de los movimientos socialistas iban más allá de un cambio de forma de Estado y promovían la ocupación y toma de la tierra de forma directa. Por ello, estos campesinos protagonizaron a finales del siglo XIX movimientos como los de Jerez en 1892, donde las masas campesinas hambrientas tomaron la ciudad reclamando justicia y la tierra. No eran movimientos exclusivos de la zona de Andalucía, pues en otros lugares de Europa también se dieron. Los anarquistas fueron protagonistas del mismo y utilizados como chivos expiatorios para reprimir a los movimientos campesinos, tal como sucedió en casos como La Mano Negra.
            La proclamación de la Segunda República en 1931 trajo consigo la esperanza de cerrar el capítulo de la reforma agraria y promover un reparto justo y equitativo de las tierras entre los campesinos. La promulgación de la Ley de Bases de la Reforma Agraria en 1932 encabezada por el ministro Marcelino Domingo, parecía que ponía fin a estas cuestiones. Mas teniendo en cuenta que la propia República se había enfrentado ya a levantamientos de campesinos en Castilblanco en diciembre de 1931 y en Arnedo en enero de 1932. Motines del hambre donde los campesinos reclamaban mayor prisa en la cuestión agraria y que terminó en enfrentamientos con las fuerzas de orden público y con víctimas.
            Sin embargo la Ley de Bases tuvo un doble problema. Por una parte los políticos reformistas republicanos vendieron su aplicación a muy largo plazo mientras la premura de las necesidades era inmediata. Por otra parte, el propio boicoteo de los terratenientes a las leyes de la República. El famoso “¿No queríais República? Pues comed República”, fue utilizado por muchos de ellos, que tampoco cumplieron leyes como las del laboreo forzoso o se aplicaron de forma dudosa en muchos lugares la Ley de Términos Municipales.
            A todos estos problemas se venía a unir el paulatino distanciamiento que la República estaba teniendo con uno de los movimientos obreros más importantes en el país: el anarcosindicalismo de la CNT. El movimiento libertario había apoyado de buen grado la proclamación de la República en abril de 1931, pero advertía su editorial en Solidaridad Obrera que si la República quería consolidarse tenía que contar con la clase obrera. De no hacerlo, perecería. Y a pesar de que la constitución republicana se había como “República de trabajadores de toda clase”, para el anarcosindicalismo no se contó con la clase obrera. Ello llevó a las huelgas y enfrentamientos que terminaron con víctimas tanto en Sevilla en los sucesos del Parque de María Luisa como en Madrid en la Huelga de la Telefónica.
            Igualmente, dentro del movimiento libertario se estaba dando un importante debate, entre aquellos que consideraban que la posibilidad revolucionaria en España se tenía que estructuras a medio/largo plazo por medio de una concienciación paulatina de los trabajadores y tendiendo a la unión de las fuerzas obreras, y aquellos que consideraban que había que aprovechar las ansias revolucionarias del pueblo español y poner termino al capitalismo en un enfrentamiento, prácticamente directo, con la República. Aunque a nivel historiográfico se ha mantenido el falso mito de la llamada “gimnasia revolucionaria” y de los ciclos insurreccionales, lo cierto es que el movimiento libertario se dividió en ambas visiones, estructurando la CNT a partir del verano de 1932 los llamados Comités de Defensa Confederal, como arma efectiva de la acción directa anarcosindicalista, y haciendo llamamientos a algunas insurrecciones como las que se tenía programada en enero de 1933 que se tornó en un auténtico fracaso.

Casas Viejas

            El movimiento que se había iniciado en enero de 1933 fue un fracaso por un cúmulo de descoordinaciones entre el Comité Nacional de la CNT y los Comités de Defensa Confederales, lo que llevó a la suspensión del movimiento que pretendía proclamar el comunismo libertario en toda España, tal como se había realizado en las cuencas mineras de Cardoner y en Figols un año antes.
            Sin embargo, por el corte de comunicaciones, esa suspensión no llegó hasta los integrantes libertarios del pueblo gaditano de Casas Viejas donde, aunque no todos los cenetistas estuvieron de acuerdo, se proclamó el comunismo libertario, se quemó el registro de la propiedad, se compró los productos de la tienda del pueblo al dueño, se ocupó el Ayuntamiento y hubo un enfrentamiento con las fuerzas de la Guardia Civil con el resultado de varios campesinos muertos y un Guardia Civil herido que acabó falleciendo. La bandera tricolor republicana fue sustituida por la rojinegra de los anarquistas. El esquema seguido por los anarquistas de Casas Viejas fue el clásico del verdadero significado de la llamada “propaganda por el hecho”, que ya Malatesta había puesto en práctica en el Benevento italiano en 1876. Minima violencia (excepto el enfrentamiento con la Guardia Civil) y ocupación de los centros de poder.
            Sin embargo, el fracaso del levantamiento anarquista en Jerez hizo que se desplazasen unidades de fuerzas de orden pública a Casas Viejas con la finalidad de acabar con el movimiento. Al llegar las fuerzas de Guardias Civiles de Alcalá de los Gazules, el movimiento por el comunismo libertario había fracasado. Sin embargo, desde Madrid se estaban desplazando unidades de la Guardia de Asalto a cuya cabeza se situó Manuel Rojas Feijespán, personaje de reconocida ideología derechista. La llegada de Rojas Feijespán significó la represión indiscriminada contra los campesinos. Fueron fusilados de forma arbitraria muchos de ellos, algunos ancianos, y se cercó la casa de Francisco Cruz Gutiérrez, alias Seisdedos, que fue incendiada con sus ocupantes dentro, ametrallando la puerta para que nadie pudiese salir. De la catástrofe, María Silva Cruz “La Libertaria”, nieta de Seisdedos, pudo escapar.
            La matanza culminó con 26 muertos, lo que provocó una autentica consternación en la sociedad española por la brutalidad empleada contra unos campesinos que solo reclaman tierra y pan y que, a excepción de la refriega con la Guardia Civil, no habían tenido episodios de violencia.
            Tras los sucesos vino la búsqueda de responsabilidades por lo sucedido. Los responsables directos fueron claros. Manuel Rojas Feijespán, Bartolomé Barba, Arturo Menéndez y el delegado del gobierno de Cádiz, Fernando de Arrigunaga. Cargos de la Guardia de Asalto, de la Guardia Civil y políticos. A pesar de los años de cárcel, Rojas Feijespán y Barba participaron en julio de 1936 de la sublevación contra la República, mientras Arturo Menéndez fue leal a la misma y murió fusilado por los sublevados.
            A la zona del suceso se desplazó una comisión parlamentaria que emitiría un informe sobre los sucesos. Con ellos se desplazaron periodistas que vieron y hablaron de primera mano con algunos de los habitantes de la aldea. Entre ellos cabe destacar las plumas de Ramón J. Sender, que escribió el texto Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas y Eduardo de Guzmán que publicó una serie de artículos en el diario republicano La Tierra.
            Sin embargo las responsabilidades se pedían más arriba. Aunque como bien a demostrado Tano Ramos en su obra El caso Casas Viejas: crónica de una insidia, no hubo una orden directa por parte del gobierno de la República de represión contra los campesinos anarquistas y sí una extralimitación de unas fuerzas de orden público dudosamente depuradas y que se cobró una contribución de sangre y odio contra el anrquismo en la zona, lo cierto fue que la gestión del acontecimiento fue deficitaria para el gobierno de Manuel Azaña que sufrió un revés y un desgaste de su gestión. De forma indirecta, el gobierno fue responsable de los sucesos. Los socialistas se fueron separando paulatinamente del gobierno, hasta salir de él en septiembre de 1933, dejando a los republicanos de izquierda en minoría. La derecha, para nada amiga de los anarquistas a los que detestaba, aprovechó el acontecimiento para desgastar al gobierno y preparar a conciencia las elecciones de noviembre de 1933 que le dio la victoria.
            Para los anarquistas el acontecimiento también fue devastador, porque fue la ejemplificación del fracaso de una estrategia. Ello le valió en el futuro para replantearse las mismas, llegando a considerar a partir de 1934 que el objetivo era la unidad obrera con la UGT. En el congreso de Zaragoza de mayo de 1936, la CNT hizo un repaso al primer bienio republicano, considerando que la estrategia seguida no fue la correcta y que era inviable un enfrentamiento directo de la central libertaria contra el capitalismo sin la participación del resto del movimiento obrero.
            Sin embargo, Casas Viejas siempre estuvo en el imaginario colectivo del movimiento obrero y libertario. La fuerza de su recuerdo llevó al franquismo a cambiar de nombre al pueblo, rebautizado como Benalup, recuperando su nombre hace pocos años.
            Hoy el acontecimiento se recuerda con la señalización de lugares de la memoria y con numerosas obras históricas (Jerome R. Mintz, Tano Ramos, José Luis Gutierrez Molina, etc.), donde plantean lo que sucedió en una pequeña localidad y el fin cruel de unos campesinos que pidieron tierra, pan y libertad.

martes, 2 de enero de 2018

FERNÁN GÓMEZ, EL DE LA ESCUELA ÁCRATA

Artículo publicado en el número 7 de El Salto, en su suplemento "Radical", en noviembre de 2017

Cuando el 21 de noviembre de 2007 fallecía Fernando Fernán Gómez hubo un hecho que llamó la atención. En el Teatro Español, donde se situó su capilla ardiente, el féretro del actor, dramaturgo y escritor de voz grave estaba cubierto con una bandera rojinegra: la bandera anarquista. Y no era para menos, pues Fernán Gómez siempre mostró simpatía hacia los ideales libertarios que conoció en la España de la década de 1930 cuando empezaba ya a apuntar a lo que iba a ser posteriormente.
            Aunque nacido en Lima en 1921, muy pronto se trasladó a Madrid y en la capital de España vivió los años republicanos y la Guerra Civil. No se puede decir en ningún caso que la familia de Fernán Gómez tuviera una vinculación política con la izquierda (muy al contrario se podría decir). A esto escapaba un tío suyo que era afiliado a la CNT y por el cual Fernán Gómez comenzó a conocer que era aquello del anarquismo.
            Y aunque la Guerra Civil no fue un periodo fácil, y menos para una familia de actores, lo cierto fue que gracias a la CNT los espectáculos públicos se reorganizaron y muchos de ellos pudieron trabajar. Lo hizo la madre de Fernando, Carola, en el teatro Alcázar. Pero lo hizo también Fernán Gómez, cuando afiliado ya a la CNT, entró a formar parte de la Escuela de Actores de la organización anarcosindicalista, bajo la dirección de Valentín de Pedro, uno de los más importantes intelectuales libertarios de la época, y su compañera María Boixader. Dos personajes que marcaron la vida del propio Fernán Gómez, que en aquella época comenzó a forjar una profunda cultura gracias también a la biblioteca que la CNT tenía en uno de los locales incautados por lo anarquistas y que frecuentaba el actor.  Además, en esta época también conoce a quien será uno de sus grandes amigos: el también actor Manuel Alexandre. Tampoco se puede olvidar en este punto a Fernando Collado, que en aquella época dirigía uno de los sindicatos de la CNT en el Madrid sitiado y con el que posteriormente coincidirá en el mundo el cine.  
            Esa carrera de actor que había empezado en los locales de la CNT y su Escuela de Actores, quedó truncada con el final de la Guerra Civil. Además, el joven actor asistió al consejo de guerra que condenó a muerte (luego conmutada) a Valentín de Pedro, su maestro. En ese mismo consejo de guerra fue condenado el periodista y escritor republicano Diego San José, y el redactor del CNT y luego de El Sindicalista Carlos Rivero. Pasaje de este juicio nos lo legó el propio Fernán Gómez en sus memorias El tiempo amarillo y también el propio Diego San José en su excepcional De cárcel en cárcel.
            Y aunque los años de la dictadura cayeron como un plomo sobre todos, la vida de Fernando Fernán Gómez en ese tiempo se centró en su carrera como actor.
            Lo cierto es que tras la muerte de Franco, encontramos a Fernando Fernán Gómez en las Jornadas Libertarias de Barcelona de 1977 y su compromiso con el movimiento libertario siempre estuvo presente, tanto para él como para su compañera, Emma Cohen. Su atronador ¡No a la guerra! en la manifestación de Madrid en febrero de 2003 así como sus constantes guiños a la causa libertaria, hicieron de Fernán Gómez una referencia en el campo libertario, más por su compromiso personal que militante.
            No quiera acabar este artículo sin hacer referencia a otros guiños de Fernán Gómez al mundo libertario a través de sus películas u obras. Son muchas las que existen a lo largo de su dilatada historia. Pero destacaremos alguna. Por ejemplo su poco conocida El extraño viaje (1964) y su leiv motiv de “deja la lujuria un mes y ella te dejará tres” así como referencias al propio socialismo. Poco duró en cartelera. Su amistad con el periodista Eduardo de Guzmán le hizo llevar a la pantalla la película Mi hija Hildegart, basada en la obra Aurora de sangre, que cuenta la historia sorprendente y poco conocida de Hildegart Rodríguez Carballeira, recreando parte del mundo cultural libertario de la Segunda República. O en su Las bicicletas son para el verano, escrita en 1977 y llevada al cine por Jaime Chavarri en 1984. Allí aparecen varios cenetistas y allí Fernando dejó muy claro, por su propia experiencia, que en 1939 no llegó la paz, sino que llegó la victoria, quizá recordando el triste destino de su maestro Valentín de Pedro, entre otros muchos.
            Me dejo muchos guiños en el tintero de sus obras o de trabajos realizados por él (Mambrú se fue la guerra, el espíritu de la colmena, Arriba, Hazaña, etc.). Pero es una arista de Fernando que es necesaria rescatar.

viernes, 22 de diciembre de 2017

VALORACIÓN DE UN CENTENERIO BIBLIOGRÁFICO

Se acaba el año 2017, que ha sido el año del centenario de la Revolución rusa de 1917. Puedo decir que a nivel personal he quedado satisfecho. Cuando en febrero de este año publiqué mi libro Por el pan, la tierra y la libertad. El anarquismo en la Revolución rusa no me podía imaginar la buena aceptación que iba a tener. El libro lo he presentado en numerosos sitios (Madrid, Alcalá de Henares, Guadalajara, Lleida, Cuenca, Zamora, Ciudad Real, Córdoba, Granada, Burgos, Valencia, etc.) En muchas ocasiones eran presentaciones y en otros mesas redondas para hablar de la implicación de los anarquistas en la Revolución rusa o el impacto que tuvieron los acontecimientos de 1917 en el anarquismo español, que me llevó a la mesa redonda de Granada o al congreso sobre Imperios Colapsados que se celebró en Madrid. Además, el libro ha tenido repercusión fuera de las fronteras españolas, he tenido varias entrevistas en radios y medios escritos y me ha valido para poder escribir alrededor del anarquismo ruso en revistas como La Maleta de Portbou o Libre Pensamiento, entre otras. La labor de difusión de Volapük ediciones ha sido determinante en este aspecto.
            Pero el centenario de la Revolución rusa también ha traído otros libros que me han sido de mucha ayuda. No ha sido parcas tampoco las lecturas que he podido tener del mismo. Entre los que he leído me gustaría destacar algunos.
            El de José María Faraldo La revolución rusa. Historia y memoria me ha resultado muy interesante. Lo importante del trabajo del profesor Faraldo es que al manejar datos y bibliografía rusa, ha sabido componer un libro muy científico en ese aspecto a la par que accesible. Eso sí. Para leer el libro de Faraldo haría falta tener conocimientos previos de la Revolución rusa para poder seguir el hilo argumental. De todos modos es un libro recomendable, accesible y que aporta muchas cuestiones. En otras, como en cualquier obra, hay elementos que pueden ser objeto de debate o consideración.
            Otro libro que ha aportado mucho a esos otros aspectos de la revolución, es el de Carlos Taibo Anarquismo y revolución en Rusia, 1917-1921. Podría parecer que el libro de Taibo y el mío se solapan. Sin embargo abordan cuestiones de distinta índole lo qeu hace que nos tengamos que congratular por la aparición de dos libros sobre anarquismo en la Revolución rusa en idioma español. Taibo, como buen profesor que es de ciencias políticas, analiza a la perfección las variables ideológicas de la Revolución y la comparación entre los anarquistas y los bolcheviques. Un buen libro que merece la pena tener en las estanterías.
            Tampoco nos puede dejar indiferentes el libro de Julián Casanova La venganza de los siervos. Rusia 1917. El profesor Casanova analiza de forma sintética y directa el año crucial de la revolución. Este libro si que puede servir para que un profano, alguien no sabe nada de la Revolución rusa, se pueda acercar a ella. A pesar de algunas consideraciones y de algún error sin importancia, el libro de Casanova también tiene que ser de esos que recomendemos para acercarnos al fenómeno ruso. Quizá le falta material extraído de las fuentes rusas directamente (idioma que no controla Casanova) pero si tiene un buen elenco de referencia a bibliografía inglesa, que es muy importante.
            En último lugar habría que destacar el libro coordinado por Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez 1917. La Revolución rusa cien años después. Una obra colectiva que analiza diversos aspectos del proceso revolucionario y que se ha convertido en un referente imprescindible para analizar el periodo. Además el elenco de autores que escriben la obra la convierte en un libro eclectico.
            He leído bastantes más. Desde las relecturas de los clásicos de Trotsky, Carr, Volin, Avrich, Skirda, Pipes, Figes, etc., hasta otros nuevos como el de María Teresa Largo Alonso, China Mieville, Josep Fontana, Catherine Merridale, etc. Entrar en cualquier librería y ver el elenco de los mismos.

            Aunque haya pasado el centenario merece la pena que se pueda seguir leyendo sobre el acontecimiento que cambio la historia del mundo.

viernes, 15 de diciembre de 2017

NOVEDAD EDITORIAL. Del pensamiento a la organización. Socialismo en el siglo XIX. Raíces, origen y desarrollo del laboratorio socialista antiestatal en el siglo XIX

Que el socialismo ha sido uno de los movimientos político, económicos, sociales y culturales que han marcado el devenir de la humanidad está más que demostrado en la amplia base bibliográfica que cuenta la materia de estudio.
            El presente libro, en realidad, es una conferencia que se me fue de las manos. Y quizá quise que se me fuese de las manos, aunque no estaba concebida para hacer un libro. A pesar de ello a la editorial Queimada le gustó la idea de poder publicarlo en formato de pequeño libro y solo hubo que hacer algunos cambios sustanciales sobre el texto originario para poder publicarlo.
            Quienes lean el libro no van a encontrar aquí un manual de historia del socialismo. De esos hay muchos y muy buenos. Este pequeño libro es más para profanos, para personas que se quieran acercar a las ideas del socialismo en el siglo XIX y donde se da mayor atención a las tendencias antiautoritarias por ser las menos conocidas. Es un libro sencillo y divulgativo pero con una sólida base de lecturas bibliográficas.
            Lejos de hacer una historia general del socialismo que sería inabarcable, se ha partido de los orígenes del pensamiento en la Edad Moderna hasta la eclosión de la Revolución francesa y su caleidoscopio de ideas. A partir de ahí el libro analiza a algunos pensadores pivotando en tres centros europeos fundamentales para el desarrollo de las ideas socialistas: Francia, Inglaterra y Alemania. Posteriormente se analizan las aportaciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores como plasmación práctica de estas ideas, así como un acercamiento a dos figuras de las que no se profundiza en realidad como son Marx y Bakunin. El libro se cierra con un capítulo dedicado en exclusiva a la Comuna de París de 1871, como intento de aplicación de muchos de los proyectos expuestos de forma teórica.
            El último tercio del siglo no lo he incluido. Es un periodo más complejo, la formación del marxismo y el anarquismo como movimientos políticos y sociales de masas. Solo ello sería una nueva monografía.
            El libro esta hecho con un objetivo básico: acercar el socialismo de forma sencilla y compacta (pues abarca un buen número de personalidades) a todos aquellos y aquellas que quieran descubrir las aportaciones más importantes del siglo XIX en esta corriente de ideas.
            Solo me queda agradecer a José Luis Carretero su amable prólogo y a la editorial Queimada su confianza.


Índice

Prólogo de José Luis Carretero Miramar
Introducción

Capítulo 1. Somero acercamiento previo al siglo XIX
            Tomás Moro. El incomprendido Tomás Moro. Utopía y su             época. Bases e influencia posteriores.
            François Rabelais
            Tommaso Campanella
            Ilustración y Revolución Francesa
            Meslier, Morelly y Mably
            Babeuf y la Conspiración de los Iguales

Capítulo 2. El socialismo francés del siglo XIX
            Claude-Henry Rouvroy “Conde de Saint-Simon”. Los       sansimonianos.
            Charles Fourier y el falansterio
            Éttiene Cabet y la nueva Icaria
            Joseph Dejacque y el Humanisferio
            Louis Blanc o el socialismo democrático
            Auguste Blanqui o el socialismo vanguardista
            Pierre Joseph Proudhon o el socialismo antiautoritario

Capítulo 3. El socialismo británico: del antiautoritarismo ilustrado al cartismo
            William Godwin o el gobierno sin Estado
            Robert Owen o el cooperativismo
            Movimineto luddita. Sindicalismo antiestatal frente a         parlamentarismo.
            Los individualistas americanos: Henry Thoureau, Benjamin            Tucker, Lysander Spooner, Josiah Warren

Capítulo 4. El socialismo alemán
            Wietland Heinse y el comunismo. Weishaupt y los iluminados
            Gotthold Ephraim Lessing y la educación
            Weitling y la dictadura revolucionaria. Las Ligas

Capítulo 5. La plasmación ideológica en la organización. La Asociación Internacional de los Trabajadores.

Capítulo 6. Breves aportaciones de Marx y Bakunin
            La aportación de Marx
            La aportación de Bakunin

Capítulo 7. La era de las revoluciones. La Comuna de París de 1871. El canto del cisne de la Revolución francesa y el inicio de una nueva etapa.
            Los orígenes de la Comuna
            París sitiado. La proclamación de la Comuna
            Las medidas de la Comuna
            Otras bases de la Comuna
            La Semana Sangrienta y la represión

Conclusiones
Bibliografía

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La autogestión y el socialismo. El majnovismo en la Revolución rusa

Siguiendo con los artículos relacionados con la Revolución rusa, cuelgo aquí el publicado en el último número de la revista Libre Pensamiento sobre el majnovismo, una de las oportunidades del anarquismo organizado durante el periodo revolucionario.

Aunque suene a tópico, la historia la escribe quien gana. Y la Revolución rusa que estalló en 1917 tuvo varios triunfadores que, en definitiva, introdujeron su impronta y su visión de la historia. En ese caso, aunque con partes reales, la historia se deforma, se cae en olvidos intencionados y en conclusiones que tienen mucho más de político que de histórico.
            En la Revolución rusa hubo dos triunfadores. Por una parte los bolcheviques que en octubre de 1917 se hicieron con el poder y desde ese momento marcaron una línea histórica que en muchos autores roza la hagiografía. Por otra parte la historia liberal, opositora frontal al bolchevismo, y que rescato una parte de la historia de la Revolución rusa con la clara misión de hacer de detractores ante el acontecimiento histórico.
            El anarquismo fue uno de los movimientos derrotados en la revolución y al mismo tiempo olvidado por la historia o bien criminalizado ante la misma. Parte de la historiografía comunista habló del anarquismo, pero para considerar que sus teorías fueron superadas por el bolchevismo y para poner a algunos de sus militantes como enemigos del proceso revolucionario que, para este modo de entender la historia, solo fue capitaneado por los comunistas. Frente a esta corriente historiográfica también hubo otra que directamente condenó al ostracismo al movimiento anarquista.
            Sin embargo, cuando nos acercamos a la fuentes primarias y secundarias del movimiento libertario ruso, leemos las memorias de algunos de sus protagonistas, nos damos cuenta que el anarquismo no solo no fue marginal sino que fue una de las ideologías y movimientos que dinamizaron el proceso revolucionario ruso desde sus orígenes en el siglo XIX y que participó de forma activa y decidida en el Comité Revolucionario de octubre de 1917 que derrocó al gobierno provisional de Kerensky. El anarquismo tuvo una posición concreta de cómo tenía que ser el proceso revolucionario, se opuso al modelo bolchevique de dictadura de partido haciendo un llamamiento desde 1918 a la llamada “tercera revolución”, tras la de febrero y la de octubre de 1917. El movimiento anarquista se convirtió en una alternativa al poder comunista, en medio de una guerra civil en Rusia que llevó al propio anarquismo en muchas ocasiones a postergar debates fundamentales en la revolución con la idea de vencer a los blancos y fuerzas contrarrevolucionarias.
            Y a pesar de ello el anarquismo tuvo algunos escenarios y oportunidades donde poder plantear esa alternativa al régimen comunista. En Ucrania se dio una de esas circunstancias y tuvo a Néstor Majnó y al Ejército Insurreccional Majnovista como uno de los ejemplos más acabados de esa alternativa de modelo revolucionario. Sin embargo su derrota significó su olvido o su deformación.

Majnó y la revolución

            Las imágenes que nos ha legado de la historia de Néstor Majnó es la de un personaje osco, serio y que comandaba una partida de guerrilleros campesinos que se dedicaron al aventurerismo en la Ucrania oriental. Alexei Tolstoi, pariente de León Tolstoi, en la obra Mañana sombría, como una de las obras narrativas oficiales de la Guerra Civil rusa, muestra a un Néstor Majnó asesinando a gente en Gulai Polé, su pueblo natal. La propaganda contemporánea de la guerra y posterior le mostró como un antisemita que desarrolló el terror hasta la llegada del Ejército Rojo. Para la historiografía liberal, Majnó, en caso de aparecer, no dejaba de ser un aventurero o un “atamán” que sembraba el caos allí por donde pasaba.
            Sin embargo la historia de Néstor Majnó fue muy otra a la que la se nos ha legado. Nacido en la población de Gulai Polé el 27 de octubre de 1889, Majnó era hijo de una familia de campesinos pobres, que con la revolución de 1905 adquirió conciencia revolucionaria y se adhirió al grupo anarquista comunista de su población. Su participación en el proceso revolucionario le llevó a la cárcel y a ser condenado a muerte, pena que se conmutó y logró salir de prisión tras la amnistía decretada tras la caída del Zar en la revolución de febrero de 1917. En prisión, Majnó había conocido de forma más firme los ideales anarquistas, al tener contacto con personajes como Piotr Archinov, que había pasado del bolchevismo al anarquismo.
            El regreso de Majnó a Ucrania le sirve para comprobar in situ el desarrollo de la revolución y participar activamente en la fundación de las estructuras revolucionarias en su región. Majnó fundó en la primavera de 1917 la Unión Profesional de Obreros Agrícolas, la comuna libre y el soviet de Gulai Polé, que el mismo presidió. El triunfo de la revolución de octubre de 1917 aceleró el proceso y la firma del Tratado de Brest Litovsk entre el gobierno bolchevique y el las potencias centrales, hizo que Majnó se opusiese al mismo y organizase el Comité Revolucionario de Gulai Polé ante la más que previsible invasión proalemana.     
            Tras la entrevista que Majnó tuvo en Moscú con Yakov Sverdlov y Vladimir Ilich Ulianov “Lenin”, de la que no regresó muy satisfecho, regresó a Ucrania y comenzó a dar forma a su ejército guerrillero que pronto se convirtió en el Ejército Insurreccional de campesinos de la región libre que dominaba.
            El majnovismo pronto hizo frente a los invasores proalemanas, a los nacionalistas de Simón Petlura, que había establecido su contingente en la capital, Kiev, y contra las fuerzas del Ejército Blanco, entre otros muchos actores de la Guerra Civil ucraniana. Tal como Majnó había planteado a Lenin en su entrevista, el movimiento revolucionario ucraniano era mayoritariamente socialista revolucionario y anarquista, pues los bolcheviques no tenían apenas influencia en la zona. Sin embargo, la intervención del recién creado Ejército Rojo sirvió como base de apoyo a las fuerzas revolucionarias ucranianas, incluidas las majnovistas. Hasta en tres ocasiones las fuerzas majnovistas llegaron a acuerdos con los comunistas para derrotar a las fuerzas blancas, nacionalistas o aventureros. Pero en todas las ocasiones, tras los objetivos, se rompía hostilidades entre ambas fuerzas al defender modelos revolucionarios distintos.
            El ejército que comandó Majnó, de raíz campesina, no dejaba de ser una fuerza creada para combatir en la Guerra Civil. Una parte programática de ese ejército era la defensa de la zona libre de Ucrania, ubicada en el este del país, donde se comenzó a desarrollar un modelo económico, político y social diferente, basado en la autogestión, en la horizontalidad y en la creación de un modelo social entorno a las ideas libertarias. Aunque el Ejército de Majnó defendió ese modelo nunca intervino como tal en el desarrollo de la sociedad antiautoritaria que defendía. Numerosas colectividades agrarias surgieron en esa zona libre, así como experiencias educativas basadas en el modelo ferreriano de escuelas. El Comité Revolucionario de Gulai Polé era completamente independiente del Estado Mayor Majnovista.
            El debate que se generó entorno al majnovismo era si se podía considerar un movimiento anarquista o no. Anatol Gorelik consideraba que era un movimiento de las masas laboriosas pero que no era propiamente anarquista, a pesar de que los anarquistas defendieran el modelo desarrollado. Pero a pesar de las consideraciones a nivel ideológico de Gorelik, lo cierto es que la base general de la zona majnovista era anarquista así como la gran cantidad de sus adherentes, tanto en el ejército como en el desarrollo de la sociedad en su área de influencia (Majnó, Archinov, Taranovsky, Belash, Karetnik, Rybin, etc). Igualmente, junto al majnovismo, se estableció en Ucrania la Confederación de Organizaciones Anarquistas “Nabat”, que fue el intento más acabado de articular una organización general de anarquistas y que tuvo contactos y apoyo con los majnovistas, pero que eran movimientos independientes. Estas cuestiones muestran la complejidad del movimiento en Ucrania.
            Lo cierto fue que Majnó defendió hasta sus últimas consecuencias el modelo organizativo creado. En el último pacto con los bolcheviques llegó a incluso a proponer una claúsula política por la cual, el gobierno soviético Moscú respetara las zonas de influencia del majnovismo y el majnovismo respetaría la implantación del modelo comunista en el resto del territorio. Una proposición que no fue refrendada ni aprobada por el gobierno de Lenin.
            Igualmente es imposible entender la victoria revolucionario sobre los ejércitos blancos y otros agentes sin la intervención del Ejército Insurreccional Majnovista. La expulsión de los proalemanes de Skoropadsky, la derrota de Denikin y Wrangel, la de los nacionalistas de Petlura, el aniquilamiento de las bandas aventureras de Nikifor Grigoriev, etc, tienen a los majnovistas como agentes protagonistas. De ahí hay que entender también la búsqueda de pactos con el Ejército Rojo.
            Sin embargo, cuando las fuerzas contrarrevolucionarias estaban vencidas a la altura de 1921, el gobierno comunista comenzó una tarea de persecución contra las unidades del majnovismo. Sus estructuras revolucionarias fueron desmanteladas, sus integrantes perseguidos, encarcelados o asesinados por la Cheká, y gran parte de sus dirigentes más destacados partieron al exilio cuando no fueron purgados y asesinados. El propio Majnó alcanzó la frontera rumana, pasó a Polonia donde fue detenido y juzgado eludiendo responsabilidades y marchándose a París donde moriría en 1934. Sobre el majnovismo cayó entonces el ostracismo y el olvido.

Consideraciones sobre el majnovismo

            Si algún movimiento estuvo cerca de poder plantear, con una base más sólida, una alternativa al gobierno comunista, ese fue el majnovismo. No es justo incluir a Majnó y su movimiento en las revueltas campesinas que entre 1919 y 1922 se desarrollaron en Rusia. Lo de Majnó no fue una revuelta al uso como pudo ser la liderada por Antonov en la región de Tambov. Majnó tenía una idea de la revolución, un modelo de sociedad distinta que llevó a la práctica y que chocó con el orden establecido. Los campesinos majnovistas no actuaron exclusivamente en contra del comunismo de guerra porque ellos realizaron tareas de colectivización y autogestión. De ahí que tanto el majnovismo como la rebelión de los marinos de Kronstadt en febrero de 1921 fuesen tomadas por las autoridades bolcheviques como movimientos alternativos serios al modelo revolucionario en el gobierno.
            La derrota de Majnó y su ejército significó pasar al ostracismo de la historia o a la deformación de su  movimiento. Volin, uno de los historiadores más reconocidos de la Revolución rusa desde la perspectiva anarquista, siempre achacó a Majnó un exceso de autoritarismo y una falta de formación al movimiento que conformó. Pero todos coinciden en plantear que las zonas de influencia de majnovista era, hasta ese momento, el modelo revolucionario más cercano a las posiciones anarquistas que había existido, haciéndose eco de la propia Comuna de París de 1871.
            Para el anarquismo ruso en su conjunto, la derrota que habían sufrido en la revolución era un elemento a analizar. Y es algo que hicieron en el exilio y que sirvió para plantear, aun más, las diferencias existentes entre el propio movimiento anarquista ruso. La falta de una organización de coordinación fue el elemento en el que coincidieron todos. Pero que modelo de organización desarrollar fue lo que les separó. El “plataformismo” de Archinov, y apoyado en un primer momento por Majnó, se tornó en un nuevo fracaso para el historiador del majnovismo, que decidió volver a la URSS en 1932 y desapareció en medio de las purgas del estalinismo en 1937.
            Lo que pudo ser una oportunidad para el anarquismo se tornó en una tragedia por su final. A pesar de las memorias escritas, de los libros de Archinov y Volin, de las propias memorias de Majnó, el movimiento majnovista es hoy poco conocido. La peculiaridad de que en España la Revolución rusa no haya sido objeto de estudio por los historiadores hace que esa parte de la misma esté por hacer. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

EL IMPACTO DE LA REVOLUCIÓN RUSA EN ESPAÑA

Siguiendo con la serie de artículos en relación con la revolución rusa colgamos en este blog el artículo publicado en la edición en papel de El Salto y ampliado en la web de El Salto diario.

El desarrollo revolucionario ruso no solo quedó circunscrito a sus fronteras. Sin embargo, el “proletarios de todos los países, uníos”, lema histórico del socialismo, se tornó en nuevas escisiones entre los partidarios del modelo soviético y los críticos con el mismo, naciendo los partidos comunistas en diferentes lugares. España no fue la excepción a este asunto.
            Cuando los acontecimientos de febrero y octubre se desarrollan en Rusia, España vivía una ola de crisis política, económica y social acompañado de una movilización obrera. En diciembre de 1916 las centrales sindicales UGT y CNT han llegado por primera vez a acuerdos. La primavera de 1917 fue agitada con movilizaciones de trabajadores en distintos sectores que desembocó en agosto de 1917 con la declaración de una huelga general revolucionaria que acabó con la represión de sus integrantes, el encarcelamiento del comité de huelga y la suspensión de las libertades de reunión y prensa. El telón de fondo de la Revolución rusa se dejaba sentir en los periódicos Solidaridad Obrera y El Socialista.
            El triunfo de octubre en Rusia levantó esperanzas en el obrerismo español. Los congresos del PSOE y de la CNT mostraron interés por los sucesos de Rusia. El PSOE era partidario de la fusión de la II Internacional (a la que pertenecían) con la III nacida de las jornadas revolucionarias rusas. La CNT, en su congreso de 1919 se adhirió de forma unilateral a las nuevas estructuras internacionales revolucionarias con la defensa del comunismo libertario como bandera. Pero ya antes, en congresos de sectores claves como el agrario, los libertarios habían mostrado su adhesión a los principios emanados de la revolución rusa.
            Los anarquistas hicieron de la revolución de octubre una bandera de defensa, sin saber en muchas cuestiones que estaba sucediendo realmente en Rusia. El periódico Tierra y Libertad llegó a decir en sus páginas que en Rusia había triunfado la anarquía. Como Manuel Buenacasa expuso en los artículos que en esas fechas escribió para Solidaridad Obrera así como años después en sus reflexiones históricas en el libro El movimiento obrero español, 1886-1926, a los bolcheviques se les confundía con los propios anarquistas y se veían en ellos la esperanza de una sociedad nueva que había que exportar lo antes posible al territorio español.
            Sin embargo, las delegaciones que los dos organismos obreros más importantes de España mandaron a los congresos de la Komintern (III Internacional) variaron la posición de los organismos socialistas y anarquistas. El informe que Ángel Pestaña elaboró para la CNT así como el elaborado por el francés Gastón Leval en el congreso de la Profintern (Internacional Sindical Roja) revocó el acuerdo de adhesión de los libertarios a las estructuras comunistas y su adhesión a la renacida AIT en Berlín en 1922. Aunque hay que decir que con anterioridad personajes como Eleuterio Quintanilla ya había mostrado sus reticencias ante el significado de la toma del poder de los bolcheviques, la decisión final de la CNT estuvo motiva por estas visitas e informes. El propio Buenacasa reconoció el error al que le habían inducido la propia revolución y que aquellos que fueron críticos con los bolcheviques estaban en lo cierto desde el inicio. Aun así, los libros escritos por Pestaña posteriormente (70 días en Rusia. Lo que yo vi y 70 días en Rusia. Lo que yo pienso) seguía manteniendo por parte del anarcosindicalismo un apoyo a lo que era en sí la revolución rusa, como fenómeno popular, pero una oposición frontal a la dictadura impuesta por los comunistas.
             Solo un sector encabezado por Andreu Nin, Joaquín Maurín e Hilario Arlandis se declaró pro-bolchevique y acabaron saliendo de la CNT fundado sus propias estructuras comunistas, la Federación Comunista Catalano-Balear ya en 1924. Antes de ello, y siguiendo las propias consignas que dieron en Moscú, formaron los llamados Comités Sindicalistas Revolucionarios que intentaron inclinar, sin éxito, a la CNT hacía las posturas bolcheviques. Y a pesar del apoyo que estos personajes dieron a los bolcheviques, intentaron trasmitir en el congreso de la Profintern que en España las estructuras de partido no tenían aceptación entre la clase obrera y que era el sindicalismo lo que había que hacer girar hacia las posiciones comunistas. Además, el propio Arlandis, de pasado anarquista, tuvo un enfrentamiento directo con Trotsky. De todos ellos fue Nin quien más se adhirió a los principios comunistas y se estableció en Rusia hasta 1930 colaborando con diversos organismos comunistas. Estos personajes fueron claves durante la Segunda República como organizadores de estructuras marxistas no adheridas al estalinismo como fue el Bloque Obrero y Campesino (BOC) de Maurín, la Izquierda Comunista de España (ICE) de Nin y la unión posterior en el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) en 1935. Tal fue el enfrentamiento que llegaron estos grupos que Nin fue asesinado en plena Guerra Civil por agentes estalinistas en 1937.
            Mi viaje a la Rusia sovietista y la de Daniel Anguiano, partidario de la inclusión del PSOE en la Komintern. En su libro, De los Ríos hizo una valoración de la Rusia de Lenin y mostró la falta de libertades que se vivía, así como las carestías. Al igual que los libros de Pestaña, fueron fuentes directas de análisis, en este caso desde la perspectiva del socialismo reformista y democrático, de la Revolución rusa desde la izquierda.
Por su parte, el PSOE acudió a los congresos de la Komintern volviendo con dos opiniones diferentes. La de Fernando de los Ríos, crítico con el modelo soviético y plasmado en su libro
            El congreso del PSOE en abril de 1921 dio una victoria por estrecho margen a los partidarios de no adherirse a la Komintern, provocando una escisión con el nacimiento del Partido Comunista Obrero Español (PCOE). Antes, las Juventudes Socialistas habían tenido una escisión que dio origen en 1920 al nacimiento del Partido Comunista Español (conocido como “el partido de los 100 niños”). A instancias de la propia Internacional, ambos organismos se fusionaron naciendo en noviembre de 1921 el Partido Comunista de España (PCE), cuya influencia en el obrerismo español fue escasa hasta los prolegómenos de la Guerra Civil. Aun así personajes de primera hora del socialismo como Ramón Lamoneda, Facundo Perezagua (uno de los dirigentes socialistas y de la UGT de primera hora en el País Vasco), Antonio García Quejido (fundador de la UGT), etc., acabaran en las filas del comunismo. Algunos de ellos, como Lamoneda, acabarían retornando al PSOE. 

martes, 31 de octubre de 2017

Ideología y movimientos para una revolución

 Aunque las fronteras son difusas y no se puede hablar, en ningún caso, de bloques estancos y monolíticos de pensamientos y organizaciones, aquí estarían a grandes rasgos las ideologías y los movimientos políticos que dinamizaron la Revolución rusa.

La Revolución rusa no es un acontecimiento que se pueda medir en parámetros de compartimento estanco con ideología y grupos perfectamente definidos. Muy por el contrario, como cualquier acontecimiento histórico, su desenvolvimiento fue poroso y diverso. Aun así si hubo organizaciones, ideas y partidos que dinamizaron el proceso revolucionario ruso. Aquí se presenta las principales de las que se más se habla.

Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia
  
Fundado en 1898, seguidor del ideario marxista que había partido desde Georgi Plejanov, en 1903 el partido se dividió en dos grandes facciones: los bolcheviques (mayoritarios) encabezados por Lenin y los mencheviques (minoritarios) con la figura de Yuli Martov. Sus grandes diferencias eran los métodos de acceso de al poder y las estrategias. Por ejemplo en su visión de los soviets, donde los bolcheviques fueron muy críticos con estos organismos obreros hasta 1908 y, sobre todo, hasta el estallido revolucionario de 1917. En 1912 la facción bolchevique se constituye como partido.
            Con la revolución de 1917, y aunque los mencheviques estaban mejor organizados, los bolcheviques lograron hacerse con importantes cuotas de poder, arrastrando hacia su influencia a muchas personalidades (como Trotsky), convirtiéndose en el grupo más dinámico en el asalto al poder de octubre de 1917.
           
Los métodos del bolchevismo en el poder le hicieron laminar cualquier intento de oposición a su política, incluido a los propios mencheviques, hasta el establecimiento de una dictadura de partido único representada por el naciente Partido Comunista.

Partido Socialista Revolucionario

           
Heredero de las tradiciones populistas del siglo XIX representadas por Narodnaïa Volia, el Partido Socialista Revolucionario nació en 1900 con una importante diversidad de estrategia, desde la agitación obrera hasta el asalto a las instituciones pasando por su Organización de Combate que fue protagonista de numerosos atentados terroristas que acabaron con la vida de personalidades importantes del régimen zarista.
            Sin olvidar al obrero industrial, los socialistas revolucionarios encontraron en el campesino la base de su fuerza para el desarrollo de su programa agrario. Aquí radica una de las diferencias entre la facción eserista (o socialistas revolucionarios de derechas) que consideraba una expropiación paulatina a los SR de izquierda partidarios de un programa máximo. De hecho, una parte del socialismo revolucionario constituyó el movimiento maximalista que acabó en las filas de los campesinos anarquistas. Otros optaron por posiciones más moderadas y de sus filas nació el Partido Trudovique, del que Kerensky fue su mayor representante.
Entre sus líderes habría que destacar a Víctor Chernov (entre los eseristas) o María Spiridinova entre los SR de izquierda.

Anarquistas

            Con importante desarrollo desde finales del siglo XIX, los anarquistas rusos encontraron base en diversas poblaciones rusas restando influencia a sus rivales socialdemócratas y socialistas revolucionarios. De importancia en la revolución de 1905 en Bialystok, Krinki, Moscú y San Petersburgo, los debates de los anarquistas hasta la revolución de 1917 circularon entre las estrategia terrorista en pequeño grupos y minoritarios hasta los grandes debates entre los que pretendía una organización anarquista de grupos o los que pretendían el desarrollo del anarquismo a partir del sindicalismo revolucionario.
           
Su influencia fue creciendo a lo largo de 1917 hasta convertirse, según el comunista francés Jacques Sadoul, en el grupo político mejor organizado a la izquierda de los bolcheviques. Tuvieron acciones destacadas en Kronstadt, Petrogrado, Moscú y zonas de Ucrania, donde su influencia llegó a ser hegemónica, llegando a experiencias autogestionarias en contraposición al modelo revolucionario bolchevique.
            Sus organismos, periódicos y actividades fueron reprimidos por las autoridades comunistas. Entre sus figuras más importantes destacan Volin (Vsevolod Mijailovich Eichembaum), Georgi Maximov, Néstor Majnó, Daniil Novomirsky, Piotr Archinov, Emma Goldman, Alexander Berkman o Efim Yarchuk, entre otros muchos.

Otros grupos políticos

            El mapa no se acaba en estas tres grandes corrientes. A la izquierda también actuaron grupos moderados como el Partido Trudovique (laboralista), nacido de las filas del PSR tras el fracaso de la revolución de 1905 y donde estaba integrado Alexander Kerensky, que llegó a acuerdos con los socialistas revolucionarios en el gobierno y en los soviets. Los socialdemócratas tuvieron otros grupos además de lo bolcheviques y los mencheviques, como los Socialdemócratas Internacionalistas de Novaya Zhin (Nueva Vida) o Yedinsvo (Unidad), grupo seguidor de Plejanov. Incluso los propios mencheviques estaban divididos entre mencheviques internacionalistas de Martov y mencheviques simplemente. Habría que unir grupos como el Bund, partido de los judíos socialistas, o el Partido Socialista Polaco, de influencia en las zonas que el Imperio ruso tenía en Polonia.
            Los liberales se encuadraron de forma mayoritaria en el Partido Constitucional Demócrata o Kadete (acrónimo en ruso), cuyas políticas fracasaron con la caída de Lvov y Miliukov frente a Kerensky.
            Los monárquicos también jugaron sus cartas, desde las posiciones liberales hasta el Partido Octubrista (nacido en 1905) con los intentos de conciliación del zarismo y una apertura liberalizante. Su fracaso fue la propia caída del Zar en marzo de 1917.
            También existieron grupos de extrema derecha y con una fuerte base antisemita que como las Centurias Negras, actuaron desde inicios del siglo XX contra las fuerzas revolucionarias y la población judía. Su influencia desapareció con el avance de las fuerzas revolucionarias.