viernes, 9 de diciembre de 2016

BANALIZAR LA HISTORIA DEL FRANQUISMO

Artículo publicado en la edición digital del periódico Diagonal

Imaginemos por un momento que en Alemania a alguien se le ocurre hacer una serie en la que Martin Bormann, uno de los nazis más destacados y que se suicidó en su huida de Berlín, se enamora de alguna aristócrata alemana y esa bonita historia de amor es el hilo argumental de la serie. Una serie donde no se abordaría los crímenes contra la humanidad que cometió. En realidad sería mucho imaginar en Alemania. Pero en España esas cosas suceden.
            Quede claro que para nada me opongo a que se realicen series donde aparezcan personajes históricos, ya sean polémicos o no. Para eso están los llamados biopic. Pero lo de la serie de Telecinco Lo que escondían sus ojos se ha alcanzado el grado más alto de banalización de uno de los periodos más siniestros y crueles de la historia de España. Y han puesto como protagonista a alguien que representó en aquel momento la cara filo nazi del régimen franquista que había alcanzado el poder definitivo en 1939 tras un golpe de Estado contra la República en 1936.
            La serie, basada en la novela de Nieves Herrero con el mismo nombre, narra la historia de amor de Ramón Serrrano Súñer con María Sonsoles de Icaza y León, marquesa de Llanzol. Ese es el eje central. Lo demás es subsidiario. O no tanto, porque el trasfondo histórico muestra beneplácito y desconocimiento/ocultamiento de la historia.
            Porque ese apuesto galán que representa el actor Rubén Cortada, fue uno de los ejes de la política del franquismo. Ramón Serrano Súñer había sido uno de los políticos derechistas más destacados del periodo republicano. Diputado de derechas, al empezar la Guerra Civil fue detenido y encarcelado en la prisión en Madrid por su apoyo al golpe de Estado. En 1937 logró evadirse vestido de mujer y alcanzar la zona sublevada donde desde el primer momento adquirió un papel protagonista. Muy cercano a las posiciones fascistas, Serrano Súñer promovió la unificación entre Falange (a la que se había adherido, pues durante la República fue integrante de la CEDA) y los Tradicionalistas con el objetivo de conseguir el partido único. Muy unido a Franco (eran cuñados, de ahí su nombre de El Cuñadísimo), Serrano Súñer tuvo una enorme influencia política sobre los gobiernos franquistas. Ocupó los cargos de Ministro de la Gobernación durante la Guerra y de Ministros de Asuntos Exteriores una vez finalizado el conflicto. Igualmente, Serrano Súñer fue el ideólogo del Fuero del Trabajo, una de las Leyes Fundamentales, basándose en la Carta di Lavoro de los fascistas italianos, a los que tanto admiraba.
            Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, y ya como Ministro de Asuntos Exteriores, Serrano Súñer fue un firme partidario de apoyar al Eje nazi-fascista.  Por su iniciativa se toman contactos y apoyo directo de la España franquista con la Alemania nazi y la Italia de Mussolini. En septiembre de 1940 viajó a Alemania y le acompañó los falangistas más partidarios de los nazis: Demetrio Carceller, Miguel Primo de Rivera, Dionisio Ridruejo, Miguel Tovar, etc. Tras la reunión de Hendaya con Hitler o en Bordiguera con Mussolini, las pretensiones de Serrano Súñer no quedaron del todo confirmadas. Pero su germanofilia y simpatía por los nazis les llevó a promover la creación de la División Azul.
            Ese hombre enamorado de la marquesa de Llanzol en la serie, fue el mismo que en los consejos de ministros de aquel primer franquismo, de aquellos años de plomo, daba visto bueno a las penas de muerte que se producía por decenas todos los días en España. Ese mismo Serrano Súñer consideró “apátridas” a miles de españoles recluidos en los campos de concentración nazis.
            Sin embargo, todas estas cuestiones no las aborda la serie. No hace falta. Lo importante es presentar a un Serrano Súñer enamorado, que se acerca amablemente a los monárquicos, que conversa con el embajador inglés para decirle que España es neutral en la Segunda Guerra Mundial, que no ve bien que Franco de una de cal y otra de arena en el conflicto mundial, etc.
            Un buen lavado de cara para una de las figuras con más poder en la dictadura franquista. La demonización de la República también está presente. El embajador inglés considera que la República amaba a la URSS y Franco a Hitler. Lo segundo es más acertado, pues Franco colaboró con aquel que le había ayudado a ganar la Guerra. Lo primero es completamente falso y forma parte de las falacias que se alimentaron durante cuarenta años de dictadura.
            Y claro, algunos van a estropear esa bonita historia de amor. Una vez que Serrano Súñer ha consumado su amor con la marquesa de Llanzol, unos terroristas ponen un cartucho de dinamita en un carro que explota al paso del coche del ministro franquista. Que malos los rojos. No sabemos si son anarquistas o comunistas. Que más da. Serrano estaba de acuerdo en fusilarlos tuvieran las ideas que tuvieran. Para que nos vamos a parar en detalles insignificantes. O para que vamos a reparar si las prisiones españolas rebosaban de presos políticos, muchos de ellos fusilados. En ese Madrid que narra el romance (devastado por las bombas de los amigos nazis de los franquistas durante la Guerra Civil), en el periodo que Serrano Súñer fue ministro (1939-1942) se fusiló en el Cementerio de la Almudena 2452 personas. Solo allí. En el resto de la provincia mucho más. Y en el resto de España es incalculable aun. Todas ellas aprobada en Consejo de Ministro y ratificadas luego con el visto bueno de Franco.
            El lavado de cara que se ha hecho a Serrano Súñer es increíble a través de esta serie. Cosa que no sorprende viendo como se trata la memoria histórica en este país.
            Aun así hay una cosa curiosa en esta historia de Serrano Súñer con la marquesa de Llanzol. Y es que el Cuñadísimo llegó a tener una hija con ella. No reconocida por él, claro está. Esa hija fue Carmen Díez de Rivera, que estuvo a punto de casarse con Ramón Serrano Súñer Polo, hijo legitimo de Serrano Súñer. Evidentemente ese matrimonio no se produjo porque eran hermanos, lo que llevó a Carmen a hacerse monja e irse a las misiones. Luego entró en política. Primero de la mano de Suárez en la UCD y el CDS donde llegó a ser eurodiputada. Luego mantuvo su escaño cuando en 1989 se pasó al PSOE. Esas historias para no dormir.

            Como conclusión una cosa. Mientras miles de militantes antifascistas y demócratas se pudren en fosas comunes, mientras los juicios sumarísimos del franquismo siguen vigentes, la televisión (en este caso privada) invierte dinero en remozar la imagen de uno de los ministros que llevó a España a uno de los periodos más siniestros de su historia.

martes, 15 de noviembre de 2016

Renunciar a todo menos a la victoria. Los anarquistas en el gobierno de la República

Artículo publicado en la edición digital de Diagonal

El 4 de noviembre de 1936 se producía un hecho trascendental en la historia. Ese día, en un Madrid sitiado por las tropas que se habían sublevado contra la República el 18 de julio de 1936, se produjo una remodelación ministerial en el gobierno de Largo Caballero. Y por primera en la historia accedieron a dicho gobierno ministros anarquistas. Juan García Oliver como Ministro de Justicia, Federica Montseny como Ministra de Sanidad y Asuntos Sociales, Juan Peiró como Ministro de Industria y Juan López como Ministro de Comercio. Los eternos enemigos del Estado y del gobierno, el movimiento obrero que había protagonizado las luchas contra todo tipo de autoridad accedían a tomar cargos de responsabilidad en el gobierno republicano ante la crítica situación que se vivía en aquellos momentos de la Guerra Civil.
            Pudiera parecer que fue una contradicción sin paliativos. Y contradicción fue. Pero los órganos de responsabilidad del movimiento libertario, sus voceros de prensa y la gran mayoría de su numerosa militancia lo consideraron necesario. Hubo quienes se opusieron a ello. Voces que vinieron, sobre todo, de los sectores juveniles del anarquismo y de plumas libertarias desde el extranjero, que no compartían los criterios de sus compañeros españoles.
            Sin embargo, que los anarquistas participasen en organismos de poder no era nuevo. No al nivel de ministerios pero si en otros modelos de organización. Durante la Comuna de París de 1871, los anarquistas que estaban en pleno proceso de expansión por Francia, participaron de numerosos organismos revolucionarios en aquel proceso que fue objeto de debate posterior entre marxistas y anarquistas. En España, durante el movimiento cantonal de 1873, numerosos internacionalistas antiautoritarios, seguidores del ideal de Bakunin, participaron de los organismos surgidos por este movimiento. Se podría pensar que ambos casos fueron experimentos muy tempranos, cuando el anarquismo apenas había tenido recorrido. Sin embargo, durante la Revolución rusa nos volvemos a encontrar a anarquistas en organismo obreros de control de la producción y consumo como fueron los soviets. Unos soviets que también tuvieron capacidad de poder político y de decisiones más allá de la producción. Soviets como el de Bialystok eran de mayoría anarquista. Incluso el triunfo bolchevique en octubre de 1917, llevó a algunos anarquistas a una colaboración con el nuevo gobierno. Algunos de esos anarquistas acabaron integrándose en las estructuras soviéticas. Otros, a pesar de su participación en determinados organismo revolucionarios, criticaron el camino que los bolcheviques había tomado lo que les llevó a un enfrentamiento directo con las autoridades soviéticas que acabaron con los anarquistas en los presidios o en el exilio.
            No era pues ajena la historia del anarquismo a la colaboración con organismo de dirección política. Lejos de la imagen que se ha querido ofrecer del anarquismo como un ente monolítico, como una ideología cerrada sobre sí misma y ajena al entorno que le rodeaba, los anarquistas españoles buscaron la colaboración con otras fuerzas políticas dependiendo de las circunstancias. Durante la dictadura de Primo de Rivera la política de alianzas de los anarquistas y los republicanos fue una de las claves del derrocamiento definitivo de la dictadura y de la monarquía de Alfonso XIII. Los anarquistas no fueron ajenos a la proclamación de la República el 14 de abril de 1931, a la que recibieron con reservas pero reclamándose como uno de sus protagonistas en el momento revolucionario que vivía España. Solo las políticas laborales y sociales del primer bienio republicano, que los anarquistas consideraron escasas, llevó al enfrentamiento. Sin embargo, cuando la derecha ganó las elecciones en noviembre de 1933, y el movimiento obrero detectó un peligro de ascenso del fascismo, tal como sucedía en Europa, se volvieron a poner encima de la mesa la política de alianzas con otras fuerzas. Fue el ejemplo de Asturias en 1934 o de los acercamientos a socialistas y comunistas en otros puntos del país.
            La lectura que sacaron los anarquistas de aquellos primeros años republicanos, fue la incapacidad por parte del movimiento libertario de derrotar al capitalismo con sus propias fuerzas. Por ello durante 1936 y ratificado en el Congreso de Zaragoza de mayo de ese año, los libertarios optaron por proponer una alianza revolucionaria que uniera el destino de la CNT y de la UGT. Todos estos debates y movimientos que pretendían llegar a un pacto revolucionario entre las dos sindicales, fueron cortados por el golpe de Estado contra la República el 18 de julio de 1936.
            El golpe de Estado precipitó los acontecimientos. Y lejos de la idea que pudiese llevar de un anarquismo que se podía imponer en sus zonas de influencia a las otras corrientes del antifascismo, los libertarios decidieron participar en organismos junto a otras fuerzas revolucionarias y republicanas. El Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña es un ejemplo de ello, donde participaron representantes de la CNT, el PSUC o la Esquerra Republicana.
            El paso definitivo vino tras el verano de 1936. Por una parte el Movimiento Libertario comenzó a pensar en la posibilidad de creación de un Consejo Nacional de Defensa que sustituyese al gobierno de la República y que estuviese conformado por las fuerzas revolucionarias, dándole más peso a las organizaciones sindicales. Una idea que no cuajó en el resto del antifascismo español. Sin embargo, en ese mismo mes de septiembre, con la Generalitat de Cataluña reconstruida, la CNT pasó a tener tres consejeros en sus órganos de gobierno: Juan Pablo Fábregas como Consejero de Economía, Juan José Domenech como Consejero de Abastos y Antonio García Birlán como Consejero de Sanidad y Asistencia Social.
            Fue un momento clave en la historia del anarquismo. Para aquellas fechas, Francisco Largo Caballero, presidente del consejo de ministros y uno de los líderes más representativos de la UGT, veía con buenos ojos la llegada de la CNT al gobierno central, lo que reforzaría la idea de un gobierno sindical. La política de colaboración de los anarquistas estaba en pleno proceso. Ya había integrantes de la CNT y de la FAI que eran concejales en los distintos municipios. Se habían integrado de lleno en las estructuras del Frente Popular. A nivel militar, comenzaban a dar los primeros pasos para su integración en el Ejército. Todo esto no sin debate. Porque el anarquismo había defendido el antiestatismo y colaboraba con el Estado republicano en guerra. El anarquismo era antimilitarista y colaboraba con el Ejército Popular de la República. Si algún movimiento cedió más en sus pretensiones en aquellos momentos en su lucha contra el fascismo, ese fue el movimiento anarquista.
            El 4 de noviembre de 1936 se culminaba esa escalada de colaboración con la llegada de los ministros de la CNT y la FAI al gobierno. Un momento difícil, pues la capital de la República corría peligro de caer en manos de los sublevados. De hecho, una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue trasladarse a Valencia y dejar Madrid en manos de una Junta de Defensa de Madrid encabezada por el general José Miaja y con representación de todas las fuerzas del antifascismo español en la capital.
            Y los anarquistas en el gobierno no tomaron medidas sencillas. Muy por el contrario fueron cuestiones complejas y profundas. Juan García Oliver, camarero nacido en Reus, se mostró como un Ministro de Justicia solvente. Bajo su mandato, fueron clausuradas las prisiones que estaban en manos de partidos y sindicatos para regularizar una justicia revolucionaria y garantista en tiempos de guerra. El asesoramiento de personajes como Eduardo Ortega y Gasset o Eduardo Barriobero fue evidente. En caso de condena a muerte por los instaurados tribunales revolucionarios, sería en última estancia el Consejo de Ministros quien aplicaría la pena o no. García Oliver actuó con contundencia contra la represión extraoficial. Nombró Director General de Prisiones a Melchor Rodríguez García, y las sacas de las prisiones madrileñas que estaban provocando las matanzas en Paracuellos del Jarama fueron frenadas. García Oliver regularizó los campos de trabajo donde los presos tenían derechos laborales y jornadas diarias de ocho. García Oliver o Melchor Rodríguez, conocían bien las cárceles por dentro y de ahí su sensibilidad ante la situación de los presos. La represión de los primeros momentos prácticamente desapareció de la retaguardia republicana.
            Federica Montseny actuó con contundencia en el Ministerio de Sanidad. La política de las mujeres libertarias por los liberatorios de prostitución o la extensión de la profilaxis fue un hecho. Personajes como Amparo Poch Gascón asesoraron a la nueva ministra en esta línea. Montseny planteó una ley de aborto, que solo se aplicó en Cataluña, que creó un debate intenso en el interior del consejo de ministros. Hasta la fecha ha sido la ley más avanzada en esta línea de la historia de España. Montseny se apoyó en profesionales de la medicina como la ya citada Poch Gascón o los médicos José Mestres Puig, Juan Morata cantón o Félix Martí Ibáñez. Se incentivó la sanidad pública para todos los ciudadanos y se invirtió en investigación para el avance de la medicina en un momento difícil. No era sino poner en práctica esas corrientes del neomalthusianismo que los anarquistas habían defendido desde inicios del siglo XX. Proliferaron Institutos de Higiene y Alimentación así como la sanidad en el frente de batalla. A nivel social, la preocupación por la infancia y el niño fueron ejes de la política de Montseny.
            Aunque menos brillantes, los ministerios de industria y comercio también tuvieron intentos de avance. Juan Peiró logró aprobar normas para el desarrollo de la industrial civil. Intentó regularizar el control obrero en las fábricas. Un control obrero donde el trabajador tendría todo el poder sobre la producción. Unas medidas que no fueron bien vistas por los otros socios de gobierno. Juan López, desde la cartera de comercio, cuidó las iniciativas revolucionarias de exportación de productos como el CLUEA (Consejo Levantino Unificado de la Exportación Agrícola). Incentivar la producción comercial de las colectividades agrarias fue uno de los objetivos de su Ministerio.
            Sin embargo esta labor apenas duró unos meses. La crisis de mayo de 1937, que llevó a la dimisión del gobierno de Largo Caballero, dejó también fuera de la dirección política a los anarquistas. El primer gobierno de Juan Negrín no contó con la participación de la UGT ni de la CNT. Aunque una remodelación ministerial en 1938 llevó a la entrada, nuevamente, de la CNT en el gobierno de la República, cuando Segundo Blanco toma posesión del Ministerio de Instrucción Pública.
            El final de la Guerra Civil llevó al anarquismo español a un profundo debate sobre lo sucedido en aquellos años. Algunos no se arrepintieron de su colaboración y reivindicaron su obra al frente de las instituciones. Otros lo consideraron un error. Algunos pensaban que esa colaboración con el resto de fuerzas se tenía que mantener hasta que Franco fuese eliminado de la escena política, que la Guerra no acabaría hasta entonces. Otros consideraron que la colaboración acabó con el final de la Guerra.

            Independientemente de los análisis, la participación gubernamental de los libertarios fue un hecho histórico que había tenido tenues precedentes pero que la Guerra Civil los superó. Y dentro de todas las contradicciones que se pueden establecer de esta colaboración anarquista, lo cierto fue que las medidas que esos ministros anarquistas implantaron o intentaron implementar fueron medidas tan avanzadas que aun hoy, muchas de ellas, no están conseguidas. Hace 80 años el anarquismo hizo, una vez más, Historia con mayúscula.

TEXTOS DE LOS ANARQUISTAS Y EL PODER

            Para completar este acontecimiento histórico, hay algunas obras clave que merece la pena leer. Por una parte dos clásicos escritos por dos militantes libertarios. Por una parte Juan Gómez Casas publicó en 1977 Los anarquistas en el gobierno (Editorial Bruguera). Unos años antes, César Martínez Lorenzo publicaba en 1972 Los anarquistas españoles y el poder (Ruedo Ibérico). No podemos olvidar las propias memorias. Juan García Oliver hace un repaso a su gestión en El eco de los pasos y Federica Montseny hace lo propio en Mis primeros cuarenta años. Biografías de Federica Montseny como la de Irene Lozano Federica Montseny. Una anarquista en el poder (Espasa, Madrid, 2004) o Susana Tavera con su Federica Montseny. La indomable (Temas de Hoy, Madrid, 2005), marcan un avance en la investigación histórica sobre el papel de Federica Montseny en el ministerio. Por último destaquemos dos libros más recientes. El de Dolors Marín Ministros anarquistas. La CNT en el gobierno de la II República (Ed. Debolsillo, Barcelona, 2005) y el excepcional trabajo de Juan Pablo Calero Delso El gobierno de la anarquía (Síntesis, Madrid, 2011)

viernes, 11 de noviembre de 2016

CUANDO MADRID FUE LA CAPITAL DEL ANTIFASCISMO MUNDIAL 80 aniversario de la defensa de Madrid

Artículo aparecido en la edición digital del periódico Diagonal

El 7 de noviembre de 1936 toda la ciudad de Madrid amanecía con un lema: “¡No pasarán!”. Las tropas sublevadas contra la República desde julio de ese mismo año se habían marcado un objetivo: la toma Madrid. La pérdida de la capital de la República sería un golpe moral para las aspiraciones republicanas. Franco quería tomar la capital lo antes posible. No lo consiguió en el golpe de Estado, pues los planes de Fanjul fueron derrotados por el pueblo madrileño que tomó el Cuartel de la Montaña. No los consiguió con sus embestidas por la zona norte, donde las unidades milicianas lograron frenar a las tropas sublevadas.
            Pero desde septiembre-octubre la situación de Madrid era cada vez más crítica. La toma de Badajoz por parte de las fuerzas de Yagüe y la toma de Toledo, cercaban a la capital de España. Igualmente, Madrid sufría intensos bombardeos contra su población civil. Cuatro columnas militares asediaban la ciudad. El general Mola decía que una quinta estaba actuando ya en el interior de la ciudad (de ahí el nombre del quintacolumnismo).
            Largo Caballero, presidente del gobierno, realizaba un cambio ministerial. El gobierno se veía reforzado con la entrada de cuatro anarquistas. El “gobierno de la victoria” lo llamaron. Sin embargo, una de sus primeras decisiones fue abandonar la capital de la República y trasladarse a Valencia. “¡Viva Madrid sin gobierno!” gritaban los anarquistas madrileños con las tropas asediando la ciudad.
            Para la defensa de la ciudad, el gobierno de la República dejó instrucciones a los militares José Miaja y Vicente Rojo. Había que constituir una Junta Delegada de la Defensa de Madrid que dirigiera los designios de la capital. A pesar de que la orden era que los sobres dejados con las instrucciones del gobierno no se abriesen hasta horas después de la marcha del gobierno, la orden no fue cumplida. Ante la sorpresa, Miaja vio que iban a estar solos en las duras horas que le esperaba a Madrid. Nadie confiaba en su resistencia. Nadie daba un duro por la capital de la República. Parecía que Miaja y Rojo solo iban a gestionar la retirada y la derrota.
            Pero la idea que albergaba el pueblo madrileño y sus organizaciones populares era muy otra. Madrid iba a ser una trinchera. Iban a defender Madrid para que no cayese en manos de los sublevados. Iban a hacer todo lo posible para que el general Mola no se tomase su café con leche a las cinco de la tarde en la Puerta del Sol como había amenazado. Iban a intentar hacer posible lo imposible.
            En primer lugar se constituyó esa Junta de Defensa de Madrid.  Y todas las organizaciones antifascistas se adhirieron a ella. El PSOE, el PCE, la UGT, la CNT, Izquierda Republicana, Unión Republicana y el Partido Sindicalista la conformaron. Estaría presidida por José Miaja Menant, militar profesional de probada lealtad republicana. Al frente de las tropas que defenderían Madrid estaría Vicente Rojo Lluch, uno de los militares más brillantes de la Guerra Civil. Su capacidad para organizar esa defensa y de posteriores, le valió el ascenso a general en 1937. Su libro Así fue la defensa de Madrid muestra a la perfección su participación en la defensa de la capital de España.
            Junto ellos actuaron otros militares, algunos procedentes de milicias, como Enrique Lister, Adolfo Prada, José María Galán, Carlos Romero, Luis Barceló, Antonio Escobar o Cipriano Mera. A ellos se uniría más tarde la columna Durruti, procedente de Aragón. Pero en la defensa de Madrid hicieron aparición las primeras unidades de la Brigadas Internacionales, el cuerpo de voluntarios extranjeros que habían venido a socorrer a la República. Los nombres de Emilio Kleber, Paul Lukacs o Hans Beimler comenzaron a hacerse famosos en Madrid. Las memorias de la época recuerdan como aquello militantes extranjeros llegaban a Madrid y desfilaban con la única idea de combatir al fascismo como la lucha de sus propios países.
            Estas fuerzas se dispusieron en todos en los lugares estratégicos de la ciudad para frenar el avance sublevado. Junto a ellos el pueblo de Madrid que colaboró en esa resistencia. Hombres, mujeres e incluso niños cavaban trincheras y pertrechaban la defensa. La trinchera de la República era Madrid. Madrid era la trinchera donde se jugaba la suerte del antifascismo mundial.
            Frente a ellos los militares sublevados. Mola, Franco, Ben Mizzian, Moscardó, Varela, Cabanillas, Castejón, etc. Unas fuerzas que eran muy superiores y estaban apoyadas por los fascistas italianos y los nazis alemanes. Parecía que Madrid no podría resistir mucho.
            Pero a veces la casualidad también juega en la Historia. Y la casualidad quiso que los planes de la toma de la ciudad cayeran en manos de esa Junta de Madrid al ser interceptado un militar sublevado que las llevaba encima. Eso permitió a establecer un plan de defensa. Lo que iba a ser un paseo militar de los sublevados se estaba convirtiendo en una tenaz resistencia. Franco no iba a tomar la capital. Los enfrentamientos hicieron que el anarquista Buenaventura Durruti se desplazase con sus unidades milicianas del frente de Aragón a Madrid. Probablemente Aragón era más estratégico, pero para Durruti si caía Madrid la guerra estaba perdida. La Columna Durruti se unió a las Brigadas Mixtas del Ejército Popular de la República en formación, a las unidades milicianas de Madrid encabezadas por los sindicatos obreros y las Brigadas Internacionales. En esa lucha Durruti perdió la vida en los combates en la Ciudad Universitaria, siendo su muerte aun hoy un misterio.
            En medio de toda la lucha, se produjeron acontecimientos en el interior de Madrid que mancharon la imagen de la República. Esa Quinta Columna de la que hablaba Mola actuaba en la capital. Fue una de las razones por la que se produjeron, sin competencia gubernamental, las sacas de las prisiones madrileñas que acabaron en los fusilamientos de Paracuellos del Jarama. Una cuestión aplacada por el gobierno de la República, en la figura de su Ministro de Justicia Juan García Oliver, y de la designación del anarquista Melchor Rodríguez García, que frenó las sacas de las prisiones y puso fin a la represión en la retaguardia republicana. La República era garantista y se hizo valer su legislación aun en tiempos de guerra.
            La defensa de Madrid se hizo barrio a barrio, calle a calle, casa a casa. La única idea que tenía el pueblo madrileño era no ceder. La Defensa de Madrid fue el foco de todos los medios nacionales y extranjeros. Corresponsales de guerra extranjeros plasmaron en sus crónicas aquellos días: Geoffrey Cox, Louis Fischer, William Forrest, Mijail Koltsov, Ilsa Kulcsar, Martha Gellhorn, Jay Allen, Herbert Matthews, etc. La Defensa de Madrid fue también narrada por los cronistas de guerra de los distintos periódicos. Aquí los comunistas y los anarquistas destacaron por encima del resto. Por parte de los comunistas habría que destacar a Jesús Izcaray, Clemente Cimorra, Mariano Perla o Eduardo de Ontañón. Por los anarquistas a José María Zambruno “Nobruzán”. Pero por encima de todos emerge la figura de Mauro Bajatierra Morán. Anarquista y cronista de guerra del periódico CNT, sus crónicas son una combinación de dramatismo y humor, que al leerlas se siente la cercanía del autor con el entorno de guerra. Bajatierra y “sus muchachos”, se hicieron populares durante todo el conflicto. Todas estas crónicas nos muestran a un pueblo heroico, confluyendo la historia como tal con hechos magnificados para elevar la moral del combatiente. La propaganda como vehículo de importancia en la guerra.
            En definitiva Madrid resistió. No cejó en su empeño Franco en tomarla, y volvería a carga por maniobras alrededor de la capital que también fueron fallidas, como la Batalla de Guadalajara como primera derrota del fascismo internacional. O someter a la ciudad a duros bombardeos que provocaron centenares de víctimas. Madrid resistió toda la guerra y solo al final, exhausta, no pudo resistir más. El final de la guerra en Madrid es todo un acontecimiento que merece un artículo independiente.

            Las jornadas de noviembre en Madrid y la resistencia de la ciudad para la causa republicana fueron factibles por un combinado de diversas actuaciones. Pero en lo que coinciden todos los protagonistas de aquellos acontecimientos es en la actitud mostrada por el pueblo de Madrid frente a los ataques de los sublevados. El pueblo madrileño logró que los sublevados no pasasen a la capital. Y ese Madrid fue el reflejo para el antifascismo mundial que veía que su suerte era la suerte del mundo.

lunes, 24 de octubre de 2016

¡VIVA LA ESCUELA MODERNA!

Artículo publicado en la edición digital del periódico Diagonal

El 13 de octubre de 1909 era fusilado en los fosos del castillo de Montjuich el pedagogo libertario Francisco Ferrer Guardia. Había sido acusado, juzgado y condenado por haber sido instigador de los sucesos ocurridos en Barcelona entre el 26 de julio y el 2 de agosto de ese mismo, en lo que se conoció como la Semana Trágica de Barcelona. No era la primera vez que Ferrer se enfrentaba a un tribunal acusado de algo que no había cometido. La diferencia con las anteriores ocasiones fue que en octubre de 1909 el objetivo se cumplió: fusilar a Ferrer.
            ¿Pero quién era ese Ferrer Guardia que tanto odiaban algunos sectores de la sociedad española? ¿Qué había hecho Ferrer para que su destino fuese los fosos del temido castillo de Montjuich?

Un pedagogo al servicio del pueblo

            Francisco Ferrer Guardia había nacido en el pueblo de Alella el 14 de enero de 1859. Miembro de una familia de campesinos acomodados y católicos, Ferrer no tuvo toda la formación que hubiese querido. Además, imbuido de ideas de unos de sus maestros, poco a poco fue adquiriendo una conciencia republicana y anticlerical.
            Se traslado siendo adolescente a Barcelona donde comenzó a trabajar. Allí Ferrer fue acercándose al pensamiento republicano de Manuel Ruiz Zorrilla, partidario de una estrategia insurreccional que tumbase el trono a Alfonso XII y sus sucesores. Fueron las razones por las que Ferrer Guardia apoyó en 1884 el levantamiento republicano de Santa Coloma del Farnés, así como la intentona del general Villacampa.
            Aunque muy próximo a Ruiz Zorrilla, Ferrer fue interesándose cada vez más por las corrientes de renovación pedagógica de la época y por el librepensamiento, lo que le hizo entrar en contacto con el anarquismo. El movimiento libertario era un hervidero de renovación en el ámbito educativo. Muchos de sus integrantes se preocuparon desde muy pronto por la educación e instrucción de los hijos de la clase obrera. En distintos centros de cultura libertaria, se fueron inaugurando escuelas y clases de alfabetización con la idea de contraponer la educación y cultura burguesa una educación basada en los principios básicos del anarquismo. No sin polémica ni debates internos, los anarquistas fueron inaugurando iniciativas, llegando incluso a fundar escuelas laicas o estar en la órbita de iniciativas laicistas donde también participaban republicanos avanzados. Ferrer se vio envuelto en ese proceso.
            Debido a sus problemas de pareja, en los que su primera casi acaba con la vida de Ferrer, termina con la separación de ambos y la marcha de él a Europa. En Francia, Ferrer  conoce de primera mano las corrientes pedagógicas de renovación, los jardines de infancia, etc. Pero sobre todo le influencia el método pedagógico de Paul Robin ha desarrollado en el Orfelinato de Cempuis o las corrientes pedagógicas que Charles Malato o Jean Grave defienden en sus obras. Estas iniciativas comienzan a hacer pensar a Ferrer en fundar una escuela en cuanto vuelva a España.
            Gracias a una herencia recibida, Ferrer regresa a España y en agosto de 1901 fundó la Escuela Moderna en Barcelona, con domicilio en la calle Bailén de la ciudad. Un proyecto basado en la pedagogía racional y libertaria que no dejó indiferente a nadie.

La pedagogía de la Escuela Moderna

            A través de la Escuela Moderna, Ferrer intentó desarrollar un modelo de pedagogía basado en la coeducación de sexos, la enseñanza al aire libre, el profesor como instructor pero nunca como portador de la verdad absoluta, tener a la ciencia como eje básico de la enseñanza y sacar la religión de todo el ámbito educativo. La tarea de los integrantes de la Escuela Moderna fue mostrar a través de los principios racionales las desigualdades sociales e instruir a los niños y niñas en valores de libertad, igualdad y fraternidad. Una educación que defendía al movimiento obrero y de la que el movimiento obrero se valía de ella.
            La Escuela Moderna tuvo instalaciones adaptadas a su método pedagógico y fundó una editorial en la que publicó los textos más avanzados de la época. Alrededor del proyecto de Ferrer se unieron otros libertarios, librepensadores y republicanos de época. Anselmo Lorenzo, uno de los fundadores de la Primera Internacional en España y firme partidario de la educación racionalista, fue uno de sus más firmes defensores. Pero también otras personalidades de la época como Odón de Buen, uno de los mejores naturalistas del momento, o el apoyo de personalidades como Santiago Ramón y Cajal, Luis Bulfi, Andrés Martínez Vargas, etc. La Escuela Moderna era la plasmación de una trayectoria de pedagogía impulsada por el anarquismo español que partía desde los orígenes de la Primera Internacional y que tuvo otros representantes de interés como José Sánchez Rosa.
            Era de suponer que esta iniciativa, tan alejada de los cánones pedagógicos de una Iglesia católica que controlaba la educación en todos sus niveles, no iba a ser bien recibido. Desde el primer momento, la Escuela Moderna de Ferrer como muchos otros proyectos pedagógicos de la época basados en el laicismo, sufrieron duros ataques por parte de la Iglesia. En numerosas ocasiones la Escuela Moderna se vio clausurada por orden gubernativa. Pero siempre acababa reiniciando sus clases.
            El punto de no retorno para el proyecto se produjo en mayo de 1906. El último día de ese mes, el anarquista Mateo Morral lanzó un ramo de flores con una bomba camuflada contra el cortejo nupcial de Alfonso XIII en la calle Mayor de Madrid. La bomba causó 23 víctimas, y pocos días después aparecía muerto Mateo Morral. La versión oficial decía que se había suicidado pero recientes investigaciones aseguran que fue asesinado.
            Sea como fuere, Mateo Morral había trabajado como bibliotecario en la Escuela Moderna de Ferrer. Hecho que resultó determinante para la detención de Ferrer y la clausura de la Escuela Moderna. Por dicho atentado también fue detenido el periodista José Nakens, fundador de El Motín y que se le acusó de dar cobijo a Morral. Aunque el juicio contra Ferrer, Nakens y otros acabó con su absolución, la Escuela Moderna no volvió a abrir sus puertas a los alumnos. Solo la editorial continuó con el proyecto.

El golpe de gracia. La Semana Trágica de julio de 1909

            Ferrer, una vez liberado, siguió con su tarea pedagógica y trabajando en al frente de su editorial, con la idea de que la Escuela Moderna debía abrir sus puertas.
            Era un momento tenso en la historia de España. El gobierno de Antonio Maura mantenía un pulso en las colonias marroquíes. Las noticias del desastre en el Barranco del Lobo el 27 de julio de 1909 donde perdieron la vida decenas de soldados españoles y cientos de heridos, hicieron tomar al gobierno la decisión de movilizar a los reservistas. Una decisión que fue respondida por el movimiento obrero en Barcelona, representado por anarquistas y socialistas afiliados a Solidaridad Obrera y el PSOE, con la convocatoria de una huelga general contra la movilización.
            En las tablas reivindicativas de los obreros se encontraban sus peticiones laborales y sociales. En ningún momento el Comité de Huelga, representado por el sindicalista Miguel V. Miranda de Solidaridad Obrera, por Francisco Miranda en representación de los grupos anarquistas y por el socialista Antonio Fabra Ribas, se abordó el tema religioso. Sin embargo, masas de gente se lanzó contra edificios religiosos de la ciudad, en lo que algunos autores han visto la influencia de Alejandro Lerroux y su Partido Radical, que no eran convocantes de la huelga.
            Durante una semana, hubo enfrentamientos en Barcelona entre las fuerzas del orden público y los huelguistas, que se vieron aumentados cuando los soldados iban embarcando en el puerto de Barcelona hacia Marruecos. Al final las autoridades controlaron la situación y comenzó una política represiva contra los huelguistas que acabó en consejos de guerra con fusilamientos. Los fusilados fueron: José Miguel Baró, un republicano fusilado el 17 de agosto; Antonio Malet Pujol, lerrouxista fusilado el 13 de septiembre; Clemente García, un joven discapacitado psíquico acusado de bailar con la momia de una monja en la calle; Eugenio del Hoyo, un ex guardia civil acusado de promover los altercados.  
            Pero faltaba el premio gordo. Las autoridades comenzaron a acusar a Ferrer como instigador de los sucesos. Se condenaba su pedagogía, desde las páginas de los periódicos católicos, como perversa. Se acusaba a Ferrer de envenenar a la infancia y la juventud en el anticlericalismo violento. Las acusaciones de instigación no fueron probadas porque difícilmente Ferrer fue instigador de nada. Además, en los días del suceso el no estaba en Barcelona y no participó en ninguna movilización.
            A pesar de todo, el juicio político contra Ferrer se consumó. Una oleada de protestas en España y en todo el mundo se alzó en la defensa de Ferrer y en la acusación de una neo inquisición en España. Personalidad de primer orden internacional como Anatole France, William Archer, Piort Kropotkin, George Bernard Shaw, Arthur Conan Doyle, H.G. Wells, etc, pidieron por la inocencia de Ferrer.
            Pero la suerte del pedagogo estaba echada. El 13 de octubre de 1909 era fusilado en Montjuich, donde años antes lo habían sido otros libertarios y donde años después también lo serían otros.
            Con Ferrer fusilado la indignación creció. Antonio Maura se vio obligado a dimitir y Alfonso XIII fue expulsado de la Academia de las Ciencias de París. Sin embargo, sectores eclesiásticos y conservadores celebraron la muerte de Ferrer.
            Pero en el interior del movimiento obrero, las ideas pedagógicas de Ferrer fueron el inicio del desarrollo de toda una pedagogía que pusieron en práctica los anarquistas y que, incluso, se basó parte de la legislación educativa de la Segunda República.
            Hoy la tumba de Ferrer se puede visitar en el cementerio de Montjuich, junto a las de Ascaso y Durruti, y en Bruselas se honra con una estatua al librepensamiento.

viernes, 23 de septiembre de 2016

“Yo he actuado como un anarquista” Melchor Rodríguez. El ejemplo del anarquismo humanista

Artículo publicado en la revista digital Frontera D

11 de mayo de 1940. Segundo Consejo de Guerra al que se enfrentó Melchor Rodríguez en pocos meses. Ese día, tras toda la lectura del pliego de acusaciones (detención del ex ministro Salazar Alonso por parte del grupo de Melchor Rodríguez y que acabó con la muerte de este en prisión o el de la detención de los hermanos González Amezúa), cuando el presidente el Tribunal García Marcí, dice si alguien en la sala tiene que decir algo más, alguien se levanta y dice “-Yo”. Es Agustín Muñoz Grandes. Uno de los militares golpistas, preso en la retaguardia republicana y que tras la Guerra Civil dinamizó la División Azul que fue a ayudar a Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Muñoz Grandes le debe la vida a Melchor Rodríguez y ese día entregó un pliego de 2000 firmas al Tribunal amparando la actuación de Melchor en la retaguardia republicana. Allí le denominan el Ángel rojo, como le conocía muchas personalidades del régimen franquista. Pero Melchor, en su turno de descargo, dice lo siguiente:
“Con su permiso, yo no soy cristiano, soy anarquista. Siempre creí que hacía lo correcto. Cumplí con el deber que la República me había encomendado. Toda mi vida luché por la libertad, defendiendo los ideales anarquistas. También los defendí durante la guerra, cuando tenía bajo mi custodia a miles de hombres acusados de conspirar contra el régimen legal que existía en España. Si merecían castigo o no, no era yo quien debía aplicarlo, y sí los tribunales competentes, por ello y de acuerdo con mis propios ideales les traté con el respecto que para todos los anarquistas merecen todos los seres humanos. No digo esto para pediros clemencia, pues reafirmo una vez más mis ideales, y si para demostraros que la CNT y la FAI están integradas por hombres honrados, que si en los momentos de peligro responden a la violencia con violencia, saben ser humanos con el vencido. No voy a jurar por ningún dios, pero les doy mi palabra de honor de que jamás cometí un crimen ni ayuda a cometerlo”.
            Así se defendió Melchor Rodríguez, según testimonio de otro anarquista, Manuel Pérez, y rescatado por Alfonso Domingo en su libro El ángel rojo. La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano (Almuzara, Barcelona, 2010). A pesar de esta defensa, Melchor fue condenado a muerte, aunque su condena fue conmutada a 20 años, y al final pudo beneficiarse de la libertad condicional. Libertad condicionada, ya que posteriormente a esa fecha Melchor “visitó” más veces el presidio por su implicación en la reconstrucción del anarcosindicalismo en la clandestinidad. Y así hasta su muerte el 14 de febrero de 1972 en Madrid.

Un anarquista llamado Melchor Rodríguez

            El movimiento anarquista introdujo en su entorno una cuestión fundamental para entender su triunfo social entre la clase obrera: el pragmatismo. Los libertarios, al impulsar sus sindicatos y organizaciones, fueron pragmáticos. Trabajaron en un entorno obrero y dieron respuestas que fueron convincentes para esa clase obrera. De no haber sido así, el anarquismo no habría pasado de ser una anécdota en la historia de España. Un movimiento que no solo intervino en la política del momento con sus propias herramientas, sino que creo todo un espacio de sociabilidad y de cultura que le convirtió justo en lo que quería ser: una alternativa al sistema económico capitalista. De hecho el anarquismo nació como respuesta a ese industrialismo y capitalismo que consideraron lesivo para la humanidad.
            Un movimiento tan amplio, tan ecléctico en muchas cuestiones, dio muchos militantes. Y algunos de ellos destacaron por su implicación, por sus acciones o por sus escritos. Y dentro de esos militantes cabría inscribir la figura de Melchor Rodríguez García.

Azarosos inicios

            Melchor Rodríguez nació en el sevillano barrio de Triana el 30 de mayo de 1893 en seno de una familia obrera y humilde. Quizá la historia de Melchor habría sido otra si hubiese triunfado en el medio donde comenzó a dar algunos pasos: el toreo. Incluso tiene referencia en la enciclopedia taurina de José María de Cossío. No era inusual en la época encontrar a hijos de clase obrera que buscaban suerte como maletillas. Cabe recordar a aquí que el poeta Federico García Lorca fue fusilado en agosto de 1936 junto a un maestro y dos banderilleros anarquistas.
            Sin embargo, el mundo del toreo no era fácil para quienes no tuvieran  posibles o  padrinos que apostaran por ello. Además tuvo una grave cogida que le apartó definitivamente de las plazas de toros. Melchor, que se quedó muy pronto huérfano de padre, le tocó trabajar duro para poder ayudar a su humilde familia (su madre era cigarrera). Trabajando de calderero llevaba un jornal a casa. Y fue en el mundo obrero donde llegó a su conocimiento las ideas que serían el leiv motiv de su vida: el anarquismo.

Madrid. Corazón de España

            Muy pronto Melchor se hizo sindicalista. Lo hizo en un momento clave en la historia del movimiento obrero español. Los ecos de la revolución que había triunfado en Rusia, hizo que el movimiento obrero cogiese fuerza e influencia. El ciclo huelguístico que se abrió en 1917, con el histórico pacto entre la CNT y la UGT, llevó a más de un triunfo de los trabajadores sobre la patronal. El más importante, el producido tras la huelga de la Canadiense en 1919, que desplazó a una delegación de la CNT a negociar y aprobar la reivindicación histórica de las 8 horas de trabajo. Un creciente poder del movimiento obrero que conllevó una reacción patronal violenta, inaugurándose los oscuros años del pistolerismo.
            En ese contexto Melchor Rodríguez se trasladó a Madrid. La capital de España también había sido protagonista de la movilización obrera. Mauro Bajatierra, panadero y periodista anarquista madrileño, dejó todo lujo de detalles de la movilización de agosto de 1917 en Madrid en su obra Desde las barricadas. Una semana de revolución en España. Las jornadas de Madrid de agosto de 1917. A ese Madrid movilizado llegó Melchor en 1921. El anarquismo madrileño era entonces embrionario. Contaba con la existencia del Ateneo Sindicalista, base de la futura CNT, y el Centro de Estudios Sociales. La figura por antonomasia de ese anarquismo era el ya citado Mauro Bajatierra. La CNT aun no había desarrollado sus estructuras, lo que hizo que la inmensa mayoría de los trabajadores se afiliasen a las sociedades obreras de la UGT. Lo hicieron por conciencia de clase, porque creían que sus intereses tenían que estar defendidos por los sindicatos obreros. La dinámica interna, que estos anarquistas dieron a las distintas sociedades obreras, intentó cambiar el rumbo, sin conseguirlo, de una organización muy anejada al Partido Socialista, rivales políticos de los anarquistas.
            Melchor se afilió a la sociedad obrera de la UGT de su oficio. Como lo estaba Bajatierra. Como lo estaba Cipriano Mera. Pero cuando estos militantes vieron que sus ideas eran más influyentes y en su sector se movía un modelo de organización obrera diferente al de la UGT, se lanzaron a la fundación y desarrollo de los sindicatos únicos de la central anarcosindicalista. Melchor Rodríguez fue uno de los fundadores de la CNT madrileña. Y será uno de sus grandes dinamizadores.
            Así será como Melchor Rodríguez se fue ganando fama de sindicalista. Un sindicalista que defiende a los trabajadores y que es detenido, de forma intermitente por ello. Muy pronto el joven Melchor sabe lo que era estar en prisión. Pero Melchor Rodríguez no se quedaba solo en el campo sindical. Los trabajadores tenían que adquirir conciencia de clase y defender sus derechos. Pero también necesitaban ideas para combatir al capitalismo. Y esa idea, para Melchor, no podía ser otra que el anarquismo. Por eso, junto a su militancia sindical, participó también de la fundación de grupos específicos anarquistas que agitasen las ideas libertarias entre los trabajadores y la población. Por eso, Melchor Rodríguez fue, junto a personajes como Tomás Cano Ruiz, José Alberola, Manuel Buenacasa, Eleuterio Quintanilla o el omnipresente Mauro Bajatierra, uno de los fundadores de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en 1927. Una organización cuya leyenda negra (injusta) ha desfigurado su verdadera importancia en el campo político y social. Melchor fue uno de los impulsores, integrantes y dinamizadores.
            Así es como su traslado a Madrid terminó por completar la formación de un Melchor Rodríguez anarquista, que sería fundamental la historia del anarquismo madrileño.

La República. Madrid y el anarquismo

            La llegada de la República a España el 14 de abril de 1931 no fue casual. Ni siquiera producto de unas simples elecciones municipales. Durante años la oposición a la dictadura de Primo de Rivera y, por extensión, a la monarquía de Alfonso XIII que la había posibilitado, generaron un estado de opinión en la población española que desembocó en un cambio de estructuras políticas y de forma de Estado. Y los anarquistas no fueron ajenos a ese cambio. Por el contrario, intentaron a veces en solitario y la mayoría de las ocasiones en coalición, llegar a inteligencias con la oposición republicana para dar un cambio de rumbo a España.
            Melchor Rodríguez participó de esa movilización. Sus escritos así lo avalan. Cuando en 1930 la extrema izquierda republicana fundó en Madrid el periódico La Tierra, Melchor Rodríguez, junto a otros anarquistas, fue una de sus plumas más cotizadas. Esto no quiere decir que La Tierra fuese un periódico anarquista (era republicano) ni que Melchor fuese republicano (era anarquista). Pero en aquel momento existía un interesante grupo en Madrid que se movía en los márgenes del republicanismo y del anarquismo, que fueron voceros de una izquierda crítica que no iba a dar un cheque en blanco a la República. Los anarquistas, que carecían entonces de un medio de comunicación propio en Madrid (hasta la fundación del periódico CNT en 1932), vieron en La Tierra el medio que posibilitaba que sus ideas quedaran plasmadas en la sociedad. Allí Melchor coincidió con la flor y nata de la intelectualidad republicana del momento: Salvador Cánovas Cervantes, Eduardo de Guzmán, Salvador Sediles, Emilio Balbontín, César Falcón, etc.
            Pero también Melchor, como anarquista, participó y trabajó por el desarrollo del movimiento libertario en Madrid. En el congreso del Teatro Conservatorio (hoy María Guerrero), estuvo con las figuras más importantes del movimiento libertario del momento: Ángel Pestaña (que fue elegido Secretario General de la CNT), Juan Peiró (director de Solidaridad Obrera), Valeriano Orobón Fernández, Manuel Buenacasa, Cipriano Mera, los González Inestal, etc. Allí también estuvieron Durruti, Ascaso, García Oliver, Montseny, etc. Incluso coincidió con figuras anarquistas de primer orden internacional como Agustín Souchy o Rudolf Rocker.
            Y es que el anarquismo madrileño fue muy peculiar y, quizá, paradigmático de lo que fue anarquismo en general. Mientras en Cataluña, Valencia o Aragón, el movimiento libertario era hegemónico, en Madrid le tocó competir con los socialistas en el desarrollo del movimiento obrero. Y la actividad de muchos de sus sindicatos y grupos específicos de la FAI le llevó a tener una influencia nada desdeñable, llegando a arrebatar a la UGT la hegemonía en sectores clave como la construcción o la gastronomía.
            Melchor Rodríguez fue uno de los protagonistas de todo aquello. Desde la CNT dinamizó y participó en distintas luchas obreras, que le llevó en más de una ocasión a prisión. Denunció desde las páginas de La Tierra políticas que llevaba a cabo el gobierno republicano-socialista y que, a su juicio, eran lesivas para el desarrollo de la clase obrera. Muy característico fue su enfrentamiento con Ángel Galarza, diputado radical-socialista y Director General de Prisiones. Melchor denunciaba que la política represiva de la República era inadmisible y que el delito de prensa seguía vigente y era incompatible con la democracia.
            Melchor Rodríguez fue en esos años uno de los impulsores del grupo anarquista de la FAI “Los Libertos”. Lejos de esa visión del “pistolero anarquista” que se ha intentado trasmitir en la historiografía, los faístas se enzarzaron en debates sobre la conveniencia de acuerdo o no con los socialistas para desencadenar un proceso revolucionario en España. Sobre todo una vez que el gobierno republicano-socialista perdió las elecciones frente a la derecha de la CEDA y el Partido Republicano Radical de Lerroux. Esta victoria electoral de la derecha en noviembre de 1933 fue tomada por los anarquistas como una antesala del mismo fascismo que había triunfado en Italia y que comenzaba a dar sus primeros pasos en Alemania. Melchor y “Los Libertos”, así como el grupo “Los Intransigentes”, eran partidarios de llegar a una inteligencia con los socialistas. Para otros grupos de la FAI madrileña, los socialistas tenían una carga muy negativa como para llegar a acuerdos con ellos.
            En ese contexto, con una conflictividad obrera en Madrid que estaba llevando a la CNT a tener posiciones cada vez más poderosas frente a su rival UGT, donde la política de los Jurados Mixtos, tan criticados por Melchor Rodríguez, se derrumbaba y se imponía la acción directa incluso en algunas sociedades obreras de la UGT, estalló la huelga general de octubre de 1934, cuyo fracaso llevó a la cárcel a muchos militantes libertario. Melchor Rodríguez, que había sufrido mucha prisión, se erigió en defensor de los presos. Cuestión que le llevó incluso a negociar con el Ministro de la Gobernación, el radical Eloy Vaquero, la libertad de algunos de esos presos. Consiguió la libertad de 250, pero la acción de Melchor no fue bien vista por algunos sectores del movimiento libertario madrileño que apartaron a Melchor, y a su inseparable amigo Celedonio Pérez, de la FAI durante unos meses. Esa sensibilidad de Melchor por el derecho de los presos le acompañará toda su vida.
            A pesar de la represión tras la huelga de octubre, el movimiento libertario siguió siendo muy influyente en Madrid y Melchor era uno de sus protagonistas. Siguió trabajando por el desarrollo de la CNT y en enero de 1936 se reintegró a la FAI. Un momento crucial, pues el anarcosindicalismo debatió y aprobó la conveniencia del pacto con la UGT para plantar batalla al capitalismo y como mecanismo de autodefensa ante lo que consideraban el avance del fascismo. Así quedó aprobado en el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936.
            Para aquellas fechas, Melchor Rodríguez era ya una figura fundamental del sindicalismo y del anarquismo madrileño.
La Guerra Civil. La humanidad en la barbarie

            El 18 de julio de 1936 un grupo de militares y de civiles se levantaron en armas contra la legalidad republicana. Ese golpe de Estado, organizado de antemano por personalidades de la derecha monárquica y que venía fraguándose entre determinados militares desde el mismo día que se proclamó la República, provocó una Guerra Civil que duró tres años.
            En Madrid, los sublevados del cuartel de la Montaña fueron vencidos por la labor que las organizaciones obreras desempeñaron en la resistencia. El movimiento obrero, que hasta entonces era un organismo de resistencia, se convertía desde ese instante en un organismo de gestión.
            Sin embargo las pasiones que se desataron aquellos primeros momentos, de aquella represión en caliente que aconteció en la retaguardia republicana, hizo que muchos integrantes de esas organizaciones obreras se pusiesen en guardia contra los abusos. Desde los periódicos, los grupos y los sindicatos se hicieron llamamientos al orden, a poner fin a los abusos de algunos. En Barcelona se realizaron actos contundentes, como fue el caso de Gardeñas. En Madrid, la figura de Melchor Rodríguez se levantó por encima del resto.
            Y es que poco a poco la República fue restituyendo el orden. Se comenzaron a desarrollar los Tribunales revolucionarios, garantistas, para frenar cualquier tipo de abuso. Las prisiones de partido fueron clausuradas en noviembre de 1936 (eso que la historiografía franquista ha llamado “checas” y que ha hecho fortuna, cuando en realidad no eran “checas”). Mientras el terror se imponía en la retaguardia de los sublevados, el orden se reorganizaba en la republicana.
            Sin embargo, el asedio a Madrid provocó uno de los hechos más negros de la República en guerra. La única matanza masiva en la misma se llevó a cabo en el mes de noviembre por mediación de sacas de presos, bajo la excusa de traslado, que eran conducidos, de forma extraoficial, a la zona de Paracuellos del Jarama donde eran ejecutados. Integrantes de la Junta de Defensa de Madrid y de la Dirección General de Seguridad estaban al tanto de ello. Melchor Rodríguez, que había sufrido la represión y la cárcel, no podía aguantar como se violentaba la libertad y se ponía en peligro a la República. Ya había protegido, de forma individual, a personalidades de la derecha que corrían el peligro de poder ser asesinadas. Pero en ese momento fue nombrado, por su compañero anarquista Juan García Oliver, Director General de Prisiones. La llegada de Melchor puso fin a las sacas y a las matanzas de Paracuellos del Jarama. Melchor prohibió el traslado de ningún preso entre las 20:00 y las 8:00. Se encargó personalmente de saber que los contingentes que salían de las prisiones madrileñas llegaban a su destino. Evitó, jugándose la vida, una matanza en la prisión de Alcalá de Henares cuando la ciudad fue duramente bombardeada por la aviación de los sublevados. Para Melchor aquellos presos tenían derechos. Melchor actuó como un anarquista y cumplió con lo que tenía que hacer un Director General de Prisiones de la República. Esto le llevó a enfrentamientos con aquellos que desde la misma trinchera de defensa de la legalidad, vio en los gestos de Melchor un favor a la causa sublevada. Sus enfrentamientos con el comunista José Cazorla fueron famosos.
            Melchor hizo cumplir la ley y ya no hubo matanzas en las prisiones republicanas. Cuando salió de la Dirección General de Prisiones, siguió trabajando por los derechos de los presos. Quizá Melchor pecó de exceso de bondad y confianza. Mucha gente de su círculo íntimo le iba a traicionar cuando la Guerra estaba acabando. Su compañero y amigo Celedonio se lo advirtió y ya le dijo que algunos de su entorno eran de la Quinta Columna. Pero Melchor no se lo creyó. Se equivocó. Tras el golpe de Casado, Melchor tuvo un importante cargo de confianza al frente del Ayuntamiento de Madrid, que le llevó a ser el último alcalde la ciudad cuando las tropas franquistas entraban en la capital. Fue, junto con Julián Besteiro, una de las pocas personalidades de la legalidad republicana que permaneció en la ciudad.
            A pesar de los esfuerzos, del cumplimiento del deber en sus cargos, de llevar sus ideas a todos los lugares, Melchor era uno más de los derrotados. Comenzaba la dictadura.

La larga noche de la dictadura

            Melchor cumplió su deber y eso le costó caro. Para el franquismo no había piedad con los vencidos. El 13 de abril de 1939, tras un homenaje a uno de los hermanos Álvarez Quintero, en el que Melchor participó por la amistad que le unía a ellos, fue detenido y encarcelado. Se le acusó de participar en la detención y muerte del ex ministro Rafael Salazar Alonso así como de los hermanos González Amezúa. Se le condenó a muerte y se le comentó la pena, tal se explicaba al inicio de este artículo.
            Pero aquella España oscura y gris del franquismo, una España de represión y miedo, no podían paralizar la actividad de Melchor. Se implicó en la reconstrucción de las organizaciones libertarias. Apoyó sin dilación la oposición antifranquista. Y eso que, al igual que a Juan Peiró, le ofrecieron participar de los sindicatos franquistas. Melchor lo rechazó. Eran sus enemigos ideológicos. Y él era un anarquista integral. Y volvió muchas veces a la cárcel por su oposición a la dictadura. Nunca quiso el favor de nadie y siguió trabajando como agente de seguros. Pero también Melchor era un artista y escribió poemas, canciones y coplas.
            Fue polémica la medalla que Bobby Deglané, una de las personas que Melchor salvó la vida, le dio en su programa “Cantar las 40”en 1964. Melchor aceptó la medalla y aprovechó para dar un discurso de reafirmación anarquista, de reafirmación de su cometido al frente de la Dirección General de Prisiones y de su ideario libertario. En la puerta de la casa de Melchor siempre hubo una bandera rojinegra que ponía “Melchor Rodríguez. Título de honor: persona decente.”.
            Melchor vivió y murió siendo un anarquista. El 14 de febrero de 1972 se apagó su vida. Sus compañeros anarquistas acompañaron el féretro hasta el Sacramental de San Justo, donde encontró un nicho para su cuerpo. Allí fue enterrado con bandera rojinegra. Pero allí también fueron algunos de sus enemigos ideológicos a los que salvó la vida por cumplir con su deber. También quisieron darle su último adiós.

Recuperar a Melchor

            Una vez abordada la figura de Melchor Rodríguez y lo que significó para la historia reciente de España, conviene hacer un merecido reconocimiento a la trayectoria de quien más ha hecho por recuperar la vida de Melchor: Alfonso Domingo.
            Alfonso Domingo es algo más que un periodista, documentalista y escritor. Es un apasionado de su trabajo. Y eso se nota en el resultado de todas sus investigaciones. Porque cuando le pones cariño y empeño a algo el resultado suele ser excelente. Y ese es el bagaje de Alfonso. Y a todo esto le une ser un gran profesional, lo que hace que la calidad de sus trabajos sea muy alta.
            Igualmente, Alfonso Domingo es alguien preocupado por recuperar la historia más reciente de nuestro país. Y lo hace de una forma valiente, quizá algo adquirido por haber sido corresponsal de guerra.
            Entre los libros que Alfonso ha trabajado la temática de la recuperación histórica, destacaría El canto del búho: la vida en el monte de la guerrilla antifranquista, Historia de los españoles en la II Guerra Mundial, El enigma de Tina (historia de la actriz Tina de Jarque y su ‘desaparición’ durante la Guerra Civil española) o su La balada de Billy el Niño. Pero Alfonso no se ha parado solo en la literatura. Su pasión por el documental le ha llevado a realizar algunos como Almas sin fronteras sobre la Brigada Lincoln, La memoria recobrada sobre la memoria histórica, Bajo todas las banderas sobre los españoles en la Segunda Guerra Mundial o Héroes invisibles. Afroamericanos en la Guerra de España, un interesante documental donde completa sus estudios sobre la Brigada Lincoln y sobre los negros que estuvieron en ella combatiendo en España.
            Esta incansable actividad le ha llevado a realizar dos magníficos trabajos sobre el personaje que hoy nos centramos: Melchor Rodríguez. A nivel bibliográfico su obra de 2010 ya citada: El ángel rojo. La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano. Una amplísima y trabajada biografía a nivel documental, que sacó del cajón del olvido a este personaje. No contento con ello, se puso a trabajar en un documental que estrena ahora y que es de una enorme calidad: Melchor Rodríguez. El ángel rojo. Dos obras que hacen justicia con Melchor.
             El tesón y el buen trabajo de Alfonso no han sido únicos. Hay que citar también el empeño de la familia de este anarquista. Porque Melchor volvió a la escena, nunca mejor dicho, cuando su bisnieto, Rubén Buren, dramaturgo y escritor, llevó a escena la obra La entrega de Madrid, sobre los último días de la Guerra en la capital de la República y la actuación del Melchor Rodríguez al frente de la misma.
            Son todos buenos antecedentes para recuperar a Melchor.

Coda

            Melchor es una figura extraordinaria. Una de las muchas que dio el movimiento obrero y el anarquismo si bien ha trascendido su persona. Fue siempre un anarquista integral, de aquellos que nunca iban a renunciar a la CNT y a la FAI. Melchor hubiese dado su vida por el anarquismo (más de una vez se expuso) pero nunca habría matado por unas ideas que consideraba igualdad, libertad y armonía. Lo que hizo al frente de la Dirección General de Prisiones fue su deber como cargo de la República y como anarquista, que fueron sus ideas. Muy lejos de la visión que algunos han querido dar de un “quintacolumnista” (no lo fue y siempre combatió a sus enemigos) ni de la imagen que algunos de esos enemigos intentaron dar de él. Si algo detestaba Melchor era el fascismo que tuvo a España bajo bota militar durante tantos lustros.

            Era de justicia el trabajo que Alfonso Domingo ha hecho alrededor de Melchor. Era de justicia rescatar la memoria y la figura de un hombre decente.

viernes, 16 de septiembre de 2016

LA VUELTA DE TROTSKY A ESCENA

Artículo publicado en la edición digital del periódico Diagonal

La figura de León Trotsky (Lev Davidovich Bronstein, como se llamaba en realidad) ha sido recurrente. No solo porque el fundador del Ejército Rojo fuese una de figuras más representativas de la Revolución rusa de 1917 y de la Guerra Civil del mismo país entre 1918 y 1921. Tampoco porque sus escritos fuesen referencia para miles de militantes de la izquierda que constituyeron, con el paso de los años, el llamado trotskismo. Ni siquiera por sus actividades tanto antes como después de la Revolución, entre las que se encuentra su liderazgo en las purgas a la oposición revolucionaria a los bolcheviques tras la Revolución rusa (socialistas revolucionarios, anarquistas, majnovistas, Krosntadt, etc.)
            Trotsky pasa también a la historia porque fue el derrotado en la lucha por el poder en la Unión Soviética tras la muerte de Lenin. Stalin le ganó la partida y como derrotado Trotsky inició un exilio de persecución. En el interior de la URSS las distintas purgas fueron acabando paulatinamente con la oposición al estalinismo. Pero Trotsky fue el huido y Stalin siempre lo tuvo como una cuenta pendiente. Alma Ata, Turquía, Francia, Noruega y México fueron los destinos de exilio de Trotsky, permanentemente perseguido por los integrantes de la policía política de Stalin que querían acabar con su vida.
            A finales de 1936, León Trotsky llegó a México por mediación del presidente Lázaro Cárdenas. Es una etapa prolífica para Trotsky pues escriba una parte importante de su obra. También porque logró impulsar su movimiento político propio, la IV Internacional.
            Pero el tiempo no era propicio ya para Trotsky. Su movimiento, excepto en algunos lugares concretos, no pasó de testimonial. El ámbito internacional no le era favorable. La URSS era la referencia de los partidos comunistas. Y la maquinaria de propaganda del estalinismo dejaba en muy mal lugar al fundador del Ejército Rojo. Además es un momento donde el avance del fascismo cercenó en países como Alemania la posibilidad de surgimiento de un movimiento de oposición al estalinismo dentro del comunismo. En España, el trotskismo apenas tuvo influencia, ya que Andreu Nin (otra víctima del estalinismo) había abandonado sus tesis hacía tiempo y el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) nunca fue trotskista. Solo un pequeño grupo denominado Sección Bolchevique-Leninista de la IV Internacional, que no pasaba de unas decenas en Barcelona, se declaraba abiertamente trotskista. Incluso el que podía haber sido su paladín en España, Grandizo Munis, al final acabó también apartado del trotskismo. Los comunistas no estalinistas españoles consideraban que Trotsky no había sabido leer la realidad española. A ello se unió la virulencia con la que el PCE actuó contra estos grupos. Y también la victoria de Franco, que puso punto final a estos debates en el interior de España.
            Podemos decir que a la altura de 1939 el trotskismo no pasaba de algo testimonial y el propio Trotsky no era más que una figura representativa para pequeños grupos. Sin embargo era la cuenta pendiente de Stalin. Y el dirigente georgiano de la URSS no iba a parar hasta liquidar a su eterno enemigo (como había hecho con Kamenev, Zinoviev, Preobrazhensky, etc.). Para hacerlo, los servicios secretos soviéticos recurrieron a un español: Ramón Mercarder. Un comunista español, militante del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), que fue captado por la GPU soviética, trasladado a la URSS y entrenado durante meses con el propósito de infiltrarse en los círculos trostkistas para llegar hasta el líder revolucionario y liquidarlo. Mercader consiguió su objetivo. Se le cambió la identidad por la de Jacques Mornard, se infiltró en los círculos del trotskismo enamorando a una de las secretarias de Trotsky, Silvia Ageloff. Se ganó la confianza de mucha gente de su círculo haciéndose pasar por un empresario a la que nada le interesaba la política. Finalmente logró quedar a solas con Trotsky al que asesinó clavándole un piolet en la cabeza el 20 de agosto de 1940. Una historia rocambolesca que acabó con el objetivo de Stalin y que tuvo a un español como protagonista del acontecimiento.

El Elegido

            Estos días se ha estrenado la película hispano-mexicana El elegido (The chosen), que cuenta la historia de cómo Ramón Mercader es formado por los servicios secretos soviéticos para asesinar a Trotsky. La película reconstruye fielmente el proceso y el elenco de personajes que aparecen generan una trama que sabe enganchar al espectador. El persona de Ramón Mercader, interpretado por Alfonso Herrera, esta bien caracterizado. También el rol que desempeñó en esta trama Caridad Mercader (Caridad del Río), la madre de Ramón. Una mujer de la clase acomodada catalana que comenzó en la década de 1910 a frecuentar círculos libertarios hasta que se convirtió en una convencida comunista y dio todo por el Partido. También refleja muy bien el entramado de los servicios secretos soviéticos. Y la figura inocente y engañada de una enamorada Sylvia Ageloff que fue la persona que Mercader utilizó para llegar hasta Trostky.
            Es una película con ritmo y entretenida. También muy dura por momentos. Quizá tiene algunos inconvenientes. Los puntos negros que quedan en la evolución de Ramón Mercader, desde que sale del frente en la Guerra Civil española hasta que se planta, primero en Francia y luego en México, enamorando a Sylvia. Hay zonas oscuras que si no se conoce la historia de Mercader puede quedar deslavazada. También algunas ausencias. Por ejemplo la implicación directa de Laurentii Beria, máximo responsable de la GPU en el momento, en el proceso del asesinato de Trotsky. O también los personajes de Diego Ribera y Frida Kalho, próximos a Trotsky y que no aparecen en la película. Por el contrario, si que aparece la pintoresca figura del muralista y comunista David Alfaro Siqueiros, que si bien su grupo y su militancia en el Partido Comunista de México queda perfectamente reflejada, por momentos parece muy desdibujada.
            A pesar de algunos inconvenientes, propios de la dificultad de condesar una historia tan densa en una película, el film merece la pena ser visto por la veracidad que trasmite de este acontecimiento.

El recurrente asesinato de Trotsky

            La muerte de Trostky ha sido tratada en muchas de las biografías que se ha escrito del revolucionario ruso. Pero debido a la historia que hay detrás de ese asesinato, su muerte ha sido objetivo de libros y películas específicos que han precedido a la película de Antonio Chavarrías.
            Ya en 1972 el director Joseph Losey llevó a la gran pantalla la muerte del fundador del Ejército Rojo con la película El asesinato de Trotsky. Y lo hizo con un elenco de actores de primer nivel en la época: Richard Burton, Alain Delon o Romy Schneider. Sin embargo esta película no es por la que se pueda recordar al gran director Losey. Es evidente que la temática se le fue de las manos y la historia del asesinato de Trotsky quedó desdibujada. Por ejemplo, Ramón Mercader no aparece en toda la película y la trama es sensiblemente variada.
            A nivel documental, en 1996, José Luis López-Linares y Javier Rioyo, montaron un magnífico documental titulado Asaltar los cielos, donde se cuenta de forma pormenorizada la historia de Ramón Mercader. Desde sus orígenes hasta su muerte, tratando su figura pero también la época en la que le tocó vivir. La muerte de Trotsky es ampliamente trabajada con testimonios rescatados de la época por protagonistas y familiares tanto de Mercader como de Trotsky. Un documental que con el paso de los años no ha perdido calidad.
            A nivel bibliográfico, junto a las muchas biografías de Trotsky, cabría destacar el libro de Leonardo Padura El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2011). Un buen libro, bien escrito y bien trabajado sobre esta temática. De menor calidad, pero muy centrado y bien reconstruido el proceso del asesinato de Trotsky, destacaría la obra del periodista mexicano José Ramón Garmabella El grito de Trotsky. Ramón Mercader, el asesino de un mito (Debate, 2007). Una obra donde la parte histórica relacionada con la Revolución rusa y la Guerra Civil española es bastante mediocre, pero que la reconstrucción de los pasos de Mercader en México está perfectamente trabajada.


            Seguramente que Chavarría ha tenido todos estos precedente en cuenta para realizar El elegido, película recomendable por la temática y por el trabajo sobre la misma.

martes, 6 de septiembre de 2016

EN ALCALA DE HENARES EXPLOTÓ EL POLVORÍN

Alcalá de Henares. 6 de septiembre de 1947. La ciudad aprovecha los últimos días del verano y de su calor. Todavía sonaban los ecos de las recientes fiestas de la ciudad, finalizadas unos días antes. Alcalá, y España, vivía los duros años de plomo del franquismo. Ese verano había sido ducho en noticias. Había muerto Manolete. El toro Islero segaba su vida en al plaza de toros de Linares. Era uno de los temas de conversación. También el fútbol. El Valencia había ganado la Liga. Muy cerquita había quedado el Athletic de Bilbao y el Atlético Aviación, que ese año 1947 volvería a ser Atlético de Madrid.
            Pero otra noticia también azotaba la mente de los alcalaínos. El 18 de agosto de 1947, en Cádiz, unos depósitos de armas habían hecho explosión y habían asolado la ciudad. 150 fallecidos y 2000 heridos. Una tragedia para la Tacita de Plata. Y esa noticia hacía temer a los alcalaínos que algo similar podía pasar en los polvorines situación en el cerro Gurugú y en el Zulema. Pocos días después esos temores se convirtieron en realidad.
            Eran las 21:45 de la noche. La jornada laboral de ese caluroso día tocaba a su fin. Los alcalaínos paseaban. De repente, un estruendo ensordecedor eclipsó la cuna de Cervantes. Los recuerdos de los bombardeos aéreos en la Guerra Civil planearon por muchas mentes. Una nube de polvo negro sepultó la ciudad. ¿Qué había pasado? Los polvorines A y B del cerro Gurugú habían hecho explosión. Toneladas de tierra habían sido removidas. La ciudad entró en colapso y a partir de ese momento nada fue igual.
            Cuando se comenzó a despejar se pudo ir aproximando a la zona del siniestro. Una zona donde se hacía temer lo peor. Allí estaban los polvorines y su personal militar. Pero cerca estaba la fábrica Río Cerámica. También muy cerca estaba la venta de Camacho. El resultado de la catástrofe se tornaba apocalíptico. Y no podía ser de otra forma cuando se comienza a hacer balance de la catástrofe. Entre el personal militar hay 10 fallecidos, entre ellos el sargento de artillera Luis Soria Albericio o el cabo Bernardo Pascual Martínez. Entre las víctimas civiles la catástrofe es mayor: 14 muertos. Entre ellos el ex concejal socialista (que había sufrido represión tras la guerra) Bonifacio Loeches, y toda su familia, que vivían en una casa de los alrededores del Gurugú. También Domingo Piris, que hasta hacía pocas fechas penaba en las cárceles del franquismo. Parecía que Alcalá no podía levantar cabeza.
            Los técnicos militares se desplazaron hasta la zona del suceso. El veredicto del Informe Pericial fue claro: ha sido un accidente. No ha podido ser provocado. Sin embargo aquel acontecimiento fue un caramelo en la boca para las autoridades del franquismo. En Cádiz el Ejército había asumido su responsabilidad, a pesar de los intentos de incriminar a la resistencia antifranquista. Sin embargo, reconocer dos errores en 20 días era demasiado precio para el “Ejército de la Victoria”. Alcalá venía desarrollando la reorganización de las estructuras políticas derrotadas en 1939 en la clandestinidad. Sobre todo tres organizaciones: la CNT, el PCE y las JSU. La CNT alcalaína ya había pagado su contribución. En 1946 sus estructuras fueron descubiertas y sus integrantes encarcelados.
            Pero el PCE y las JSU habían tejido un importante entramado político. Comités en la calle y en las fábricas. Agitación política y sindical. Decenas de militantes y simpatizantes. Al producirse la explosión, algunos militares lo tenían claro. Ha sido un accidente pero va a ser un sabotaje. Un sabotaje realizado por los comunistas. Y así, 48 horas después del siniestro, comenzaron las detenciones. Unas detenciones que se hicieron extensivas a las estructuras comarcales, provinciales e incluso nacionales de las organizaciones (a este respecto la obra de Fernando Hernández Sánchez Los años de plomo es fundamental). En Alcalá fueron detenidos muchos vecinos. Algunos viejos militantes. Otros nuevos y más jóvenes. Pero todos inocentes.
            Se instruye la causa 142010. Hay más de 70 detenidos. La causa cae en manos de Enrique Eymar, caballero mutilado, máxima figura del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Del Tribunal Especial contra el Espionaje y el Comunismo. No podía caer la causa en peores manos. Eymar vio una causa muy grande. Y por ello la divide. La 142010 queda con los “más peligrosos”. En la 239/48 también puede haber sentencias de muerte (de hecho las hubo). El resto, la 207/48, la 208/48 y la 209/48 eran colaboradores.
            Los consejos de guerra no dudan. Penas de muerte. La 142010 estaba vista para sentencia el 9 de julio de 1948. Pruebas falsas. Torturas. Ocultación de pruebas de inocencia. Unas semanas después (20 de agosto de 1948) eran fusilados en Ocaña, 8 dirigentes del PCE y de las JSU: Manuel Villalobos Villamuelas, Eugenio Parra Rubio, Rogelio García del Barrio, Pedro Martínez Magro, Benito Calero Vázquez, Daniel Elola Gómez, Luciano Arroyo Cablanque y Félix López Casares. El resto penas entre 30 y 6 años. Para las otras causas planeó la pena de muerte para Alejandro Heredero del Castillo, Ricardo Lidó Expósito y Fernando Nacarino Moreno. Salvaron su vida por muy poco.
            El franquismo había convertido un hecho fortuito, una fatalidad, en un crimen de Estado. Alcalá de Henares fue víctima y testigo de ello. Muchos de sus vecinos vieron como su vida quedaba rota por un hecho que no habían cometido.
            Efectivamente hay que pasar página. Pero primero vamos a leerla, a analizarla y a estudiarla. Y vamos a devolver, por justicia histórica, la inocencia a lo que nada hicieron. Alcalá debe un homenaje a todas las víctimas del polvorín de 1947.


Para saber más ver el libro de Julián Vadillo Muñoz y Alejandro Remeseiro Fernando La explosión del polvorín de Alcalá de Henares (1947), Foro del Henares, Alcalá de Henares, 2009