viernes, 23 de septiembre de 2016

“Yo he actuado como un anarquista” Melchor Rodríguez. El ejemplo del anarquismo humanista

Artículo publicado en la revista digital Frontera D

11 de mayo de 1940. Segundo Consejo de Guerra al que se enfrentó Melchor Rodríguez en pocos meses. Ese día, tras toda la lectura del pliego de acusaciones (detención del ex ministro Salazar Alonso por parte del grupo de Melchor Rodríguez y que acabó con la muerte de este en prisión o el de la detención de los hermanos González Amezúa), cuando el presidente el Tribunal García Marcí, dice si alguien en la sala tiene que decir algo más, alguien se levanta y dice “-Yo”. Es Agustín Muñoz Grandes. Uno de los militares golpistas, preso en la retaguardia republicana y que tras la Guerra Civil dinamizó la División Azul que fue a ayudar a Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Muñoz Grandes le debe la vida a Melchor Rodríguez y ese día entregó un pliego de 2000 firmas al Tribunal amparando la actuación de Melchor en la retaguardia republicana. Allí le denominan el Ángel rojo, como le conocía muchas personalidades del régimen franquista. Pero Melchor, en su turno de descargo, dice lo siguiente:
“Con su permiso, yo no soy cristiano, soy anarquista. Siempre creí que hacía lo correcto. Cumplí con el deber que la República me había encomendado. Toda mi vida luché por la libertad, defendiendo los ideales anarquistas. También los defendí durante la guerra, cuando tenía bajo mi custodia a miles de hombres acusados de conspirar contra el régimen legal que existía en España. Si merecían castigo o no, no era yo quien debía aplicarlo, y sí los tribunales competentes, por ello y de acuerdo con mis propios ideales les traté con el respecto que para todos los anarquistas merecen todos los seres humanos. No digo esto para pediros clemencia, pues reafirmo una vez más mis ideales, y si para demostraros que la CNT y la FAI están integradas por hombres honrados, que si en los momentos de peligro responden a la violencia con violencia, saben ser humanos con el vencido. No voy a jurar por ningún dios, pero les doy mi palabra de honor de que jamás cometí un crimen ni ayuda a cometerlo”.
            Así se defendió Melchor Rodríguez, según testimonio de otro anarquista, Manuel Pérez, y rescatado por Alfonso Domingo en su libro El ángel rojo. La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano (Almuzara, Barcelona, 2010). A pesar de esta defensa, Melchor fue condenado a muerte, aunque su condena fue conmutada a 20 años, y al final pudo beneficiarse de la libertad condicional. Libertad condicionada, ya que posteriormente a esa fecha Melchor “visitó” más veces el presidio por su implicación en la reconstrucción del anarcosindicalismo en la clandestinidad. Y así hasta su muerte el 14 de febrero de 1972 en Madrid.

Un anarquista llamado Melchor Rodríguez

            El movimiento anarquista introdujo en su entorno una cuestión fundamental para entender su triunfo social entre la clase obrera: el pragmatismo. Los libertarios, al impulsar sus sindicatos y organizaciones, fueron pragmáticos. Trabajaron en un entorno obrero y dieron respuestas que fueron convincentes para esa clase obrera. De no haber sido así, el anarquismo no habría pasado de ser una anécdota en la historia de España. Un movimiento que no solo intervino en la política del momento con sus propias herramientas, sino que creo todo un espacio de sociabilidad y de cultura que le convirtió justo en lo que quería ser: una alternativa al sistema económico capitalista. De hecho el anarquismo nació como respuesta a ese industrialismo y capitalismo que consideraron lesivo para la humanidad.
            Un movimiento tan amplio, tan ecléctico en muchas cuestiones, dio muchos militantes. Y algunos de ellos destacaron por su implicación, por sus acciones o por sus escritos. Y dentro de esos militantes cabría inscribir la figura de Melchor Rodríguez García.

Azarosos inicios

            Melchor Rodríguez nació en el sevillano barrio de Triana el 30 de mayo de 1893 en seno de una familia obrera y humilde. Quizá la historia de Melchor habría sido otra si hubiese triunfado en el medio donde comenzó a dar algunos pasos: el toreo. Incluso tiene referencia en la enciclopedia taurina de José María de Cossío. No era inusual en la época encontrar a hijos de clase obrera que buscaban suerte como maletillas. Cabe recordar a aquí que el poeta Federico García Lorca fue fusilado en agosto de 1936 junto a un maestro y dos banderilleros anarquistas.
            Sin embargo, el mundo del toreo no era fácil para quienes no tuvieran  posibles o  padrinos que apostaran por ello. Además tuvo una grave cogida que le apartó definitivamente de las plazas de toros. Melchor, que se quedó muy pronto huérfano de padre, le tocó trabajar duro para poder ayudar a su humilde familia (su madre era cigarrera). Trabajando de calderero llevaba un jornal a casa. Y fue en el mundo obrero donde llegó a su conocimiento las ideas que serían el leiv motiv de su vida: el anarquismo.

Madrid. Corazón de España

            Muy pronto Melchor se hizo sindicalista. Lo hizo en un momento clave en la historia del movimiento obrero español. Los ecos de la revolución que había triunfado en Rusia, hizo que el movimiento obrero cogiese fuerza e influencia. El ciclo huelguístico que se abrió en 1917, con el histórico pacto entre la CNT y la UGT, llevó a más de un triunfo de los trabajadores sobre la patronal. El más importante, el producido tras la huelga de la Canadiense en 1919, que desplazó a una delegación de la CNT a negociar y aprobar la reivindicación histórica de las 8 horas de trabajo. Un creciente poder del movimiento obrero que conllevó una reacción patronal violenta, inaugurándose los oscuros años del pistolerismo.
            En ese contexto Melchor Rodríguez se trasladó a Madrid. La capital de España también había sido protagonista de la movilización obrera. Mauro Bajatierra, panadero y periodista anarquista madrileño, dejó todo lujo de detalles de la movilización de agosto de 1917 en Madrid en su obra Desde las barricadas. Una semana de revolución en España. Las jornadas de Madrid de agosto de 1917. A ese Madrid movilizado llegó Melchor en 1921. El anarquismo madrileño era entonces embrionario. Contaba con la existencia del Ateneo Sindicalista, base de la futura CNT, y el Centro de Estudios Sociales. La figura por antonomasia de ese anarquismo era el ya citado Mauro Bajatierra. La CNT aun no había desarrollado sus estructuras, lo que hizo que la inmensa mayoría de los trabajadores se afiliasen a las sociedades obreras de la UGT. Lo hicieron por conciencia de clase, porque creían que sus intereses tenían que estar defendidos por los sindicatos obreros. La dinámica interna, que estos anarquistas dieron a las distintas sociedades obreras, intentó cambiar el rumbo, sin conseguirlo, de una organización muy anejada al Partido Socialista, rivales políticos de los anarquistas.
            Melchor se afilió a la sociedad obrera de la UGT de su oficio. Como lo estaba Bajatierra. Como lo estaba Cipriano Mera. Pero cuando estos militantes vieron que sus ideas eran más influyentes y en su sector se movía un modelo de organización obrera diferente al de la UGT, se lanzaron a la fundación y desarrollo de los sindicatos únicos de la central anarcosindicalista. Melchor Rodríguez fue uno de los fundadores de la CNT madrileña. Y será uno de sus grandes dinamizadores.
            Así será como Melchor Rodríguez se fue ganando fama de sindicalista. Un sindicalista que defiende a los trabajadores y que es detenido, de forma intermitente por ello. Muy pronto el joven Melchor sabe lo que era estar en prisión. Pero Melchor Rodríguez no se quedaba solo en el campo sindical. Los trabajadores tenían que adquirir conciencia de clase y defender sus derechos. Pero también necesitaban ideas para combatir al capitalismo. Y esa idea, para Melchor, no podía ser otra que el anarquismo. Por eso, junto a su militancia sindical, participó también de la fundación de grupos específicos anarquistas que agitasen las ideas libertarias entre los trabajadores y la población. Por eso, Melchor Rodríguez fue, junto a personajes como Tomás Cano Ruiz, José Alberola, Manuel Buenacasa, Eleuterio Quintanilla o el omnipresente Mauro Bajatierra, uno de los fundadores de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en 1927. Una organización cuya leyenda negra (injusta) ha desfigurado su verdadera importancia en el campo político y social. Melchor fue uno de los impulsores, integrantes y dinamizadores.
            Así es como su traslado a Madrid terminó por completar la formación de un Melchor Rodríguez anarquista, que sería fundamental la historia del anarquismo madrileño.

La República. Madrid y el anarquismo

            La llegada de la República a España el 14 de abril de 1931 no fue casual. Ni siquiera producto de unas simples elecciones municipales. Durante años la oposición a la dictadura de Primo de Rivera y, por extensión, a la monarquía de Alfonso XIII que la había posibilitado, generaron un estado de opinión en la población española que desembocó en un cambio de estructuras políticas y de forma de Estado. Y los anarquistas no fueron ajenos a ese cambio. Por el contrario, intentaron a veces en solitario y la mayoría de las ocasiones en coalición, llegar a inteligencias con la oposición republicana para dar un cambio de rumbo a España.
            Melchor Rodríguez participó de esa movilización. Sus escritos así lo avalan. Cuando en 1930 la extrema izquierda republicana fundó en Madrid el periódico La Tierra, Melchor Rodríguez, junto a otros anarquistas, fue una de sus plumas más cotizadas. Esto no quiere decir que La Tierra fuese un periódico anarquista (era republicano) ni que Melchor fuese republicano (era anarquista). Pero en aquel momento existía un interesante grupo en Madrid que se movía en los márgenes del republicanismo y del anarquismo, que fueron voceros de una izquierda crítica que no iba a dar un cheque en blanco a la República. Los anarquistas, que carecían entonces de un medio de comunicación propio en Madrid (hasta la fundación del periódico CNT en 1932), vieron en La Tierra el medio que posibilitaba que sus ideas quedaran plasmadas en la sociedad. Allí Melchor coincidió con la flor y nata de la intelectualidad republicana del momento: Salvador Cánovas Cervantes, Eduardo de Guzmán, Salvador Sediles, Emilio Balbontín, César Falcón, etc.
            Pero también Melchor, como anarquista, participó y trabajó por el desarrollo del movimiento libertario en Madrid. En el congreso del Teatro Conservatorio (hoy María Guerrero), estuvo con las figuras más importantes del movimiento libertario del momento: Ángel Pestaña (que fue elegido Secretario General de la CNT), Juan Peiró (director de Solidaridad Obrera), Valeriano Orobón Fernández, Manuel Buenacasa, Cipriano Mera, los González Inestal, etc. Allí también estuvieron Durruti, Ascaso, García Oliver, Montseny, etc. Incluso coincidió con figuras anarquistas de primer orden internacional como Agustín Souchy o Rudolf Rocker.
            Y es que el anarquismo madrileño fue muy peculiar y, quizá, paradigmático de lo que fue anarquismo en general. Mientras en Cataluña, Valencia o Aragón, el movimiento libertario era hegemónico, en Madrid le tocó competir con los socialistas en el desarrollo del movimiento obrero. Y la actividad de muchos de sus sindicatos y grupos específicos de la FAI le llevó a tener una influencia nada desdeñable, llegando a arrebatar a la UGT la hegemonía en sectores clave como la construcción o la gastronomía.
            Melchor Rodríguez fue uno de los protagonistas de todo aquello. Desde la CNT dinamizó y participó en distintas luchas obreras, que le llevó en más de una ocasión a prisión. Denunció desde las páginas de La Tierra políticas que llevaba a cabo el gobierno republicano-socialista y que, a su juicio, eran lesivas para el desarrollo de la clase obrera. Muy característico fue su enfrentamiento con Ángel Galarza, diputado radical-socialista y Director General de Prisiones. Melchor denunciaba que la política represiva de la República era inadmisible y que el delito de prensa seguía vigente y era incompatible con la democracia.
            Melchor Rodríguez fue en esos años uno de los impulsores del grupo anarquista de la FAI “Los Libertos”. Lejos de esa visión del “pistolero anarquista” que se ha intentado trasmitir en la historiografía, los faístas se enzarzaron en debates sobre la conveniencia de acuerdo o no con los socialistas para desencadenar un proceso revolucionario en España. Sobre todo una vez que el gobierno republicano-socialista perdió las elecciones frente a la derecha de la CEDA y el Partido Republicano Radical de Lerroux. Esta victoria electoral de la derecha en noviembre de 1933 fue tomada por los anarquistas como una antesala del mismo fascismo que había triunfado en Italia y que comenzaba a dar sus primeros pasos en Alemania. Melchor y “Los Libertos”, así como el grupo “Los Intransigentes”, eran partidarios de llegar a una inteligencia con los socialistas. Para otros grupos de la FAI madrileña, los socialistas tenían una carga muy negativa como para llegar a acuerdos con ellos.
            En ese contexto, con una conflictividad obrera en Madrid que estaba llevando a la CNT a tener posiciones cada vez más poderosas frente a su rival UGT, donde la política de los Jurados Mixtos, tan criticados por Melchor Rodríguez, se derrumbaba y se imponía la acción directa incluso en algunas sociedades obreras de la UGT, estalló la huelga general de octubre de 1934, cuyo fracaso llevó a la cárcel a muchos militantes libertario. Melchor Rodríguez, que había sufrido mucha prisión, se erigió en defensor de los presos. Cuestión que le llevó incluso a negociar con el Ministro de la Gobernación, el radical Eloy Vaquero, la libertad de algunos de esos presos. Consiguió la libertad de 250, pero la acción de Melchor no fue bien vista por algunos sectores del movimiento libertario madrileño que apartaron a Melchor, y a su inseparable amigo Celedonio Pérez, de la FAI durante unos meses. Esa sensibilidad de Melchor por el derecho de los presos le acompañará toda su vida.
            A pesar de la represión tras la huelga de octubre, el movimiento libertario siguió siendo muy influyente en Madrid y Melchor era uno de sus protagonistas. Siguió trabajando por el desarrollo de la CNT y en enero de 1936 se reintegró a la FAI. Un momento crucial, pues el anarcosindicalismo debatió y aprobó la conveniencia del pacto con la UGT para plantar batalla al capitalismo y como mecanismo de autodefensa ante lo que consideraban el avance del fascismo. Así quedó aprobado en el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936.
            Para aquellas fechas, Melchor Rodríguez era ya una figura fundamental del sindicalismo y del anarquismo madrileño.
La Guerra Civil. La humanidad en la barbarie

            El 18 de julio de 1936 un grupo de militares y de civiles se levantaron en armas contra la legalidad republicana. Ese golpe de Estado, organizado de antemano por personalidades de la derecha monárquica y que venía fraguándose entre determinados militares desde el mismo día que se proclamó la República, provocó una Guerra Civil que duró tres años.
            En Madrid, los sublevados del cuartel de la Montaña fueron vencidos por la labor que las organizaciones obreras desempeñaron en la resistencia. El movimiento obrero, que hasta entonces era un organismo de resistencia, se convertía desde ese instante en un organismo de gestión.
            Sin embargo las pasiones que se desataron aquellos primeros momentos, de aquella represión en caliente que aconteció en la retaguardia republicana, hizo que muchos integrantes de esas organizaciones obreras se pusiesen en guardia contra los abusos. Desde los periódicos, los grupos y los sindicatos se hicieron llamamientos al orden, a poner fin a los abusos de algunos. En Barcelona se realizaron actos contundentes, como fue el caso de Gardeñas. En Madrid, la figura de Melchor Rodríguez se levantó por encima del resto.
            Y es que poco a poco la República fue restituyendo el orden. Se comenzaron a desarrollar los Tribunales revolucionarios, garantistas, para frenar cualquier tipo de abuso. Las prisiones de partido fueron clausuradas en noviembre de 1936 (eso que la historiografía franquista ha llamado “checas” y que ha hecho fortuna, cuando en realidad no eran “checas”). Mientras el terror se imponía en la retaguardia de los sublevados, el orden se reorganizaba en la republicana.
            Sin embargo, el asedio a Madrid provocó uno de los hechos más negros de la República en guerra. La única matanza masiva en la misma se llevó a cabo en el mes de noviembre por mediación de sacas de presos, bajo la excusa de traslado, que eran conducidos, de forma extraoficial, a la zona de Paracuellos del Jarama donde eran ejecutados. Integrantes de la Junta de Defensa de Madrid y de la Dirección General de Seguridad estaban al tanto de ello. Melchor Rodríguez, que había sufrido la represión y la cárcel, no podía aguantar como se violentaba la libertad y se ponía en peligro a la República. Ya había protegido, de forma individual, a personalidades de la derecha que corrían el peligro de poder ser asesinadas. Pero en ese momento fue nombrado, por su compañero anarquista Juan García Oliver, Director General de Prisiones. La llegada de Melchor puso fin a las sacas y a las matanzas de Paracuellos del Jarama. Melchor prohibió el traslado de ningún preso entre las 20:00 y las 8:00. Se encargó personalmente de saber que los contingentes que salían de las prisiones madrileñas llegaban a su destino. Evitó, jugándose la vida, una matanza en la prisión de Alcalá de Henares cuando la ciudad fue duramente bombardeada por la aviación de los sublevados. Para Melchor aquellos presos tenían derechos. Melchor actuó como un anarquista y cumplió con lo que tenía que hacer un Director General de Prisiones de la República. Esto le llevó a enfrentamientos con aquellos que desde la misma trinchera de defensa de la legalidad, vio en los gestos de Melchor un favor a la causa sublevada. Sus enfrentamientos con el comunista José Cazorla fueron famosos.
            Melchor hizo cumplir la ley y ya no hubo matanzas en las prisiones republicanas. Cuando salió de la Dirección General de Prisiones, siguió trabajando por los derechos de los presos. Quizá Melchor pecó de exceso de bondad y confianza. Mucha gente de su círculo íntimo le iba a traicionar cuando la Guerra estaba acabando. Su compañero y amigo Celedonio se lo advirtió y ya le dijo que algunos de su entorno eran de la Quinta Columna. Pero Melchor no se lo creyó. Se equivocó. Tras el golpe de Casado, Melchor tuvo un importante cargo de confianza al frente del Ayuntamiento de Madrid, que le llevó a ser el último alcalde la ciudad cuando las tropas franquistas entraban en la capital. Fue, junto con Julián Besteiro, una de las pocas personalidades de la legalidad republicana que permaneció en la ciudad.
            A pesar de los esfuerzos, del cumplimiento del deber en sus cargos, de llevar sus ideas a todos los lugares, Melchor era uno más de los derrotados. Comenzaba la dictadura.

La larga noche de la dictadura

            Melchor cumplió su deber y eso le costó caro. Para el franquismo no había piedad con los vencidos. El 13 de abril de 1939, tras un homenaje a uno de los hermanos Álvarez Quintero, en el que Melchor participó por la amistad que le unía a ellos, fue detenido y encarcelado. Se le acusó de participar en la detención y muerte del ex ministro Rafael Salazar Alonso así como de los hermanos González Amezúa. Se le condenó a muerte y se le comentó la pena, tal se explicaba al inicio de este artículo.
            Pero aquella España oscura y gris del franquismo, una España de represión y miedo, no podían paralizar la actividad de Melchor. Se implicó en la reconstrucción de las organizaciones libertarias. Apoyó sin dilación la oposición antifranquista. Y eso que, al igual que a Juan Peiró, le ofrecieron participar de los sindicatos franquistas. Melchor lo rechazó. Eran sus enemigos ideológicos. Y él era un anarquista integral. Y volvió muchas veces a la cárcel por su oposición a la dictadura. Nunca quiso el favor de nadie y siguió trabajando como agente de seguros. Pero también Melchor era un artista y escribió poemas, canciones y coplas.
            Fue polémica la medalla que Bobby Deglané, una de las personas que Melchor salvó la vida, le dio en su programa “Cantar las 40”en 1964. Melchor aceptó la medalla y aprovechó para dar un discurso de reafirmación anarquista, de reafirmación de su cometido al frente de la Dirección General de Prisiones y de su ideario libertario. En la puerta de la casa de Melchor siempre hubo una bandera rojinegra que ponía “Melchor Rodríguez. Título de honor: persona decente.”.
            Melchor vivió y murió siendo un anarquista. El 14 de febrero de 1972 se apagó su vida. Sus compañeros anarquistas acompañaron el féretro hasta el Sacramental de San Justo, donde encontró un nicho para su cuerpo. Allí fue enterrado con bandera rojinegra. Pero allí también fueron algunos de sus enemigos ideológicos a los que salvó la vida por cumplir con su deber. También quisieron darle su último adiós.

Recuperar a Melchor

            Una vez abordada la figura de Melchor Rodríguez y lo que significó para la historia reciente de España, conviene hacer un merecido reconocimiento a la trayectoria de quien más ha hecho por recuperar la vida de Melchor: Alfonso Domingo.
            Alfonso Domingo es algo más que un periodista, documentalista y escritor. Es un apasionado de su trabajo. Y eso se nota en el resultado de todas sus investigaciones. Porque cuando le pones cariño y empeño a algo el resultado suele ser excelente. Y ese es el bagaje de Alfonso. Y a todo esto le une ser un gran profesional, lo que hace que la calidad de sus trabajos sea muy alta.
            Igualmente, Alfonso Domingo es alguien preocupado por recuperar la historia más reciente de nuestro país. Y lo hace de una forma valiente, quizá algo adquirido por haber sido corresponsal de guerra.
            Entre los libros que Alfonso ha trabajado la temática de la recuperación histórica, destacaría El canto del búho: la vida en el monte de la guerrilla antifranquista, Historia de los españoles en la II Guerra Mundial, El enigma de Tina (historia de la actriz Tina de Jarque y su ‘desaparición’ durante la Guerra Civil española) o su La balada de Billy el Niño. Pero Alfonso no se ha parado solo en la literatura. Su pasión por el documental le ha llevado a realizar algunos como Almas sin fronteras sobre la Brigada Lincoln, La memoria recobrada sobre la memoria histórica, Bajo todas las banderas sobre los españoles en la Segunda Guerra Mundial o Héroes invisibles. Afroamericanos en la Guerra de España, un interesante documental donde completa sus estudios sobre la Brigada Lincoln y sobre los negros que estuvieron en ella combatiendo en España.
            Esta incansable actividad le ha llevado a realizar dos magníficos trabajos sobre el personaje que hoy nos centramos: Melchor Rodríguez. A nivel bibliográfico su obra de 2010 ya citada: El ángel rojo. La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano. Una amplísima y trabajada biografía a nivel documental, que sacó del cajón del olvido a este personaje. No contento con ello, se puso a trabajar en un documental que estrena ahora y que es de una enorme calidad: Melchor Rodríguez. El ángel rojo. Dos obras que hacen justicia con Melchor.
             El tesón y el buen trabajo de Alfonso no han sido únicos. Hay que citar también el empeño de la familia de este anarquista. Porque Melchor volvió a la escena, nunca mejor dicho, cuando su bisnieto, Rubén Buren, dramaturgo y escritor, llevó a escena la obra La entrega de Madrid, sobre los último días de la Guerra en la capital de la República y la actuación del Melchor Rodríguez al frente de la misma.
            Son todos buenos antecedentes para recuperar a Melchor.

Coda

            Melchor es una figura extraordinaria. Una de las muchas que dio el movimiento obrero y el anarquismo si bien ha trascendido su persona. Fue siempre un anarquista integral, de aquellos que nunca iban a renunciar a la CNT y a la FAI. Melchor hubiese dado su vida por el anarquismo (más de una vez se expuso) pero nunca habría matado por unas ideas que consideraba igualdad, libertad y armonía. Lo que hizo al frente de la Dirección General de Prisiones fue su deber como cargo de la República y como anarquista, que fueron sus ideas. Muy lejos de la visión que algunos han querido dar de un “quintacolumnista” (no lo fue y siempre combatió a sus enemigos) ni de la imagen que algunos de esos enemigos intentaron dar de él. Si algo detestaba Melchor era el fascismo que tuvo a España bajo bota militar durante tantos lustros.

            Era de justicia el trabajo que Alfonso Domingo ha hecho alrededor de Melchor. Era de justicia rescatar la memoria y la figura de un hombre decente.

viernes, 16 de septiembre de 2016

LA VUELTA DE TROTSKY A ESCENA

Artículo publicado en la edición digital del periódico Diagonal

La figura de León Trotsky (Lev Davidovich Bronstein, como se llamaba en realidad) ha sido recurrente. No solo porque el fundador del Ejército Rojo fuese una de figuras más representativas de la Revolución rusa de 1917 y de la Guerra Civil del mismo país entre 1918 y 1921. Tampoco porque sus escritos fuesen referencia para miles de militantes de la izquierda que constituyeron, con el paso de los años, el llamado trotskismo. Ni siquiera por sus actividades tanto antes como después de la Revolución, entre las que se encuentra su liderazgo en las purgas a la oposición revolucionaria a los bolcheviques tras la Revolución rusa (socialistas revolucionarios, anarquistas, majnovistas, Krosntadt, etc.)
            Trotsky pasa también a la historia porque fue el derrotado en la lucha por el poder en la Unión Soviética tras la muerte de Lenin. Stalin le ganó la partida y como derrotado Trotsky inició un exilio de persecución. En el interior de la URSS las distintas purgas fueron acabando paulatinamente con la oposición al estalinismo. Pero Trotsky fue el huido y Stalin siempre lo tuvo como una cuenta pendiente. Alma Ata, Turquía, Francia, Noruega y México fueron los destinos de exilio de Trotsky, permanentemente perseguido por los integrantes de la policía política de Stalin que querían acabar con su vida.
            A finales de 1936, León Trotsky llegó a México por mediación del presidente Lázaro Cárdenas. Es una etapa prolífica para Trotsky pues escriba una parte importante de su obra. También porque logró impulsar su movimiento político propio, la IV Internacional.
            Pero el tiempo no era propicio ya para Trotsky. Su movimiento, excepto en algunos lugares concretos, no pasó de testimonial. El ámbito internacional no le era favorable. La URSS era la referencia de los partidos comunistas. Y la maquinaria de propaganda del estalinismo dejaba en muy mal lugar al fundador del Ejército Rojo. Además es un momento donde el avance del fascismo cercenó en países como Alemania la posibilidad de surgimiento de un movimiento de oposición al estalinismo dentro del comunismo. En España, el trotskismo apenas tuvo influencia, ya que Andreu Nin (otra víctima del estalinismo) había abandonado sus tesis hacía tiempo y el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) nunca fue trotskista. Solo un pequeño grupo denominado Sección Bolchevique-Leninista de la IV Internacional, que no pasaba de unas decenas en Barcelona, se declaraba abiertamente trotskista. Incluso el que podía haber sido su paladín en España, Grandizo Munis, al final acabó también apartado del trotskismo. Los comunistas no estalinistas españoles consideraban que Trotsky no había sabido leer la realidad española. A ello se unió la virulencia con la que el PCE actuó contra estos grupos. Y también la victoria de Franco, que puso punto final a estos debates en el interior de España.
            Podemos decir que a la altura de 1939 el trotskismo no pasaba de algo testimonial y el propio Trotsky no era más que una figura representativa para pequeños grupos. Sin embargo era la cuenta pendiente de Stalin. Y el dirigente georgiano de la URSS no iba a parar hasta liquidar a su eterno enemigo (como había hecho con Kamenev, Zinoviev, Preobrazhensky, etc.). Para hacerlo, los servicios secretos soviéticos recurrieron a un español: Ramón Mercarder. Un comunista español, militante del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), que fue captado por la GPU soviética, trasladado a la URSS y entrenado durante meses con el propósito de infiltrarse en los círculos trostkistas para llegar hasta el líder revolucionario y liquidarlo. Mercader consiguió su objetivo. Se le cambió la identidad por la de Jacques Mornard, se infiltró en los círculos del trotskismo enamorando a una de las secretarias de Trotsky, Silvia Ageloff. Se ganó la confianza de mucha gente de su círculo haciéndose pasar por un empresario a la que nada le interesaba la política. Finalmente logró quedar a solas con Trotsky al que asesinó clavándole un piolet en la cabeza el 20 de agosto de 1940. Una historia rocambolesca que acabó con el objetivo de Stalin y que tuvo a un español como protagonista del acontecimiento.

El Elegido

            Estos días se ha estrenado la película hispano-mexicana El elegido (The chosen), que cuenta la historia de cómo Ramón Mercader es formado por los servicios secretos soviéticos para asesinar a Trotsky. La película reconstruye fielmente el proceso y el elenco de personajes que aparecen generan una trama que sabe enganchar al espectador. El persona de Ramón Mercader, interpretado por Alfonso Herrera, esta bien caracterizado. También el rol que desempeñó en esta trama Caridad Mercader (Caridad del Río), la madre de Ramón. Una mujer de la clase acomodada catalana que comenzó en la década de 1910 a frecuentar círculos libertarios hasta que se convirtió en una convencida comunista y dio todo por el Partido. También refleja muy bien el entramado de los servicios secretos soviéticos. Y la figura inocente y engañada de una enamorada Sylvia Ageloff que fue la persona que Mercader utilizó para llegar hasta Trostky.
            Es una película con ritmo y entretenida. También muy dura por momentos. Quizá tiene algunos inconvenientes. Los puntos negros que quedan en la evolución de Ramón Mercader, desde que sale del frente en la Guerra Civil española hasta que se planta, primero en Francia y luego en México, enamorando a Sylvia. Hay zonas oscuras que si no se conoce la historia de Mercader puede quedar deslavazada. También algunas ausencias. Por ejemplo la implicación directa de Laurentii Beria, máximo responsable de la GPU en el momento, en el proceso del asesinato de Trotsky. O también los personajes de Diego Ribera y Frida Kalho, próximos a Trotsky y que no aparecen en la película. Por el contrario, si que aparece la pintoresca figura del muralista y comunista David Alfaro Siqueiros, que si bien su grupo y su militancia en el Partido Comunista de México queda perfectamente reflejada, por momentos parece muy desdibujada.
            A pesar de algunos inconvenientes, propios de la dificultad de condesar una historia tan densa en una película, el film merece la pena ser visto por la veracidad que trasmite de este acontecimiento.

El recurrente asesinato de Trotsky

            La muerte de Trostky ha sido tratada en muchas de las biografías que se ha escrito del revolucionario ruso. Pero debido a la historia que hay detrás de ese asesinato, su muerte ha sido objetivo de libros y películas específicos que han precedido a la película de Antonio Chavarrías.
            Ya en 1972 el director Joseph Losey llevó a la gran pantalla la muerte del fundador del Ejército Rojo con la película El asesinato de Trotsky. Y lo hizo con un elenco de actores de primer nivel en la época: Richard Burton, Alain Delon o Romy Schneider. Sin embargo esta película no es por la que se pueda recordar al gran director Losey. Es evidente que la temática se le fue de las manos y la historia del asesinato de Trotsky quedó desdibujada. Por ejemplo, Ramón Mercader no aparece en toda la película y la trama es sensiblemente variada.
            A nivel documental, en 1996, José Luis López-Linares y Javier Rioyo, montaron un magnífico documental titulado Asaltar los cielos, donde se cuenta de forma pormenorizada la historia de Ramón Mercader. Desde sus orígenes hasta su muerte, tratando su figura pero también la época en la que le tocó vivir. La muerte de Trotsky es ampliamente trabajada con testimonios rescatados de la época por protagonistas y familiares tanto de Mercader como de Trotsky. Un documental que con el paso de los años no ha perdido calidad.
            A nivel bibliográfico, junto a las muchas biografías de Trotsky, cabría destacar el libro de Leonardo Padura El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2011). Un buen libro, bien escrito y bien trabajado sobre esta temática. De menor calidad, pero muy centrado y bien reconstruido el proceso del asesinato de Trotsky, destacaría la obra del periodista mexicano José Ramón Garmabella El grito de Trotsky. Ramón Mercader, el asesino de un mito (Debate, 2007). Una obra donde la parte histórica relacionada con la Revolución rusa y la Guerra Civil española es bastante mediocre, pero que la reconstrucción de los pasos de Mercader en México está perfectamente trabajada.


            Seguramente que Chavarría ha tenido todos estos precedente en cuenta para realizar El elegido, película recomendable por la temática y por el trabajo sobre la misma.

martes, 6 de septiembre de 2016

EN ALCALA DE HENARES EXPLOTÓ EL POLVORÍN

Alcalá de Henares. 6 de septiembre de 1947. La ciudad aprovecha los últimos días del verano y de su calor. Todavía sonaban los ecos de las recientes fiestas de la ciudad, finalizadas unos días antes. Alcalá, y España, vivía los duros años de plomo del franquismo. Ese verano había sido ducho en noticias. Había muerto Manolete. El toro Islero segaba su vida en al plaza de toros de Linares. Era uno de los temas de conversación. También el fútbol. El Valencia había ganado la Liga. Muy cerquita había quedado el Athletic de Bilbao y el Atlético Aviación, que ese año 1947 volvería a ser Atlético de Madrid.
            Pero otra noticia también azotaba la mente de los alcalaínos. El 18 de agosto de 1947, en Cádiz, unos depósitos de armas habían hecho explosión y habían asolado la ciudad. 150 fallecidos y 2000 heridos. Una tragedia para la Tacita de Plata. Y esa noticia hacía temer a los alcalaínos que algo similar podía pasar en los polvorines situación en el cerro Gurugú y en el Zulema. Pocos días después esos temores se convirtieron en realidad.
            Eran las 21:45 de la noche. La jornada laboral de ese caluroso día tocaba a su fin. Los alcalaínos paseaban. De repente, un estruendo ensordecedor eclipsó la cuna de Cervantes. Los recuerdos de los bombardeos aéreos en la Guerra Civil planearon por muchas mentes. Una nube de polvo negro sepultó la ciudad. ¿Qué había pasado? Los polvorines A y B del cerro Gurugú habían hecho explosión. Toneladas de tierra habían sido removidas. La ciudad entró en colapso y a partir de ese momento nada fue igual.
            Cuando se comenzó a despejar se pudo ir aproximando a la zona del siniestro. Una zona donde se hacía temer lo peor. Allí estaban los polvorines y su personal militar. Pero cerca estaba la fábrica Río Cerámica. También muy cerca estaba la venta de Camacho. El resultado de la catástrofe se tornaba apocalíptico. Y no podía ser de otra forma cuando se comienza a hacer balance de la catástrofe. Entre el personal militar hay 10 fallecidos, entre ellos el sargento de artillera Luis Soria Albericio o el cabo Bernardo Pascual Martínez. Entre las víctimas civiles la catástrofe es mayor: 14 muertos. Entre ellos el ex concejal socialista (que había sufrido represión tras la guerra) Bonifacio Loeches, y toda su familia, que vivían en una casa de los alrededores del Gurugú. También Domingo Piris, que hasta hacía pocas fechas penaba en las cárceles del franquismo. Parecía que Alcalá no podía levantar cabeza.
            Los técnicos militares se desplazaron hasta la zona del suceso. El veredicto del Informe Pericial fue claro: ha sido un accidente. No ha podido ser provocado. Sin embargo aquel acontecimiento fue un caramelo en la boca para las autoridades del franquismo. En Cádiz el Ejército había asumido su responsabilidad, a pesar de los intentos de incriminar a la resistencia antifranquista. Sin embargo, reconocer dos errores en 20 días era demasiado precio para el “Ejército de la Victoria”. Alcalá venía desarrollando la reorganización de las estructuras políticas derrotadas en 1939 en la clandestinidad. Sobre todo tres organizaciones: la CNT, el PCE y las JSU. La CNT alcalaína ya había pagado su contribución. En 1946 sus estructuras fueron descubiertas y sus integrantes encarcelados.
            Pero el PCE y las JSU habían tejido un importante entramado político. Comités en la calle y en las fábricas. Agitación política y sindical. Decenas de militantes y simpatizantes. Al producirse la explosión, algunos militares lo tenían claro. Ha sido un accidente pero va a ser un sabotaje. Un sabotaje realizado por los comunistas. Y así, 48 horas después del siniestro, comenzaron las detenciones. Unas detenciones que se hicieron extensivas a las estructuras comarcales, provinciales e incluso nacionales de las organizaciones (a este respecto la obra de Fernando Hernández Sánchez Los años de plomo es fundamental). En Alcalá fueron detenidos muchos vecinos. Algunos viejos militantes. Otros nuevos y más jóvenes. Pero todos inocentes.
            Se instruye la causa 142010. Hay más de 70 detenidos. La causa cae en manos de Enrique Eymar, caballero mutilado, máxima figura del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Del Tribunal Especial contra el Espionaje y el Comunismo. No podía caer la causa en peores manos. Eymar vio una causa muy grande. Y por ello la divide. La 142010 queda con los “más peligrosos”. En la 239/48 también puede haber sentencias de muerte (de hecho las hubo). El resto, la 207/48, la 208/48 y la 209/48 eran colaboradores.
            Los consejos de guerra no dudan. Penas de muerte. La 142010 estaba vista para sentencia el 9 de julio de 1948. Pruebas falsas. Torturas. Ocultación de pruebas de inocencia. Unas semanas después (20 de agosto de 1948) eran fusilados en Ocaña, 8 dirigentes del PCE y de las JSU: Manuel Villalobos Villamuelas, Eugenio Parra Rubio, Rogelio García del Barrio, Pedro Martínez Magro, Benito Calero Vázquez, Daniel Elola Gómez, Luciano Arroyo Cablanque y Félix López Casares. El resto penas entre 30 y 6 años. Para las otras causas planeó la pena de muerte para Alejandro Heredero del Castillo, Ricardo Lidó Expósito y Fernando Nacarino Moreno. Salvaron su vida por muy poco.
            El franquismo había convertido un hecho fortuito, una fatalidad, en un crimen de Estado. Alcalá de Henares fue víctima y testigo de ello. Muchos de sus vecinos vieron como su vida quedaba rota por un hecho que no habían cometido.
            Efectivamente hay que pasar página. Pero primero vamos a leerla, a analizarla y a estudiarla. Y vamos a devolver, por justicia histórica, la inocencia a lo que nada hicieron. Alcalá debe un homenaje a todas las víctimas del polvorín de 1947.


Para saber más ver el libro de Julián Vadillo Muñoz y Alejandro Remeseiro Fernando La explosión del polvorín de Alcalá de Henares (1947), Foro del Henares, Alcalá de Henares, 2009

jueves, 25 de agosto de 2016

EL TRÁGICO FINAL DE LA GUERRA PARA UNOS INCOMPRENDIDOS ANARQUISTAS

Este verano, Stuart Christie me encargó realizar el prólogo para la reedición de la obra de José García Pradas Teníamos que perder, que su editorial Christie Books ha sacado en formato de libro digital. Este es el texto que preparé, que también está en versión inglesa.

Cuando hace unas semanas Stuart Christi me propuso escribir unas letras como prefacio de la re-edición del libro de ¡Teníamos que perder!, de García Pradas, no dudé en aceptar el guante para dicho trabajo. Una re-edición necesaria para seguir desentrañando, con todos los protagonistas y agentes en la mano, lo que fue la historia de la España republicana en los últimos días de la guerra.
Y el libro viene en un momento importante. En los últimos años hemos asistido a la publicación de valiosos trabajos que han tratado de acercar el final de la República. Cabría destacar la obra que en 2009 publicaron los historiadores Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez El desplome de la República (Crítica, Barcelona, 2009), coincidiendo con el 70 aniversario del final de la contienda. Un libro completo y muy documentado sobre el significado del final de la Guerra. Cuando se alcanzó el 75 aniversario del final de la Guerra aparecieron otros dos importantes trabajos. El catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, Ángel Bahamonde, publicó el libro Madrid, 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra, Madrid, 2014), centrado básicamente en los aspectos militares y la figura de Segismundo Casado. El profesor Paul Preston publicó El final de la Guerra. La última puñalda a la República (Debate, Barcelona, 2014), donde hace un pormenorizado análisis de las figuras fundamentales del final de la cotienda y del posicionamiento de las distintas organizaciones al conflicto. El libro de Preston tiene dos grandes virtudes. En primer lugar analiza los antecedentes que llevaron al final de la Guerra Civil, las fuertes disputas en el interior del bando republicano y los diversos focos de conflicto que se dieron en la débil España republicana en marzo de 1939. Por otra parte, Preston traza su libro en un análisis de tres figuras de aquel final: Juan Negrín, presidente del Gobierno de la Segunda República, Segismundo Casado, militar leal a la República pero ambicioso, y Julián Besteiro, una de las figuras más importantes del socialismo español en la década de 1910, 1920 y 1930.
Sin embargo, lo que no se ha aboradado en ningún estudio monográfico o se deja en segundo plano subsidiario es el papel que los anarquistas jugaron en aquellos momentos. Quiza porque la complejidad del tema daría para un solo libro. Quiza porque algunos de los personajes que fueron protagonistas de aquellos sucesos en el campo libertario han quedado desdibujados con el paso del tiempo. José García Pradas fue uno de ellos.
Antes de entrar en desentrañar algunas claves de los anarquistas en el golpe de Casado, hay que hacer notar que lo que aquí se re-edita son unas memorias. Y como todas las memorias son autojustificativas del personaje. A pesar de ello, las memorias son importantes para establecer un estado de la cuestión. Como punto de partida para nuevas investigaciones. Y para tener encima de la mesa todas las cartas. Luego, a partir de esas memorias, hay que recomponer a partir de la documentación la actuación del movimiento libertario.
En este prefacio vamos a tratar de acercanos a lo que fue la actitud de los libertarios ante el golpe de Casado. Y tambieén acercaros biográficamente a algunas de sus figuras, como José García Pradas, Eduardo Val, González Marín o Cipriano Mera, con la idea de no desfigurarlos y analizarlos en su todo y no en una parte.

El 'anticomunismo' en el movimiento libertario

Una de las máximas que se extiende en cualquier historiografía es simplificar los acontecimientos. Hacer bloques cerrados y monolíticos con la idea de ajustar una historia más cómoda. Pero la realidad es muy distinta y, sobre todo, muy compleja. Ciertamente existió un fuerte anticomunismo en algunos sectores anarquistas. Pero más que anticomunismo deberíamos de hablar de anti-PCE. Las razones son variadas pero se pueden resumir de forma simple. El PCE había sido desde su nacimiento en 1921 una fuerza minoritaria en el campo del obrerismo español. Incluso durante la República, el Partido Comunista no pasó de ser una fuerza testimonial, que solo consiguió un diputado en 1933 y diecisiete en 1936 gracias a la coalición del Frente Popular. Sin embargo la estrategia de los comunistas españoles poco a poco iba dando sus frutos. Lejos de los primeros años de ortodoxia, el PCE paulatinamente se fue abriendo a otras capas de la sociedad y cuando se produjo se el golpe de Estado de 1936 era un partido cohesionado, que aglutinaba en su seno a sectores obreros disconformes con la política del PSOE y de los libertarios, pero también a algunas capas de la burguesía que veía en el PCE un partido de orden y de Estado. De hecho las únicas organizaciones que llegan al inicio de la Guerra Civil unidas fueron el PCE y la CNT, que había conseguido reunificarse en el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936. Comunistas y anarquistas se veían reforzados frente a sus rivales socialistas y republicanos que cada vez estaban más divididos. La estrategia comunista de unificación salió triunfante en el caso de la juventudes con la fusión de las juventudes socialistas y comunistas, naciendo las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), o en Cataluña con la fundación del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC). Esto provocó una lucha por el control del movimiento obrero. Comunistas y libertarios rivalizaron para que la mayoría del proletariado español estuviese adscrito a sus posiciones. Mientras la gran asignatura pendiente de los comunistas fue el sindicalismo, al no llegar a articular un sindicato de carácter comunista y fracasar en su intento de control de la CNT a inicio de la década de 1930, los militantes comunistas se volcaron sindicalmente en la UGT con el objetivo de hacerse con el control de la organización sindical. Tarea complicada pues tuvieron que rivalizar con caballeristas y besteiristas. La CNT, por el contrario, si que aglutinó a una parte importante de la clase obrera sindicada.
Esta situación provocó irremediablemente un choque de posiciones entre los libertarios y los comunistas. Un choque que se plasmó de forma muy clara durante la Guerra Civil. Se rivalizó en el campo político, se rivalizó en campo militar, se rivalizó en el campo económico, en la visión de Guerra, etc. Una rivalidad que en tiempo de normalidad habría llevado a enfrentamiento político pleno, pero que en el contexto de guerra alcanzó posiciones criminales. Se sucedieron episodios de enfrentamientos entre comunistas y anarquistas que cristalizaron en los suceso de mayo de 1937. Y en toda esta cuestión la peor parte la recibieron, en un primer momento, los libertarios. Los sucesos de Mayo significaron una quiebra en los proyectos libertarios lo se aprovechó para desalojarlos de los órganos de gobierno y debilitar su posición revolucionaria. Algo que el movimiento libertario tuvo muy en cuenta al producirse el golpe de Casado en marzo de 1939.
Aquí conviene hacer una aclaración. La posición de los anarquistas respecto a su participación gubernamental y en el Ejército no es monolítica. Hubo un sector del anarquismo que estuvo en contra de esa colaboración. Pero hubo una amplia mayoría del movimiento libertario que lo aceptó, haciendo una concesión histórica en sus planteamiento antiestatistas y antimilitaristas. Porque esa colaboración continuó tras los sucesos de Mayo y llegaron a tener un quinto ministro en el gabinete de Juan Negrín: Segundo Blanco al frente del Ministerio del Instrucción Pública.
Aun así los anarquistas consideraron que la responsabilidad de su situación la tenían los comunistas. A lo mismo que los comunistas consideraban que los anarquistas estaban boicoteando la marcha de la guerra por sus posiciones. Una actitud irreconliable que llevó a nuevos enfrentamientos.

Casado y los 'casadistas'

Los Hechos de Mayo de 1937 no fue el colofón ni el final a los enfrentamientos. Si los comunistas en aquel momento se sintieron más cómodos el gobierno de Negrín lo cierto es que a nivel militar y del comisariado comenzaron a perder influencia de forma paulatina. Por su parte, la CNT intentó contrarrestar el creciente poder comunista en el sindicalismo aproximándose al sector caballeristas de la UGT para crear un comité de enlace entre ambas sindicales que reformazara la posición del obrerismo. Un sector caballerista que también se vio perjudicado después de Mayo de 1937, al ser desalojado Largo Caballero como presidente del gobierno y sustituido por Negrín. Este acercamiento entre CNT y UGT para recuperar un poder que habían perdido no fue bien visto por algunos sectores del propio anarcosindicalismo, como el de su secretario general Mariano Rodríguez Vázquez que si bien se mostraba partidario de la unión con la UGT también apoyaba al gobierno de Negrín.
Sin embargo, la diversidad geográfica fue nuevamente determinante en la posición de los libertarios. Y la CNT madrileña siempre se había visto subordinada frente a los comunistas. Cuando en los días previos al golpe de Estado de Casado, círculos cercanos al militar toman contacto con los libertarios, muchos de ellos ven en ese movimiento contra el gobierno de Negrín una oportunidad para desquitar cuentas de los sucedido en el pasado.
Contrastando la información queda claro que los objetivos de Casado diferían mucho de los planteamientos de los libertarios y de los caballeristas. De hecho, nadie creía en una rendición incondicional. Los libertarios desconfiaban de un personaje militar como Casado, que lo que pretendía era hacer una especie de “abrazo de Vergara” y pasar a la historia como aquel militar que había acabado con la guerra de forma “honrosa”. Una “honra” que los anarquistas no concedían a Franco ni a ninguno de los militares rebeldes. Eran conscientes que la Quinta Columna estaba en el interior del propio círculo militar de Casado, como el caso de José Centaño de la Paz. Pero también consideraron los anarquistas que el gobierno de Negrín estaba liquidado, que las promesas de armas de Francia e Inglaterra quedaban enterradas cuando esos países reconocieron en febrero la legitimidad del gobierno de Franco. Para los anarquistas la posición de Negrín era insostenible. Consideraban que los comunistas estaban haciendo una labor de presión sobre Negrín y éste estaba completamente entregado a ellos. Tal y como Cipriano Mera muestra en sus memorias, la idea era apoyar Casado, desalojar a los comunistas de los órganos de dirección y poder, dar una tregua mínima a Casado para ver que planteaba y cuando las cosas no fuesen que como establecían seguir resistiendo la embestida de los rebeldes. Sin embargo, esos cálculos no le salieron bien a los libertarios ni a los caballeristas, que finalmente se vieron desbordados y el golpe de Casado precipitó el final de la Guerra como nadie hubiese querido que acabase.
Lo que si es evidente es que las motivaciones de Casado y su círculo era muy distinta de muchos de aquellos que le apoyaron. En el caso de los libertarios, por lo que se ha podido ver en muchas memorias y documentos, fue un apoyo circunstancial pero nunca de objetivos. Otra cuestión es como terminaron los acontecimientos ante un conflicto que pintaba muy complicado para la España antifascista.
A tiempo pasado hay quien platea que la resistencia a ultranza que defendían los comunistas habría sido efectiva porque seis meses después estalló la Segunda Guerra Mundial. La pregunta tiene ida y vuelta. Porque si bien nadie sabía en marzo de 1939 que la Guerra Mundial iba a estallar ese mismo año cabría preguntar: ¿Cúal habría sido la posición del PCE ante ese conflicto una vez que Stalin y Hitler cerraron el pacto germano-soviético? En cualquier caso no merece la pena hacer historia ficción ni ucronías. Más que nada porque quizá Casado si era un entreguista, pero el movimiento libertario también creía en la resistencia. El problema venía de una querellas históricas que precipitaron los acontecimientos. Entonces, no es lo mismo Casado que los 'casadistas'

Algunos protagonistas libertarios

Un último eje a tratar es los protagonistas del acontecimiento. Porque, normalmente, hay personajes que salen mal parados. La razón de ellos es porque se juzga su actuación en marzo de 1939 pero se olvida todo un pasado de militancia obrera y de represión posterior. Siendo ecuánimes, me voy centrar en alguno de esos personajes: José García Pradas, Eduardo Val, Manuel González Marín, Cipriano Mera y Melchor Rodríguez.
García Pradas, autor del texto que presentamos, nació en un pueblo de Burgos en 1910. Su procedencia era de familia acomodada lo que le permitió estudiar. Traslado en la década de 1930 a Valencia, García Pradas comienza a tomar contacto con círculos libertarios y escribe para el diario La Tierra, acabando por trasladarse a Madrid como redactor de dicho diario. Abandona el periódico y comienza a trabajar de albañil inscribiéndose en el poderoso Sindicato Único de la Construcción de la CNT. Igualmente forma parte de la FAI madrileña. Al estallar la Guerra su posición dentro de la CNT adquiere carisma y se llega a convertir en el director de diario CNT y Frente Libertario. Estuvo en los frente de batalla y su posición fue claramente frentepopulista y de unidad de acción con la UGT. Aunque en sus texto hacía una fuerte crítica al comunismo soviético. Tras la Guerra se exilia en Francia y acabó en Londres, donde trabajó de camarero, peón y entregado a las tareas literarias, haciendo de García Pradas uno de los escritores más prolíficos del movimiento libertario, por la gran cantidad de textos que escribió. Aunque parece que se fue alejando de la CNT, nunca dejó los ideales libertarios.
Eduardo Val Bescós, nació en Jaca en 1908 y es uno de los grandes desconocidos del anarquismo madrileño. Participó en la sublevación de Galán y García Hernández en 1930 pasando posteriormente a Madrid donde se convirtió en el máximo organizador del Sindicato Único Gastronómico de la CNT madrileña, siendo protagonista de multitud de huelgas donde se pedían condiciones dignas a los camareros. Junto con la construcción fue el otro gran sector del anarcosindicalismo madrileño. Perteneciente a los Comités de Defensa de la CNT, su actuación en la defensa de Madrid fue fundamental así como su participación en distintos frentes de batalla. Los datos de Val son escasos pero parece que fue organizador de la retaguardia y vigilancia de la quinta columna. Val apoyó el golpe de Casado y al final de la guerra se tuvo que exiliar recalando en Gran Bretaña. Mantuvo desde allí contactos con García Oliver y también con Largo Caballero, al que al parecer le unía una gran amistad. Fue detenido en Francia y encarcelado en Toulouse. Logró evadirse cuando iba camino de un campo de concentración nazi. Al acabar la guerra mundial participó en la reconstrucción de la CNT, pero acabó alejándose por la desazón que le produjo las divisiones internas. La vida de Val es todo un misterio por la escasez de datos que tenemos de él.
Manuel González Marín nació en Cieza (Murcia). Participó desde muy temprano en el movimiento obrero, con su implicación en huelgas y movilizaciones que le llevó en más de una ocasión a la prisión. Cuando el golpe de Estado de julio de 1936 se encontraba preso y tardó unas semanas en salir, participando de un motín en la cárcel. Una vez fuera, González Marín participa del Consejo Municipal (Ayuntamiento) y de la Junta de Defensa de Madrid junto a Amor Nuño (acusado en los últimos tiempos, injustamente, de ser el organizador de las matazas de Paracuellos del Jarama). Su enfrentamiento con José Carzorla fue mas que evidente. González Marín perteneció a los Comités de Defensa confederal. Tras la guerra civil marchó al exilio y participó de la resistencia, acabando preso en Toulouse. Logró llegar a París antes de que los nazis le mandase a un campo de concentración. Participó en la recomposición de la CNT, siendo de los sectores colaboracionistas. Parece que acabó expulsado de la CNT aunque siguió participando en la prensa libertaria.
La gran figura del anarcosindicalismo madrileño fue, sin duda, Cipriano Mera. Nacido en 1897 en Madrid, Mera desde muy pronto se vinculó al obrerismo, primero en la UGT y luego en la CNT. Fue el organizador y dinamizador del Sindicato Único de la Construcción de la CNT que rivalizó con la poderosa Federación de Edificacion de la UGT de Edmundo Domínguez. Al estallar la Guerra, Mera esta en prisión. Salió y rápidamente participó de las milicias que vencen la sublevación militar en Alcalá de Henares y Guadalajara. Mera, desde ese momento, se convierte en el perfecto ejemplo de reconversión de obrero en militar procedente de milicias. Llegó a dirigir la 14 División y a ser el Jefe del IV Cuerpo de Ejército, participando en la Batalla de Guadalajara. Sus unidades fueron fundamentales para vencer a las unidades comunistas tras el golpe de Casado. Al finalizar la Guerra, Mera parte al exilio a Orán. Detenido es deportado a España donde es juzgado y condenado a muerte. Se le conmutó la pena por la de treinta años. Al salir de prisión participó de la reconstrucción clandestina de la CNT y finalmente va al exilio. Allí siguió vinculado al movimiento libertario y trabajando como albañil. Llegó incluso a participar en las jornadas de Mayo del 68. Falleció en su exilio parisino, en la modestía, en 1975.
Por último destacaríamos a Melchor Rodríguez. Nacido en Sevilla en 1893, se trasladó a Madrid y adquirió desde muy temprano las ideas anarquistas. Afiliado a la CNT e impulsor de la FAI, Melchor pasa por ser una de las grandes figuras del anarquismo madrileño. Participó de numerosas huelgas que le llevaron a prisión. También fue protagonista en el levantamietno de Jaca de 1930. Durante la República criticó las medidas laborales y políticas de la misma y participó en huelgas y manifestaciones junto a su inseparable Celedonio Pérez. No estuvo exento de polémica al ser una persona dialogante que intentó la libertad de los presos en cualquier momento, lo que llevó a negociar con el Ministro de Gobernación, Eloy Vaquero, siendo criticado y hasta expulsado de la FAI durante unos meses. Al estallar la Guerra, Melchor se rebeló como el mejor ejemplo del anarquismo humanista. Al frente de la Dirección General de Prisiones frenó las sacas de presos que estaban siendo ejecutado de forma arbitraria en Paracuellos, lo que le valió entre los derechistas el sobrenombre de “El Ángel Rojo”. Labor humanitaria que no paró durante toda la guerra. Al finalizar el conflicto se quedó al frente del Ayuntamiento de Madrid como último alcalde la ciudad y entregar la misma a las tropas sublevadas. Tras la Guerra fue detenido y condenado a treinta años de prisión. Salió y entró en cárcel de forma ininterrumpida, participando en la reconstrucción libertaria en la clandestinidad. Hasta en 34 ocasiones fue detenido y encarcelado. Sin embargo su actuación en la guerra le valió el respeto de muchos vencedores que salvaron su vida gracias a la actuación de Melchor. Falleció en Madrid en 1972.

Hubo muchos más personajes, como Mauro Bajatierra, Eduardo de Guzmán, etc., pero estos son suficientemente representativos para comprobar que fueron vidas dedicadas a la militancia obrera y libertaria. Que ser 'casadistas' no les libró de nada y que la represión y el exilio fue lo que les esperó al finalizar la guerra. Algunos nunca más volvieron a España. En el caso de Mauro Bajatierra fue asesinado en la puerta de su casa el 28 de marzo de 1939. Y Feliciano Benito fusilado en el cementerio de Guadalajara en 1940. La venganza de Franco no tuvo piedad con los vencidos.

  La historia del anarquismo en la jornadas de marzo de 1939 aun está por escribir. Este libro solo es una mota de arena en un gran desierto por explorar.

Pd: La versión inglesa, en este enlace: http://www.christiebooks.com/ChristieBooksWP/2016/07/the-war-ends-in-tragedy-for-some-misunderstood-anarchists-by-juan-vadillo-munoz-translation-of-his-preface-to-teniamos-que-perder/

lunes, 22 de agosto de 2016

“Sedano en la obra de Miguel Delibes”

Vamos a romper un poco la dinámica de está bitácora. Hoy no vamos a hablar de la historia social. No vamos a hablar de la memoria histórica. O sí, un poco. Vamos a hablar un poco de la memoria histórica. Y también de uno de mis autores literarios favoritos: Miguel Delibes.
Desde hace unos años paso un nada desdeñable tiempo en Sedano, un pequeño pueblo al norte de la provincia de Burgos. Sedano es un bonito pueblo castellano. Ubicado en un valle, su arquitectura es de casas de piedra. Una Iglesia en lo alto de un castro que da la sensación de una auténtica fortaleza. Un pueblo a lo largo que tiene una importante cantidad de barrios (Lagos, Valdemoro, Trascastro, etc). Sedano también tiene un entorno natural y arquitectónico muy interasante. Esta rodeado de un románico espectacular. Las iglesias de Gredilla de Sedano, Moradillo de Sedano o Escalada (pueblo de origen de la familia de Manuel Azaña) dan testimonio de ello. También el cercano pueblo de Covanera y su idílico Pozo Azul. No muy lejos está Sargentes de la Lora con sus pozos petrolíferos.
Ya en alguna ocasión hemos hablado de Sedano en relación a su memoria histórica y a la represión franquista. Hoy nos acercamos a él con la intención de fijarnos en una personalidad que pasó largas temporadas en Sedano. Un personaje que ha pasado a la historia de la literatura universal: Miguel Delibes.
Aprovechando las fiestas de Sedano hace unas semanas, adquirí un libro que se ha editado no hace mucho tiempo: Sedano en la obra de Miguel Delibes. Y es que Miguel Delibes se enamoró en Sedano y de Sedano. Allí iba en bicicleta desde Molledo (en Cantabria) hasta Sedano, pasando por Corconte, las Bricias, hasta llegar al valle. El objetivo era encontrarse con su novia, Ángeles de Castro, que veraneaba en el pequeño pueblo burgalés. Así fue como Delibes fue haciendo crecer su vinculación con Sedano. ¿Cuantas obras de Delibes no fueron escritas o ideadas en Sedano? Por el entorno que rodea a muchas de ellas podemos pensar que una cantidad nada desdeñable. Delibes iba a Sedano desde 1942 y su primera gran obra, La sombra del ciprés es alargada (Premio Nadal) se publicó en 1947. Podemos hacernos una idea.
El libro en cuestión que abordamos es una recopilación de textos de Delibes que hace referencia de Sedano. Los comentarios y la selección de esos textos ha sido realizados por Emilia Espinosa, Mª Paz Espinosa y José Ignacio Martínez. Han hecho un gran trabajo. Los libros en cuestión son: El libro de caza menor (1964), Vivir al día (1968), Con la escopeta al hombro (1970), Un año de mi vida (1972), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1976), Misa migas las truchas (1977), Las perdices del domingo (1981), El otro fútbol (1982), Tres pájaros de cuenta (1982), Castilla habla (1986), Mi vida al aire libre (1989), Pegar la hebra (1990), Señora de rojo sobre fondo gris (1991) y El último coto (1992). Una buena recopilación para mostrar, a partir de comentarios introductorios acertados, la vida del pueblo en otros tiempos. Una vida que hoy ya no existe pero que gracias a la pluma de Delibes la podemos rescatar a modo de etnografía. Unos textos que trasmite el aprecio de Delibes por Sedano y su entorno. Un entorno castellano que ya dejó plasmado en otro gran libro: Castilla, lo castellano y los castellanos (1979). Un recorrido por las actividades del pueblo, por su entorno, por sus animales, su vegetación, sus gentes, etc. Un recorrido por las actividades ordinarias de un pueblo castellano en los años de plomo del franquismo, de sus actividades, del trabajo de sus gentes, etc. En definitiva, una buena manera de recuperar el pasado inmediato de un pueblo de mano de la pluma de uno de los grandes escritores españoles del siglo XX.
¿Y qué queda hoy de Miguel Delibes en Sedano? Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que no todo lo que se debería. Su centro de interpretación lleva el nombre de Miguel Delibes y allí hay un buen número de ejemplares de su obra. La familia de Delibes ha conservado la casa y los chalets donde el escritor vallisoletano pasaba horas escribiendo y pergueñando su gran obra. Allí seguro que desarrolló gran parte de su obra: La sombra del ciprés es alargada, El hereje, El camino, Los santos inocentes, El disputado voto del señor Cayo (cuya adaptación cinematográfica fue realizada en la zona – Cortiguera, entre otros pueblos – y que le sirvió de inspiración), etc.
Sin embargo, Delibes daría mucho más de sí. El libro propone un recorrido por el Sedano de Miguel Delibes. Un buen recorrido que serviría de reclamo turístico para el entorno. Incluso acompañan al libro con un mapa sobre esos lugares que Delibes recuerda. Una señalética en esos lugares no estaría de más.
Y, sobre todo, un reconomiento al propio Delibes. Eso sí que hace falta. La plaza de Sedano se denomina Alejandro Rodríguez de Valcárcel y Nebreda. ¿Quién era?. Un gobernador de Burgos en el periodo franquista. Primero militante del Partido Nacionalista Español (el Partido de la Porra de José María Albiñana, que se dedicaban a dar mandobles a los asistentes a mítines de la izquierda) y después de Falange Española. Llegó a asumir la Jefatura del Estado a la muerte de Franco hasta que Juan Carlos I tomó posesión del cargo. Este personaje da nombre a la Plaza de Sedano. Y bajo el cartel que lleva su nombre hay una placa puesta en el periodo franquista donde pone que “bajo el signo de Franco” se llevaron las aguas a Sedano (por cierto, en un estado realmente lamentable). Ambas placas incumplen la Ley de Memoria Histórica. Y, aprovechando que hay que hacer cumplir la ley, esa plaza debería de llevar el nombre de Miguel Delibes. Alguien que realmente ha hecho algo importante por el pueblo de Sedano. Y como sustitución a la placa conmemorativa, una que lleve alguna frase de Delibes que haga justicia al pueblo de Sedano. Y, junto a todo ello, hacer a Delibes hijo adoptivo de Sedano a título póstumo (desconozco si lo es ya)
 Miguel Delibes ha sido una de las plumas más importantes de la literatura española. Premio Príncipe de Asturias de las Letras y Premio Cervantes. Desde mi modesta opinión, Delibes se quedó injustamente sin el Nobel de Literatura. Sedano tiene que seguir haciendo justicia con Delibes. Sería lo justo y necesario para su figura. Y para Sedano un auténtico honor.

miércoles, 17 de agosto de 2016

80 aniversario del asesinato de Federico García Lorca

80 aniversario del asesinato de Federico García Lorca. Otra víctima de la inquina fascista que asoló España. Un recuerdo para él con el poema que le dedicó Antonio Machado, fallecido también el 22 de febrero de 1939 partiendo al exilio en Colliure
Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío, 
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
... Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.
Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
—Ya el sol en torre y torre, los martillos
en yunque— yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban...
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»
Se le vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

A 80 años del golpe de Estado. Como se gestó un golpe

Artículo publicado en el mes de julio en el periódico Diagonal con motivo del 80 aniversario del golpe de Estado contra la República. Escrito por los historiadores Fernando Hernández Sánchez y Julián Vadillo Muñoz

Las interpretaciones dadas al golpe de Estado del 18 de julio de 1936 han sido de los más variopintas desde el mismo momento de producirse. Y desde ese momento lo que se ha generado ha sido un intento de justificación de la razón por la que un grupo de militares, con apoyo de algunos elementos civiles, se sublevaron contra la República legítimamente constituida.
Normalmente se ha intentado equiparar responsabilidades. Se ha puesto a la misma altura los golpes de la derecha y la movilización de la izquierda. Y estableciendo que dicha equiparación es falsa, lo cierto es que si algún grupo fue hostil a la República desde el primer momento esa fue la derecha política, de raíz monárquica, que nunca aceptó el cambio de régimen en España.
El dificil primer bienio (1931-1933). Objetivo: matar a la República
El ambiente de festividad que trajo la Segunda República fue acompañado por los primeros movimientos para derrocarla. Cierto que el Alfonso XIII marchó al exilio. Cierto que las fuerzas de orden público no hicieron nada para impedir la proclamación de la República. Pero figuras monárquicas, algunas de las cuales habían tenido cargos importantes durante la dictadura de Primo de Rivera, se reunieron en la misma noche del 14 de abril de 1931 en la casa del Conde de Guadalhorce. A dicha reunión, junto con el propio conde que había sido ministro de la dictadura, acudieron el Marqués de Quintanar, José Calvo Sotelo, Ramiro de Maeztu, José Antonio Primo de Rivera, Yanguas Messía y Vegas Latapié. En dicha reunión ya se juró como objetivo liquidar la República lo antes posible. Y hacerlo por cualquier medio. Aquí se entiende la agitación que los monárquicos tuvieron en los primeros momentos de la proclamación republicana en contra del propio régimen.
Pero los monárquicos no se frenaron ahí. Gracias a las leyes de libertad de asociación republicana, pronto constituyeron un Círculo Monárquico, cuya sede estuvo en la calle de Alcalá. Y muchas personalidades partidarias del Rey destronado visitaron a este en Roma (Luca de Tena, el conde Gamazo, Gabriel Maura, etc.)
No se puede decir que la Iglesia actuara tampoco para dar paz en la República. Desde el primer momento consideraron las medidas llevadas a cabo por la República como un ataque. El cardenal primado de Toledo, Pedro Segura, llegó a decir que “la maldición bendita caiga sobre España si llega a consolidarse la República”. Frente a unas medidas moderadas en materia religiosa por parte del gobierno republicano, la Iglesia le plantó batalla a la República desde el primer momento a través de sus asociaciones (Acción Española) o desde sus medios de comunicación (El Debate). La laicización del Estado y la sociedad, así como de la educación, bastión de la Iglesia católica en otras épocas, no fue bien acogida por la amplia mayoría del catolicismo español. Hablar de violencia anticlerical antes de la Guerra Civil se antoja complicado, teniendo en cuenta que solo durante la movilización en Asturias en 1934 se produjeron asesinatos de sacerdotes. En el resto del periodo no hubo víctimas clericales. La Guerra Civil si marcó un cambio en este aspecto.
Tampoco extraña la virulencia con la que los cuerpos de seguridad de la República actuaron contra las movilizaciones obreras, motivadas por la lentitud de las reformas y la premura de la búsqueda de soluciones. Las fuerzas de orden público no fueron depuradas por las instituciones republicanas y en su seno actuaban elementos que venían de otras épocas donde la represión era sin cuartel. Aquí hay que inscribir los sucesos de Arnedo o Castilblanco. Para remediarlo, la República promulgó la creación de la Guardia de Asalto. Pero en dicho cuerpo acabaron personajes como el capitán Rojas Feijespán, elemento derechista y ejecutor de la masacre de Casas Viejas. Sin quitar responsabilidad a las autoridades políticas republicanas, lo cierto es que sus cuerpos de seguridad actuaron en más de una ocasión contra ella misma.
El hecho más destacado del primer bienio fue el intento de golpe de Estado que el general Sanjurjo encabezó el 10 de agosto de 1932. En dicha conspiración participaron viejas glorias monárquicas: Barrera, Cavalcanti, Fernández Pérez, Sainz de Lerín, etc. Pero la conspiración fue un fracaso. Solo Sevilla el golpe tomó visos de triunfo. Pero la movilización obrera así como el fracaso del resto del plan, hizo caer las pretensiones de los militares golpistas. La República se había salvado.
¿Fue el único intento? No. Los monárquicos alfonsinos y carlistas tenian en mente golpes y conspiraciones que no llegaban a fraguar. Nombres como los de Burgos y Mazo, Víctor Pradera, Esteban Bilbao, el Conde de Rodezno, Lamamié de Clairac, etc., estaban metidos en dichas conspiraciones. Además en ese tiempo ya comienzan a emerger los grupos de carácter fascista o fascistizante, que como el Partido Nacional Español de José María Albiñana, las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas de Ramiro Ledesma Ramos o la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera, tenían como objetivo prioritario matar a la República.
¿Hubo violencia política por parte de la izquierda? Sí. Pero en ningún caso se podía establecer como algo conspirativo. Las movilizaciones obreras vinieron dadas por la lentitud o insuficiencia de las reformas republicanas. Los libertarios, que participaron en la llegada de la República, fueron beligerantes con ella a través de movilizaciones que pretendía proclamar el comunismo libertario. Una quimera de objetivo que los propios libertarios reconocieron como error en su congreso de 1936. Unas movilizaciones que también tenían su parte al denunciar que leyes como la de Defensa de la República eran más dura con las movilizaciones obreras que con los intentos de sedición de la derecha.
Hacia la victoria del Frente Popular
Que la República era una democracia normal lo demuestra que cuando en noviembre de 1933 se celebraron elecciones generales, las candidaturas de derechas representada por la CEDA y el Partido Radical obtuvieron la victoria. Y aunque la trayectoria republicana de los radicales era innegable, la lealtad republicana de la CEDA se pone en entredicho.
El bienio de la derecha intentó derogar parte de las medidas del primer bienio. Y el hito represivo más importante del momento fue la huelga general de octubre de 1934. La intervención del Ejército de África en la represión en Asturias, con el beneplácito del gobierno, marcaba un macabro precedente. Militares que serán protagonistas en julio de 1936 ya participaron en dicha represión. Francisco Franco o López Ochoa son ejemplo de ello. La derecha, en vez de depurar responsabilidades por las barbaridades que el Ejército cometió en la represión asturiana, continuó con la tarea de presentar a la izquierda como golpista, encarcelando a sus dirigentes y militantes y presentando la huelga general y los sucesos de Asturias como el precedente del “bolchevismo en España”. Una razón sin pies ni cabeza pero que sirvió para crear una sensación de terror en parte de la población.
A esta política represiva se unió una serie de escándalos de corrupción que acabaron con el gobierno de la derecha y la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. Un Frente Popular concebido como coalición electoral pero donde los partidos obreros no iban a tener incidencia en el gobierno. El gobierno que salió de esas elecciones estuvo en manos de partidos republicanos como Izquierda República o Unión Republicana, anda sospechosos de bolcheviques o anarquistas.
Lo que si se dio en aquel momento fue una aceleración de los procesos que, como al Reforma Agraria, era una asignatura pendiente. Unas movilizaciones que fue entendida y manipulada por parte de la derecha como el antecedente de una revolución comunista para predisponer a la población a la necesidad de un golpe de Estado.
Creando el ambiente propicio
No hubo que esperar a la confirmación oficial del triunfo del Frente Popular para que la derecha pintara la nueva situación con tintes apocalípticos. La CEDA había alertado de que, si triunfaba la izquierda, las consecuencias serían “armamento de la canalla, incendio de Bancos y casas particulares, reparto de bienes y tierras, saqueos en forma, reparto de vuestras mujeres”. Tras las elecciones se publicaron panfletos apócrifos con listas negras de gentes de orden a las que se aplicarían las guillotinas ocultas en las Casas del Pueblo. Hubo amenazas de cierre patronal, se detectaron fugas de capitales y retirada de fondos bancarios. El general Franco solicitó al jefe de gobierno saliente, Portela Valladares, que no entregase el poder a los ganadores. Contrariados en sus propósitos, los militares, con Emilio Mola como “Director”, activaron la maquinaria de un golpe de estado con seguro a todo riesgo: cada uno de sus cabecillas recibió del banquero-contrabandista Juan March la promesa de un millón de pesetas depositado en una cuenta extranjera si la intentona fracasaba.
El peso fundamental de la trama civil corrió a cargo de los monárquicos. Su líder, José Calvo Sotelo, no era, como se dice, el jefe de la oposición. Renovación Española solo tenía 12 de los 473 diputados de las cortes republicanas, es decir, un pobre 2,5 %. Pero contaba con el apoyo de Mussolini a través del ex rey Alfonso XIII, afincado en Roma. Los falangistas, que no obtuvieron representación parlamentaria, crearon mediante el terrorismo contra militantes izquierdistas, magistrados, agentes y oficiales de los cuerpos de seguridad el clima de alarma propicio para una intervención militar. Gil Robles, cuyas Juventudes de Acción Popular (JAP) se estaban pasando en masa a la Falange, remitió a los conspiradores medio millón de pesetas del remanente de su presupuesto electoral.
El asesinato de Calvo Sotelo, el 13 de julio, se invocó tradicionalmente como el Rubicón de los conjurados. Sin embargo, se sabe que la primera directriz de Mola para la planificación del golpe tenía fecha del 25 de mayo; que Franco había sido encargado de dirigir la conspiración en Canarias el 24 de junio; que el 1 de julio, el monárquico Pedro Sáinz Rodríguez firmó contratos con la Società Anonima Idrovolanti Alta Italia para el suministro de unos 40 aviones –cazas, bombarderos e hidroaviones- con su combustible, 12.000 bombas de 2 a 50 kilogramos, ametralladoras y munición por valor superior a 39 millones de liras, aportadas por March.; y que el 9 de julio, el periodista de ABC, Luis Bolín, contrató el Dragon Rapide y los servicios de su piloto, un espía británico, para llevar a Franco desde Gran Canaria a Tetuán y liderar la sublevación en el protectorado de Marruecos. Un solo obstáculo se interponía en su camino entre Tenerife, donde Franco se encontraba alejado por el gobierno, y el norte de África. Se trataba del general Amado Balmes, gobernador militar de Las Palmas, contrario a sumarse al levantamiento. Pero el 16 de julio murió a consecuencia de un absurdo accidente durante unas rutinarias prácticas de tiro. Franco pretextó su asistencia al entierro para viajar sin levantar sospechas. Da que pensar si fue esta oportuna y sospechosa muerte, la de Balmes, y no la de Calvo Sotelo, la que jalonó el inicio de su marcha hacia el poder absoluto tras otras desapariciones azarosas -las de Sanjurjo y el propio Mola- y la masacre contra su propio pueblo en una guerra larga e inclemente.
Mitos sin fundamento
Los golpistas siempre pretextaron que la sublevación fue la respuesta al clima de violencia del periodo republicano y a un inminente levantamiento comunista. Respecto a lo primero, los estudios más recientes estiman en 2.629 las víctimas de la violencia social y política entre 1931 y el 18 de julio de 1936, una media de casi 1,5 muertes diarias. Pero no se produjeron a un ritmo constante. Un 7% cayeron durante el cambio de régimen y el 13,5%, con el bienio republicano-socialista. La mayor proporción, el 65%, se dio bajo gobiernos radical-cedistas –con la salvaje represión de Asturias en el cénit- para acabar con el 14,5% durante el Frente Popular. El periodo en que gobernaron los partidos de derecha fue el más mortífero: 1.550 víctimas no fueron causadas por las milicias marxistas o los grupos de acción ácratas, sino por las fuerzas de seguridad del estado que, a su vez, sufrieron 455 bajas. Ello desmiente que la República fuera tolerante con la violencia política. De los 530 individuos cuya afiliación se ha identificado, dejando aparte octubre de 1934, 484 pertenecían a partidos o sindicatos de izquierda. El estado, pues, conservó el monopolio de la violencia y lo empleó contra aquellos que pusieron en cuestión el orden establecido. Con mayor eficacia, por cierto, que contra quienes conspiraban para derribarlo.
Las fuentes demuestran también que el comunismo nunca fue una amenaza consistente. Desde que en el VII Congreso de la Komintern (1935), se adoptara la línea de Frente Popular, la revolución proletaria desapareció del horizonte inmediato, relegada por la prioridad de combatir al fascismo. La URSS apostó por un sistema de seguridad colectiva basado en la alianza con Francia y las democracias occidentales para frenar al expansionismo alemán. En el plano interior, los comunistas españoles decidieron apoyar al gobierno contra un posible golpe de estado reaccionario. Se enfrentaron, incluso, a los socialistas de izquierda y a los anarcosindicalistas que, con sus huelgas sectoriales, desbordaban a las autoridades. No existía una amenaza de revolución comunista en la primavera de 1936. El PCE no tenía peso, influencia ni fuerza parlamentaria suficiente como para asaltar el poder o inducir a otros a tomarlo. Sus 17 diputados suponían el 3,6% de los escaños. Ni la Komintern ni las prioridades geoestratégicas de la URSS apuntaban al desencadenamiento de una revolución proletaria en España. Fue, paradójicamente, la sublevación militar la que propició tanto el estallido de la revolución social, al desarbolar el estado republicano, como el espectacular desarrollo del PCE, que precisamente se fijó como uno de sus objetivos prioritarios reconstruirlo.
Y se produjo el golpe
Y finalmente el 18 de julio una parte del Ejército, complotada con parte de la sociedad civil, dieron un golpe de Estado que dio inicio a la Guerra Civil y que terminó con la victoria golpista y la instauración de una dictadura que sumió a España en una larga noche.
Lejos de la visión de una República caótica, salvada por unos militares patriotas, lo cierto es que la derecha política tuvo desde el primer momento como objetivo derrocar esa República con la que no se sintió cómoda. Repartir responsabilidad, como hacen los “revisionistas”, en una auténtica temeridad a tenor de las nuevas investigaciones.