miércoles, 8 de junio de 2011

Los anarquistas y el gobierno de la República

Reseña publicada en el último número de CNT

El 4 de noviembre de 1936 se producía un fenómeno único en la historia del movimiento anarquista mundial. Cuatro militantes de las organizaciones libertaria españolas accedían a cuatro carteras ministeriales en el gobierno de la Segunda República española presidido por Francisco Largo Caballero. Juan García Oliver, como Ministro de Justicia, Federica Montseny Mañé, como Ministra de Sanidad y Asuntos Sociales, Juan López Sánchez, como Ministro de Comercio y Juan Peiró Belis, como Ministro de Industria. Era la primera vez en la historia que los anarquistas accedían al poder del Estado desde instancias ministeriales, si bien desde septiembre de 1936 ya formaban parte del gobierno de la Generalitat de Catalunya.

Dentro del panorama historiográfico se ha intentado explicar este fenómeno único en la historia. Desde obras generales del anarquismo hasta aquellas realizadas por los propios protagonistas y los militantes del momento. Podríamos destacar la César Martínez Lorenzo Los anarquistas españoles y el poder, que no deja de ser una justificación de la política del padre del autor, Horacio Martínez Prieto. O ya un trabajo de investigación, si bien pionero y embrionario, como el de Dolors Marín Ministros anarquistas. La CNT en el gobierno de la II República (1936-1939)

Pero Juan Pablo Calero Delso nos adentra en un estudio pormenorizado y minucioso sobre la participación de los anarquistas en el gobierno de la República a través de su reciente obra El gobierno de la anarquía. A través de un trabajo de investigación bibliográfico y archivístico, Juan Pablo Calero comienza por abordar las relaciones entre anarquistas y República, remontándose a las conspiraciones contra la dictadura de Primo de Rivera. Los anarquistas, fuertemente perseguidos por la dictadura, participan de casi todos los complots para acabar con el régimen primorriverista. En algunas ocasiones lo hace de manera solitaria, pero en otras (a partir de 1925) considera que la inteligencia con los republicanos es fundamental para la finalidad del derrocamiento de la dictadura y de la monarquía de Alfonso XIII. Personajes como Mauro Bajatierra o Eusebio C. Carbó está en esos movimientos.

No siendo partidarios de la República, los anarquistas participan y ayudan a su llegada. Cuando esta se proclama el 14 de abril de 1931, no se puede dudar que ha llegado precedida de un movimiento revolucionario. Y ahí los anarquistas se hacen partícipes. Su divorcio vendrá dado por las políticas sociales y laborales que la República emprende, que no son para nada satisfactorias para el conjunto de la clase obrera española.

Juan Pablo da algunas vueltas más y por ejemplo rompe lugares comunes. Desde la aparición del treintismo hasta la participación de los anarquistas en las elecciones de febrero de 1936. Calculando que la abstención en esas elecciones se situó en 30%, es fácil imaginar que muchos anarquistas declinaron su derecho al voto, rompiendo así la idea de que fue la participación masiva de los libertarios lo que lleva al triunfo al Frente Popular.

Analizando de forma minuciosa la llegada a los ministerios de los cuatro ministros en el llamado “Gobierno de la Victoria” de Largo Caballero, tiene para Calero una lectura clara. Nadie daba un duro por la República en noviembre de 1936, con Madrid asediado por las tropas franquistas. Para la CNT, el gobierno de la burguesía había fracasado completamente y tocaba la hora de un gobierno revolucionario. Algo que no era ajeno a la organización sindical, toda vez que uno de los acuerdos del Congreso de Zaragoza de mayo de 1936, era la alianza revolucionaria con la UGT. Igualmente la CNT quería salvaguardar los triunfos revolucionarios de julio de 1936, al que los estalinistas del PCE ya se estaban encargando de desmontar. Ya la CNT había propuesto un Consejo Nacional de Defensa, compuesto exclusivamente por organizaciones revolucionarias, que fue declinado.

Y la República salvo los papeles. Y comenzó un periodo de colaboración de los anarquistas, que les llevaron acoger todo tipo de cargo político y militar, desde los municipales hasta los nacionales. Fue pues un gesto de responsabilidad por parte de los libertarios, en pos de una victoria difícil y para no tolerar una dictadura. Algo que terminó con el golpe que en mayo de 1937, los sectores opuestos a la Revolución dan el los sucesos acaecidos en Barcelona, con epílogo en Aragón en agosto de 1937. Y esto con pocos ejemplos históricos, pues tan solo podrían tirar de alguna experiencia durante la Comuna de París de 1871, el cantonalismo en España durante 1873 o la participación de los anarquistas en los soviets a partir de 1917.

Calero culmina con un recorrido por la vida y obra ministerial de los ministros anarquistas, no olvidando ninguno. Desde los cuatro del gobierno de Largo Caballero, hasta el menos conocido de Segundo Blanco, como Ministro de Instrucción Pública, en el gobierno de Juan Negrín.

El gobierno de la anarquía de Juan Pablo Calero se convierte pues en referencia imprescindible para el estudio de la participación anarquista en las instituciones republicanas.

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