martes, 3 de junio de 2014

JUAN CARLOS I. EL REY ELEGIDO POR FRANCO

Artículo aparecido en el periódico Diagonal y escrito junto a Sergio Gálvez Biesca

-          El general Franco es una figura decisiva históricamente y políticamente para España. Él es uno de los que nos sacó y resolvió nuestra crisis de 1936. Después de esto el jugó el papel político para sacarnos de la Segunda Guerra Mundial. Y por esto, durante los últimos 30 años el ha sentado las bases para el desarrollo de hoy día, tal como usted mismo puede constatar

-          Y para usted personalmente ¿qué representa el general Franco?
-          Para mi es un ejemplo viviente, día a día por su desempeño patriótico al servicio de España y, por esto, yo tengo por él un gran afecto y admiración


            Así respondía Juan Carlos de Borbón en una entrevista que concedía para un medio francés poco antes de la muerte de Franco. Discurso laudatorio del entonces ya designado como sucesor a la Jefatura del Estado a la muerte del dictador. En esta entrevista Juan Carlos de Borbón define el Golpe de Estado perpetrado por Franco en julio de 1936 contra la República como “crisis” y afirma que España no participó en la Segunda Guerra Mundial a pesar del apoyo de la División Azul a las fuerzas nazis y fascistas. El afecto y admiración que le profesaba tiene un hondo proceso histórico.

La monarquía destronada

            Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República el rey Alfonso XIII (abuelo de Juan Carlos I) abandonó el país y se estableció en Roma. El régimen de Mussolini acogió a la familia real española.
            A pesar de ello los monárquicos alfonsinos que se quedaron en España conspiraron desde el mismo instante que la República se proclamó. Hasta tal punto se llegó que uno de los pilares del golpe de Estado son los contratos que los integrantes de Renovación Española de Calvo Sotelo (monárquico alfonsino) firmaron con el régimen fascista de Italia para poder tumbar a la República por un golpe de Estado.
            Cuando el 18 de julio de 1936 se produce el golpe de Estado contra la República los monárquicos de Alfonso XIII le prestan su adhesión. Incluso su hijo Juan de Borbón se presentó como voluntario en más de una ocasión, siempre rechazado. No era de fiar ni para los franquistas.

Franco quiere poder absoluto

            Frente a los que consideraban, sobre todo un buen número de militares monárquicos, que Franco tenía que ceder poderes a los Borbones, el dictador se mantuvo al frente de la Jefatura del Estado una vez que terminó la Guerra, aunque meditó durante algún tiempo la cuestión sucesoria. En 1947 se celebró un referéndum en que se tenía que elegir la sucesión. El resultado –dado de antemano en un mal simulacro de seudo-votaciones- sería una Monarquía. De momento España sería un Reino sin Rey.
            A partir de ese momento comienza una carrera de quien va a ser el Rey de España que suceda a Franco. En pleno exilio, Juan Carlos de Borbón había nacido en 1938 en Roma. Tras la Guerra Civil su padre, Juan de Borbón, había jugado a varias bandas, estableciendo contactos tanto con integrantes de la dictadura como de la oposición al franquismo, en caso que la dictadura cayera tras la Segunda Guerra Mundial. Al comprobar que no iba a ser así Juan de Borbón se entrevista con Franco y se permite que Juan Carlos de Borbón se eduque en España. Es el 8 de noviembre de 1948. El primer paso para su proclamación como sucesor de Franco. Las dudas por las que, en un corto periodo de tiempo, se mueve el propio Juan de Borbón no tuvieron nunca –bueno es aclararlo– relación alguna con una supuesta conciencia democrática. Era una mera cuestión de poder por el poder.

Los distintos movimientos por la sucesión

            Juan Carlos se educaba en España y comenzaba a tomar contacto con Franco. Pero hubo varios intentos de establecer otros parámetros. Desde los carlistas en sus distintas vertientes (carloshuguistas, carloctavistas, etc.) hasta el los intentos de unir a la familia Franco con la Borbón (matrimonio de Carmen Martínez Bordiú con Alfonso de Borbón), sin dejar de lado las propias pretensiones de Juan de Borbón, del nieto del dictador, Francis Franco, o de otros integrantes de la Casa Real.
            Pero en esa carrera por saber quien iba a suceder fue Juan Carlos el elegido y quien ganó. Una carrera en donde los medios justificaron los fines en más de una ocasión, y que, según han narrado algunos “estudiosos” bien informados, conllevó el derramamiento de sangre de algún familiar cercano por acción u omisión

La designación

            A partir de la Ley de Sucesión del Estado de 1947 se proclama a Juan Carlos de Borbón el 22 de julio de 1969, dando juramento a las Leyes Fundamentales y principios del Movimiento Nacional. Franco ya tenía sucesor para cuando falleciese.
            En los momentos en los que Franco no pudo ejercer como Jefe del Estado, fue Juan Carlos de Borbón quien lo hacía.

Muerte de Franco. Juan Carlos, rey de España

            El 20 de noviembre de 1975 falleció Francisco Franco. Dos días después las Cortes se reunían y proclaman Rey y nuevo jefe de Estado a Juan Carlos de Borbón. Sería Juan Carlos I, jurando acatar los principios del Movimiento Nacional y perpetuar el franquismo.

¿Un Rey para la democracia?

            La primera disposición que tomó Juan Carlos de Borbón fue ratificar en el Gobierno a Carlos Arias Navarro. En ningún momento se planteó en aquellos momentos una reforma política que ampliase libertades en España. Es el proceso continuista puro, con ampliación y reforzamiento, por cierto, de la Ley Antiterrorista.
            Sin embargo la presión popular de una oposición antifranquista cada vez mejor organizada hizo replantearse muchas cosas. Lo primero fue cambiar la cabeza visible del Gobierno. De la terna Manuel Fraga-Jose María Areilza-Adolfo Suárez, se eligió a este último. Se abrió un leve proceso aperturista conocido como fase pseudoreformista. Se legalizan algunas asociaciones. Pero no se dan más pasos.
            La oposición sigue creciendo y hay que pasar a mayores. El pasado cercano, el de la II República, estaba demasiado cercano en la memoria social colectiva, como para volver a caer en viejas estratégicas fallecidas por parte de las clases dominantes (políticas y económicas) Había que ir paso a paso. Dicho con otras palabras, cambiar todo para que nada cambiara.  En este sentido, son de resaltar los siguientes episodios.                                     

-          Legalización de algunos partidos políticos de la oposición de cara a una convocatoria de elecciones en 1977. No todos los partidos fueron legalizados. Quedaron fuera la extrema izquierda y los republicanos. Y otros tantos que se quisieron presentar en junio de 1977, no se les permitió.
-          Redactar a toda prisa una Constitución que blindase cuestiones fundamentales, como por ejemplo la propia figura del Jefe del Estado. Una constitución redactada por unas Cortes que, en principio, no eran constituyentes.
-          Promulgar la Ley de Amnistía que sirviese como eje central para la impunidad de los verdugos /o promotores de los crimines cometidos durante el franquismo.
-          Ausencia de depuración de responsabilidades durante la dictadura. La judicatura, la policía y todos los cuerpos pertenecientes al aparato franquista se mantuvieron durante el proceso de Transición. Los militares, policías y funcionarios que habían hecho carburar la maquinaria represiva del franquismo permanecieron en sus puestos.

            A pesar de presentarla como una Transición modélica, el periodo que media entre noviembre de 1975 y octubre de 1982 –aunque fácilmente se podría llevar esa fechas hasta 1986 con la entrada de España en la OTAN y en la CEE- se cobró numerosas víctimas mortales por crímenes cometidos por la fuerzas de seguridad y numerosos grupos paramilitares de extrema derecha. Se calculan, cerca de 200 las víctimas directas, a las que habría que sumar otras decenas -¿centenares?- entre agresiones, amenazas… que rara vez se terminaban denunciando.
            Y, por más, que se puedan por sobreentendidas no pocas cuestiones, recordemos algunas. Primero, el Jefe de Estado jamás se planteó la posibilidad de abrir un proceso contra crímenes cometidos en el franquismo. Dicho en otras palabras, nunca tuvo el menor gesto –al contrario, desprecios no les faltó- a las víctimas del franquismo. Igualmente no quedó nunca claro el papel del Rey en el golpe de Estado del 23-F.  Quede también aquí claro algo que no parece siempre obvio: ¿dónde está la documentación de la Casa Real? ¿Será alguna vez pública? Vaya, por delante, que afectos prácticos la Ley de Transparencia ni siquiera les afectará.

La consolidación de un modelo

            La década de los ochenta fue decisiva en la canonización del Rey y de la Monarquía. Se construyó un relato que pronto se hizo hegemónico desde la escuela a los medios de comunicación. Hablar de cuestiones como la forma de Estado (Monarquía/República), la responsabilidad de la familia Borbón en el franquismo o los temas relativos a la Historia y Memoria democrática y social, conllevaba toda una serie de riesgos de autoexclusión, censura o inclusive persecución penal. Algo completamente alejado de la realidad de lo que fue el proceso. Como señaló en su día Rafael Chirbes, dentro de todo aquel santoral laico –con Carrillo jugado de extremo izquierda y Martín Villa en el extremo derecho- el Rey apareció representado como una figura casi divina que no sólo es fuera inviolable constitucionalmente, es que tampoco era cuestionable. Las pleitesías de historiadores, periodísticas e investigadores a este individuo quedarán, algún día, reflejadas en un anal de las “vergüenzas” públicas y privadas en una historia propia de la infamia y de la mentira de lo que fue la historia de la España reciente.
            Mientras algunos medios criticaban los escándalos que rodeaban a otras monarquías europeas, nada se decía de la española. La victoria del PP en 1996 consolidaba a la Monarquía como uno de los bastiones fundamentales del sistema emanado del franquismo en los “nuevos” parámetros del régimen de 1978. Una consolidación, en cualquier caso, impensable con el respaldo de cerca de catorce años de gobiernos socialistas.

La descomposición

            En os últimos años la imagen inmaculada de la Monarquía ha ido deshaciéndose. En lo anterior, la presión popular, el llamado “proceso de recuperación de la memoria histórica” así como los propios errores de la Casa Real pero también de los atropellos de sus máximos valedores, le dieron la vuelta a una situación que pareció por lustros inamovible. Hasta las encuestas del CIS tuvieron hacer un hueco –tras años de silencio y omisiones deliberadas- y reflejar la cruda realidad, con o sin cocina desde Presidencia.  Los escándalos de corrupción que han rodeado a la familia real, las salidas del rey de cacerías que han indignado a la población, el problema diplomático que se generó tras el rifi rafe entre el Rey y Hugo Chávez, contestado por Daniel Ortega en la misma reunión… hace que la Monarquía pase en España los momentos más bajo de su popularidad.  
            Pero estas páginas no estarían completas sin, detenernos unas líneas, en el que quizás sea el secreto mejor guardado de la Monarquía: Juan Carlos I se convirtió en los cerca de los 40 que se mantuvo al frente, en un agente central al servicio de las clases dominantes, del empresariado, de todos aquellos que antes, durante y después de la II República conspiraron y patrocinaron el Golpe del 18 de julio de 1936, y que tiempo más tarde se valieron de su posición para generar inmensas fortunas, aunque fuera con el trabajo esclavo de los presos políticos republicanos.

            ¿Concluirá la dinastía de los Borbones con Juan Carlos I? ¿Qué horizontes se abren? ¿Seguirá todo atado y bien atado? 

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